martes, 27 de noviembre de 2007

EL NANO DEL CARRER D'EN LLOP

55 - El nano del carrer en llop
Acordarse de algunos de los rincones de nuestra ciudad resulta aún más entrañable cuando hace ya muchos años dejaron de existir, siendo desconocidos para la inmensa mayoría. Y precisamente por ello, hacer un hueco se hace necesario, alimentando nostalgias sin embargo no vividas, de una de nuestras viejas calles tantas veces transitada.
Si en la calle de En Llop, que desde la de San Vicente nos lleva a la Plaza del Ayuntamiento, alguien, ávido de conocer anécdotas de nuestra ciudad, preguntara por el “nano del carrer d’en Llop” con toda seguridad sería muy difícil que le respondieran con algún tipo de información.
Sobre la mitad de la calle y a su mano derecha entrando por la calle de San Vicente, existía hasta su desaparición una enorme y tosca estatua de piedra abrazada a una columna junto al portal de una casa. La basta figura, representaba a un hombre desnudo y con las nalgas hacia la calle en situación algo maliciosa: era conocido como “El nano del carrer d’en Llop”.
Muchas son las historias existentes sobre el motivo que llevó a Lorenzo Merita, dueño de la solariega casa, cuya entrada principal era por la calle la Sangre, a la colocación de la estatua sobre una columna de la fachada posterior en la calle de En Llop, lo que hace más intrigante el suceso.
Una noble familia valenciana, los Castillo, tenían su Palacio con puerta de entrada a la actual Plaza del Ayuntamiento, uno de cuyos laterales daba también a la calle que nos ocupa, enfrentada a la parte trasera de la casa de Merita. Pero no solo estaban encaradas ambas residencias, también sus dueños: los que en ellas habitaban.
La razón que parece más cierta de la aparición de “El nano”, es como consecuencia de la rencilla surgida entre Castillo y Merita que, ambos regidores del Concejo, estuvieron presentes en Madrid en el acto de la Jura del Príncipe de Asturias y después rey de España, Carlos IV. Por la asistencia a este acto, el noble valenciano Castillo adquirió el titulo de Marqués de Jura Real, y en la puerta de su palacio incrustó su recién estrenado escudo heráldico y coronado.
Lorenzo Merita se consideró agraviado por lo que consideraba un desplante hacia su persona, y así empezó un enfrentamiento que fue aumentado cuando el ya Marqués de Jura Real se empeñó en comprar la casa de Merita para hacer la carrocería de su Palacio, cosa que nunca consintió su dueño. Como el Marqués insistía en su intento, Merita, como burla, hizo colocar la estatua, dando a entender que se "cagaba" en los honores y dineros del Marqués de Jura Real. Este es el origen y significado más probable de aquella estatua, a la que los niños cuando pasaban por allí, solían rascarle y encender los mixtos en el trasero, utilizándolo además, como blanco de los juegos de calle por toda la chiquillería del barrio. Al derribar aquella casa, el editor Vicent Miquel Carceller, director de las revistas La Traca y el Cuento de Dumenche, lo adquirió y se llevó “al nano” a una finca que tenía en La Cañada.
El Marqués de Jura Real se fue a vivir a Madrid y su Palacio derribado por la nueva configuración que iba tomando la plaza, construyéndose sobre el lugar el magnifico inmueble de “La Adriática, S.A." que compite en belleza con el Edificio Barrachina, que según reza en el dintel de su puerta principal en la Plaza del Ayuntamiento fue terminado en 1930.
Entre ambos edificios, con la única rivalidad de su majestuosidad, la calle En Llop, recientemente convertida en peatonal, permanece tranquila, ajena a una curiosa historia que si fue fruto de los celos, quedaron estos cicatrizados con satírica imaginación.

domingo, 14 de octubre de 2007

LA RIADA DE VALENCIA

60 - la riada de valencia  
Se cumplen hoy los cincuenta años de una riada que asoló la ciudad de Valencia al desbordarse las aguas de su río, el Turia, que, esparciéndose como una mancha creciente y hambrienta, inundaron sus calles hasta alcanzar en algunos casos la altura de los primeros pisos.

Río que en su navegar por la huerta valenciana, después de dos avenidas seguidas (la segunda más fuerte) también había dejado su huella destructora por los pueblos donde pasaba, camino hacía su desembocadura en el poblado de Nazaret: el barrio más castigado por la fuerza de las aguas que por su poder de destrucción salvaje, quedó desmembrado de la ciudad.

Pero no solo fueron las dos riadas (la primera en la medianoche y la segunda al mediodía siguiente) producto de unas lluvias que alcanzaron los 600 lts/mts2, lo que me lleva al recuerdo de aquellos trágicos días, ni siquiera el que una vez bajadas las aguas, el barro, se hiciera dueño de las calles dejando un olor húmedo cuyo recuerdo aún me perdura, sino la “riada de hermandad” que se apoderó de todos y nos hizo fuertes, con la ayuda, además, de quienes desprendidamente fueron llegando a una ciudad que se veía aislada del resto de España; aunque por poco tiempo, porque los caminos se fueron abriendo gracias al esfuerzo de todos.

Valencia entera se volcó con la Valencia necesitada en una batalla del barro con la solidaridad como mejor arma. Aquel cieno húmedo sigue almacenado en nuestras mentes como único vestigio de aquellos días de dolor, esfuerzo y solidaridad, de los que aún percibimos su hedor acuoso impregnado del tarquín amontonado por las calles en las que teníamos que abrirnos paso. Y retenemos en nuestra memoria aquella pestilencia con la misma nostalgia que vemos en estos días, en formato impreso o de video, la ciudad estancada de aquellos tiempos grises, gracias a todos los medios de comunicación dedicados al recuerdo de una tragedia cuya cara más hermosa, la única, fue la del ejemplo de hermandad dada por todos los que habitábamos en la ciudad, como también los que vivían lejos de ella.

Ejemplos como el de un helicóptero de las fuerzas americanas que rescató sobre un tejado de Nazaret a una mujer que había dado luz a un niño cuando aún estaban unidos por el cordón umbilical; o como el de un buen hombre que atado a una cuerda por su cintura rescató a once personas de las aguas embravecidas; o como el de aquellas personas anónimas que se jugaron la vida descolgándose por el Puente Serranos para limpiar uno de sus ojos obstruido por troncos, muebles y animales para que pudieran pasar las aguas, nos hablan de la lucha a favor de la vida, en contra de la muerte y para abrir caminos por los que resurgir venciendo cualquier amenaza. Estos y otros muchos esfuerzos inimaginables se vieron por doquier en aquellos días que siguieron al 14 de octubre valenciano, cuyo heroísmo callado permanecerá siempre como el mejor recuerdo de fraternidad en la historia de nuestra ciudad.

El Cuerpo de Bomberos de Cartagena fue el primero en acudir en auxilio de nuestra ciudad y una multitud de organizaciones benefactoras vinieron desde todos los puntos de España para luchar contra el barro, para ayudar a la ciudad. El Ejército y sus soldados, primero a mano y luego con máquinas, trabajaron denodadamente hasta dejar limpias las plazas y las calles de Valencia. Las Asociaciones Jóvenes de Acción Católica, el Auxilio Social, las Hermandades de Trabajo y otras instituciones, junto al ofrecimiento de las Parroquias de Santa Cruz, Tendetes, San Francisco Javier, Cabanyal, Santa María del Mar –las zonas más necesitadas- así como los Colegios Religiosos y Públicos y toda la ciudad, ayudaron a dar cobijo y alimento a las familias que se quedaron sin techo donde dormir, necesitadas de comida y de agua principalmente. Valencia se quedó sin agua potable en toda la ciudad y las cisternas acudieron en nuestro auxilio para calmar nuestra sed, utilizada después de hervirla para evitar posibles epidemias. Como también las largas colas que se formaron para recibir unas barras de pan, el principal de los alimentos, suministradas por el Ejército. Se crearon centros de acogida y nuevos campamentos, como el del Barrio del Cristo donde los Boys Scouts ofrecieron su ayuda durante mucho tiempo, de la que fui testigo y humilde colaborador.

Valencia necesitó ayuda y fueron muchos los que pusieron su granito de arena, cada uno con su mejor forma y estilo. Se hicieron famosas las “campañas al aire” de Adolfo Fernández, joven periodista de Radio Juventud de Murcia que con su voz se volcó a favor de Valencia para recaudar fondos, como la sorprendente subasta del burrito Platero II, que se hizo famoso. Partidos de fútbol, corridas de toros y galas benéficas se celebraron con el mismo fin, como la subasta del anillo que donó el Arzobispo Olaechea y la desinteresada ayuda de personajes del mundo del cine presentes en las carteleras cinematográficas del momento. A nuestro puerto llegó un barco francés con alimentos en su barriga, y que pasaron después a otras más necesitadas. Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, Italia y la flota americana vinieron en nuestra ayuda con todo tipo de donaciones.

Los únicos que no pudieron recibir ningún tipo de ayuda fueron los ochenta y un muertos de aquella trágica riada, en cuyo recuerdo se les erigió un monumento en el año 1982, veinticinco años después, en la Avenida de Aragón. Y a sus pies, sobre un cuenco de piedra, se colocó una llama con la intención de que estuviera siempre viva y que por desgracia está siempre apagada, quizá porque no fue una idea afortunada aunque de fácil mantenimiento.

El río Turia en un proyecto llamado “Solución Sur” se encauzó fuera de la ciudad, y el viejo cauce, el autor inconsciente de la tragedia, se ha convertido en un parque cultural con un recorrido sede de nuevos lugares emblemáticos que han convertido a Valencia en una ciudad turística de primera magnitud.

La Solución Sur, costeada en gran parte por los valencianos con los sellos de correos del Plan Sur, se inició en 1964, abandonando las aguas el viejo cauce en 1973, fecha final de su ejecución.

La riada que asoló la ciudad de Valencia sirvió para forjar una nueva riada de hermandad, y se convirtió en un ejemplo que no debemos olvidar y del que tan necesitado estamos cincuenta años después.

Un auténtico “rincón de solidaridad” que con la suma de todos los anteriores en estas páginas, nos sirva para conocer un poco más la historia de una ciudad que fascina, que ilusiona sobre todo, al perderse por sus calles.

sábado, 11 de agosto de 2007

RINCONADA FEDERICO GARCÍA SANCHIZ

56 - la rinconada garcia sanchis La Rinconada de Federico García Sanchiz es, por excelencia, uno de los más bellos rincones de nuestra retícula urbana. Quizá porque tenga nombre de mujer, pero lo cierto es, que da nombre y recuerdo a nuestro mejor charlista valenciano de quien nos queda el verbo “españolear”, que tanto llevó en su alma. Aquel sentimiento que esparció en sus charlas por tierras hispanoamericanas, en las que alcanzó gran fama.

Destaca en la Rinconada de todo el resto, el emblemático Palacio del Marqués de Dos Aguas. Su aspecto actual nace a principios del siglo XVIII, cuando se restauró una antigua casona nobiliaria de los Rabassa y Perellós, originarios del Marquesado. El Palacio, en la actualidad, da cobijo al Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí, único en su género, constantemente visitado no sólo por su interés educativo, sino también por su belleza arquitectónica, tanto la de su interior en sus diversas plantas, como la existente en su fachada principal.

La entrada es barroca, de alabastro amarillento que nos trae el recuerdo del barro mezclado en las aguas de sus dos ríos, cuando bajan torrenciales tras las fuertes lluvias del otoño. Desde sus dos cantaras a pie de la puerta se desprenden generosas las aguas del Turia y del Júcar, ríos y emblemas que identifican y dan nombre al Marquesado de Dos Aguas. Sobre ambas cantaras, seres pensantes o idolatrados ¡Quién sabe!

Están desnudos de vergüenzas, pero de partes cubiertas porque se saben observados por quienes por allí pasan. Las caracolas abiertas, los felinos amansados y los reptiles secos que fenecen en la aguas de los dos ríos, son los ornamentos barrocos de una puerta de entrada hacia la historia. En su dintel, un escudo heráldico de los Rabassa y Perellós bajo la hornacina giratoria de la Virgen del Rosario construida con tal fin para verla desde el interior, soportada al mismo tiempo por ángeles inocentes entre haces luminosos sustentados por mujeres fortalecidas por su fe.

Arte, fe y mitología se funden en las aguas revueltas de cualquier ensoñación, en los ojos que presencian la majestuosidad de todo el entorno.

Los ventanales regios con figuras desnudas en sus dinteles y sus sirenas desgarradas, se enmarcan bajo cinco águilas imperiales a pie de las dos torres laterales, adornadas con seres mitológicos que se enfrentan entre sí, en lucha abierta, pero hermanados, al igual que los dos ríos de la entrada a uno de los más bellos palacios de nuestra ciudad.

La modernidad en su entorno hace acto de presencia y Loewe, ante tan esplendida fachada, ocupa su palco principal. Como el Hotel Ingles, antiguo pero moderno, en uno de los mejores emplazamientos del centro de la ciudad.

Da a la Rinconada la calle Cardona, muy estrecha y nada transitada, en la que existen fuertes creencias de que en ella viviera el gran humanista Luís Vives antes de su marcha a la ciudad de Brujas de la que nunca regresó.

Y la Valencia lúdica y bohemia también está presente en su mejor cuartel del Café Madrid, cuya decoración nos traslada a mitad del siglo XX. Lugar de entrañables recuerdos donde tomar un buen café, o degustar en su mejor sitio “El manantial que pronto inundó el mundo con el Agua de Valencia plena de luz de las playas de Sorolla”; que resulta ser el lugar donde se inventó tan genuina bebida para alcanzar alegre diversión, según reza en un ventanal cara a la Rinconada.

Solariego espacio para visitar cualquier día del año. Ignorarlo, es querer no saber todo lo que a su rededor se esconde. Pero siempre estaremos a tiempo.

jueves, 2 de agosto de 2007

Aranda de Duero

video
La ciudad de Aranda de Duero hermanada a Valencia por mi padre.

Homenaje a nuestro padre:

Arandino de pro, se enamoró de Valencia y aquí echó raíces.

A él van dedicados estos rincones donde quiera que esté.

sábado, 26 de mayo de 2007

EL CARDO Y EL DECUMANO


Puede que no sea el más bello rincón de mi ciudad, pero seguro que es el más antiguo: su Km. 0. Es el lugar que allá por el 138 a.C., los romanos, a la vista del mejor sitio que pudieron encontrar, junto a un ancho río cercano al mar y por el que cruzaba la vía Heraclea, la que venía del sur en dirección a Roma, decidieron fundar mi ciudad. En el cruce del cardo y el decumano los romanos proyectaban sus ciudades, y en función de aquellos, crecían dotándolas de los más emblemáticos edificios en recuerdo de los existentes en la capital del Imperio para goce y disfrute de los ciudadanos romanos, aunque no para sus esclavos.

Después de más de veinte años de una lenta pero afortunada restauración, bajo la Plaza de la Almoina, podemos ver e imaginar, y también disfrutar, cómo era la Valentia romana.

En un plácido paseo a través de los restos arqueológicos de las termas y tumbas selladas, del hórreo, granero de la ciudad, del ninfeo, su gran fuente abastecedora, se llega hasta el pórtico del gran foro, que sin estar en su totalidad, lo estás viendo. Las modernas tecnologías se casan con las ruinas, y gracias a esta unión, imaginas cómo fue mi ciudad en aquellos sus primeros años. Y merced a ellas, observas la proyección de la ciudad que crece y se extiende por la línea del decumano rumbo a su oeste, y “ves” cómo era el circo romano situado en la perpendicular hacia la actual Plaza del Temple, vía a la ciudad imperial.

Como dato curioso y dando un gran salto en el tiempo, es de resaltar que cuando en el siglo XIV la peste negra causó la muerte por los territorios que después se llamarían Europa, en ese momento la Cristiandad, llegando su plaga hasta nuestra ciudad, fue de necesidad desprenderse de todos los enseres infectos. Para tal fin, se fueron arrojando a un gran pozo, cuyo emplazamiento podemos observar durante el tranquilo recorrido junto el testimonio de antiguas piezas cerámicas.

Allí, en tal bello rincón, “ves” la plaza pública y todo lo que a su rededor se representaba: los edificios más importantes que albergaban al senado donde se reunía la curia romana, los trazos de su basílica, lugar de comercio y justicia, o el sitio donde fue martirizado San Vicente Mártir, cercano a la capilla visigótica, así como también al alcázar musulmán con sus restos de alberca y patio islámico. Lugares todos que nos hablan de su pasado histórico sitos en un mismo emplazamiento convertido hoy en un bello rincón.

Les recomiendo verlo, porque el embrujo que allí se encierra seguro que les apasionará.

jueves, 10 de mayo de 2007

LAS TORRES DE QUART

 14 - las TORRES DE CUART 1

Los rincones se esconden del Sol con la sábana de su sombra, pero la luz juega con ellos y se mueve a paso lento para que ofrezcan su mejor cara. Pero hay otros, que nada quieren ocultar por estar abiertos al cielo, y desde el bajo de la Puerta de Cuarte, tramo a tramo y en ascenso empinado, se llega a su amplio mirador. Es el caso de las gemelas “Torres de Quart”, que en lo alto de sus dos moles almenadas, me ofrecen conocidas referencias que irrumpen allá, en la extensa terraza abierta ante mis ojos, como palo mayor que señala los puntos vitales que dan pujanza a mi ciudad.

La actual Valencia, que vive un momento de esplendor reconocido por quienes la eligen para sus importantes eventos, crece en emblemáticos edificios como testimonio de un esplendor turístico, económico y cultural. Tal y como sucedió en aquel lejano siglo XV, cuando Valencia fue una de las ciudades más importantes de Europa gracias a su poder alcanzado en aquel momento histórico. La confirmación más relevante del esplendor que almacenaba Valencia, la tenemos en las construcciones que se llevaron a cabo en aquellos años, trabajando la piedra de las canteras valencianas en los que nada se hizo por efímera casualidad: la Lonja de la Seda, las Torres de Serranos y “Quart”, las Atarazanas, el Almudín, y la Torre del Miguelete como mejores alegatos de su Siglo de Oro, que también lo fue en lo cultural, son los más elocuentes ejemplos.

El “rincón” de las “Torres de Quart”, en la orilla de la primera ronda de mi ciudad, esconde, si ello es posible, un monumento de gran belleza pese a su escasa perspectiva nada equiparable a la de las Torres de Serranos. Alfonso el Magnánimo se trajo de sus conquistas napolitanas el buen gusto del Castel Nuovo de Nápoles, y el recuerdo de aquellas gestas perdura en nuestras torres cilíndricas. La Puerta de Cuarte fue una de las doce entradas de la muralla cristiana construida por Pedro el Ceremonioso que se mantuvo hasta finales del siglo XIX.

El inició de su construcción fue en 1441, y durante diecinueve años importantes maestros canteros demostraron el alto grado alcanzado en el corte de la piedra para lograr el acabado de unas bóvedas singulares, de bello y atrevido diseño, propio del gran maestro Francisco Baldomar, al que acompañaron otros, también de gran relieve.

A lo largo de su existencia han tenido distintas utilidades: desde cárcel, hasta fracasados intentos museísticos, con la anécdota que también sirvió de paso, bajo su arco de medio punto, a la red de tranvías. Como también sus paredes, cuyos huecos de metralla han servido de nido a las palomas con sus murmullos de amor.

En la actualidad ha sido motivo de una exquisita restauración que las han dejado abiertas al público tras muchos años de tener sus puertas cerradas. Utilizando las mejores técnicas de limpieza y conservación, se han producido curiosos hallazgos de gráficos impresos en sus paredes. Sobre sus muros al frente, han quedado limpias y muy bien conservadas las oquedades de las balas y bombas de cañón sufridas por el asedio de las tropas de Napoleón a la Valencia amurallada. Sus puertas de madera, y todos los objetos metálicos, magníficamente restaurados bajo las bóvedas abiertas al exterior, dan elegancia a las “Torres de Quart” vistas desde la parte trasera. Se han consolidado los revocos originales, mantenido su color primario y se ha cambiado el pavimento de sus terrazas para impermeabilizar sus cubiertas; con un resultado final magnífico que justifica el esfuerzo de un ascenso por sus escaleras empinadas y de caracol.

Y si en sus paredes permanece el recuerdo de la munición francesa, en el jardincillo lateral, a la sombra de unos pequeños arbustos, está el pedestal que sostiene a Vicente Doménech, “El Palleter”, que alzando su voz, y subido a una silla junto a la Lonja de la Seda, declaró la guerra a los franceses para expulsarlos de su patria que era la de todos los españoles.

Las “Torres de Quart” es uno más de los muchos emblemas de Valencia fiel a una época idealizada como la “Europa de las Ciudades”.

viernes, 27 de abril de 2007

EL JARDÍN DE MONFORTE

57  - El jardin de Monforte Si los siete sabios de Roma aconsejaron a su Príncipe que estuviera callado durante siete días, lo hicieron porque el silencio es el mejor de los consejos, el dueño de la libertad. Si los dioses griegos eligieron el Monte Olimpo para desde allí mandar sobre el cielo, mar y tierra, lo hicieron porque en Tesalia nació la raza helénica y sus llanuras fueron de una gran fertilidad. Nada mejor que las historias y leyendas, tan llenas de sabiduría, para el mejor de los placeres, como es el de pasear por un pequeño paraíso en el centro de la ciudad, lleno de mitologías, de semblanzas, de fuentes y de rincones con la distinción del buen gusto.

Más de treinta esculturas emergen bajos los frondosos árboles, frutos de recuerdos románicos u homéricos que dan vida al jardín neoclásico construido en la propiedad de Juan Bautista Romero, Marqués de San Juan, a mediados del siglo XIX. El romanticismo de sus pérgolas se cobija en las buganvillas, y por sus calles, marcadas por una vegetación relajante, como auténticos senderos de paz, discurre el encuentro con personajes de mármol al frescor de los pequeños surtidores en torno al estanque: el que da forma a una flor de nenúfar bajo la sombra mágica de los magnolios.

Es el lugar ideal donde los recién casados dejan para la posteridad el mejor de los recuerdos, ambientado en los setos con recortes del mejor gusto francés y el exuberante romanticismo de sus árboles. Allí, donde la cola de la novia luce como una reina, ante el porte meloso del galán en el día que gozan de su enlace matrimonial.

El palacete, lugar de descanso del Marqués de San Juan, a su muerte, pasó a su esposa, quien transmitió la propiedad a su sobrina, casada con Joaquín Monforte Parrés, que da nombre al jardín. En la actualidad es propiedad municipal desde el año 1970, y de su gestión, se encarga la Fundación Pública Municipal de Parques y Jardines Singulares.

El Jardín de Monforte, cerrado y abierto al público en horas de visita, es uno de los más encantadores rincones de mi ciudad. El lugar ideal para perderse en el tiempo ante la presencia callada de tribunos y personajes mitológicos que ofrecieron a la humanidad lo mejor de si mismos. Y fue tan docta su enseñanza que nada mejor que un vergel para rubricarla.

EL PORTAL DE LA VALLDIGNA


4 - El portal de la valldigna

El hombre primitivo o nuestro paisano de Tabernes de Valldigna de ciento treinta mil años descubierto en fecha reciente por unos arqueólogos, debía de utilizar el fuego, los árboles o las cuevas para defenderse de su enemigo natural, que eran los animales que también cazaban para su sustento. Con el paso de los años, fueron creciendo en número, pasaron a vivir en sociedad y todo se complicó. Los unos, empezaron a agredir a los otros, y así… hasta nuestros días. Necesitaron entonces de mayores defensas, hasta llegar, muchos miles de años después, al recurso de las murallas. Aquellas que aún se mantienen en pie, han pasado a enriquecer los monumentos históricos urbanos; aunque en nuestra ciudad, por desgracia, sean pocos sus vestigios.

Corría el año 714 cuando los árabes ocuparon Valencia. Hasta el siglo X la ciudad tuvo poco importancia y los datos conocidos de la época son escasos. Sin embargo, a comienzo del primer milenio fue adquiriendo relevancia hasta a convertirse, a finales del siglo XII, en una de las primeras ciudades del Al-Andalus después de Córdoba en su califato.

Para defenderse del asedio cristiano, Abd al Aziz, nieto de Almanzor, a mediados del siglo XI, mandó construir una muralla que los protegiese. Y pese a ello, a finales del siglo, Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, logró entrar en Valencia, convertida ya en un importante ciudad y por ello codiciada.

En la muralla árabe existían siete puertas:

Bab Al-Qantara, Puerta del Puente (en la zona de la actual Torres Serranos).

Bab Al-Hanax, Puerta de la Culebra (actual calle Salinas).

Bab Al-Qaysariya, Puerta de la Alcaicería (actual calle Trench).

Bab Baytala, Puerta de la Boatella, Casa de Dios (actual cruce Cerrajeros-San Vicente).

Bab Al-Xaria, Puerta de la Xerea, Puerta de la Ley (actual Plaza San Vicente).

Bab Ibn-Sajar (actual Plaza del Temple).

Bab Al-Warraq, Puerta de la Hoja (actual calle Salvador)

Ya en la Valencia cristiana, Pedro el Ceremonioso, en 1356, ordenó la construcción de una nueva muralla con accesos a la huerta valenciana a través de sus doce puertas, diferenciadas como “Portals Grans i Portals Chics”. Ello, no supuso la destrucción del antiguo cerco árabe, que se convirtió en un segundo anillo defensivo para la ciudad. Para facilitar la comunicación entre ambos se abrieron portales en la muralla árabe y uno de ellos se conoció como Portal de la Valldigna. Sus puertas se mantuvieron hasta principios del siglo XV, y una vez quitadas, quedó el diáfano arco como sencillo camino de paso. Con los sucesivos cambios en sus callejuelas, propios del crecimiento urbano, ha llegado hasta nuestros días tal y como lo podemos contemplar. Así pues, podemos gozar de un paseo por su zona que, sin duda, nos trasladará a las páginas más sorprendentes de nuestra ciudad.

Situado en el corazón del Barrio del Carmen, es un rincón donde la huella antigua se mezcla con el sabor bohemio y lúdico actual, incrustado en sus aledañas casas que resultan ser testimonios de hechos relevantes y de gran trascendencia histórica. Su nombre, el del Portal, se debe al Real Monasterio de Santa María de la Valldigna que tenía casa situada justo a su lado. Sobre su arco, un retablo policromado representa a la Santísima Virgen desde 1589, fecha de su colocación.

Muy cerca del Portal, poco antes de su entrada, se montó la primera imprenta de España. Y fue, cuando Valencia, por su importancia cultural y económica, necesitó de la maquina para llevar al papel la producción literaria de los autores valencianos que forjaron el Siglo de Oro de la Lengua Valenciana. Y todo ello, gracias a Alfonso Fernández de Córdoba y Lamberto Palmart, “introductores en Valencia del arte civilizador de la imprenta”, según reza en la placa colocada en 1874, cuatrocientos años después de su instalación. La maquina impresora era una Gutemberg y está expuesta en el Monasterio del Puig de Santa María. La misma que en 1474, año de su montaje, posibilitó la impresión de “Obres o trobes en lahors de la Verge María” de Mosén Fenollar. También, gracias a aquellos cajistas, salieron libros en latín y en castellano con una producción que crecía con los años. Y por esta razón, pocos después, fueron varias las imprentas que funcionaron dentro de las murallas valencianas para lanzar a los cuatro vientos toda la producción literaria de tantos y tantos autores nacidos en el culto y rico Reino de Valencia.

Vale la pena recrearse en el Portal e imaginar un pasado muy lejano pero de gran vitalidad, como lo demuestran las distintas huellas que allí permanecen vivas. Pasamos el arco y a la derecha, en la calle Salinas se ven los restos confusos de la Puerta de la Culebra. Quizá esté presente la fuerza del reptil y le permite mantenerse inhiesta luchando contra el tiempo. A la izquierda, a dos portales, está la casa natalicia de San Pedro Pascual.

En la Valencia musulmana, más que arabizarse, ocurrió que se hispanizó el arabismo. Era muy frecuente el matrimonio de un musulmán con una mujer hispana porque cuando invadieron la península vinieron sin mujeres. Los mozárabes y los muladíes utilizaban como lengua un romance vulgar, principalmente las mujeres. Y éstas que eran las que criaban a lo niños, lo hacían utilizando su lengua, como no puede ser de otra manera.

De una familia mozárabe vino al mundo Pedro Pascual, años antes de la Reconquista. Su fe en Dios le hizo crecer entre la lengua de sus padres y el latín de la Biblia. Predicó a los mozárabes y muladíes en su lengua valenciana y como era la única que estos entendían, tradujo para ellos desde el latín la Biblia Parva. Un compendio de la vida de Jesús y de la fe cristiana: camino de salvación para los creyentes en el Redentor.

San Pedro Pascual, despreciado por quienes ningunean la Lengua Valenciana, no sólo lo han ignorado por razones tan obvias como claras, sino incluso algunos sectores, interesados en el permanente engaño cultural, han llegado a negar de su existencia.

El Portal de la Valldigna y sus alrededores, en una constante restauración, bien valen un paseo a cualquier hora del día. Las torres del Ángel y de la Mare Vella, sin cordón que las una, también cercanas, están a la vista de todos. Quedan a la espera de una mejor presencia, e imaginar así, con mayor realismo, una muralla que lo fue primero defensiva y en nuestros días testimonio de su pasado. Lo que no sabía nuestro antepasado de ciento treinta mil años, es que una Virgen, la de su pueblo, daría nombre a un Portal en el “Cap i Casal del Regne”.

EL TRIÁNGULO DE ORO




La economía, el comercio y la religión siempre fueron cogidos de la mano porque se relacionan como el ave al suave viento. Y cuando entre ellos se ignoraron, el equilibrio saltó en mil pedazos y el ave se convirtió en pájaro rapaz semejante al hombre astuto e interesado, del que todos desconfiamos. Unidos y bien llevados, forman un triangulo de vital importancia que cuando coinciden surge de ellos la mejor bonanza con beneficios extraordinarios. La religión nos invita pensar en los demás, el comercio atiende nuestras necesidades y la economía nos enseña el buen hacer que juntos forman el triangulo de la prosperidad.

La ciudad de Valencia tiene su triángulo en uno de los puntos más bellos, más hermanados y más visitados de la ciudad. Los tres lados que lo forman siguen unidos desde su creación y Valencia, pese a cualquier inclemencia que siempre fue vencida, es una ciudad que vive, goza y se expande gracias al impulso que ella misma genera representado por el Mercado Central, la Lonja de Mercaderes y la Iglesias de los Santos Juanes: ese triángulo entrañable que personifica el corazón de la ciudad con sus sístoles y diástoles de la compra diaria, el referente de nuestra fuerza económica y el reconocimiento que encierra la virtud cristiana de desear para los demás lo mismo que para nosotros anhelamos.

Valencia, durante el siglo XV y parte del XVI fue la capital económica de España. En ese periodo tuvo su Siglo de Oro de la Lengua Valenciana y en 1474 se imprimió en Valencia “Obres o trobes en lahors de la Verge Maria”, la primera obra literaria impresa en España en la también primera imprenta española situada junto al Portal de Valldigna. Eran los años en los que la industria de la seda tuvo un gran desarrollo por lo que fue necesaria la construcción de un edificio para atender a las necesidades del gremio. Éste caserón aún permanece en pie en la calle del Hospital a la espera de su necesaria restauración: el Colegio del Arte Mayor de la Seda.

Todo este esplendor llevó a la imperiosa necesidad de construir un centro vital para su economía. Así fue como se edificó La Lonja gótica que sustituyó a una vieja alhóndiga del siglo XIII, insuficiente para la creciente pujanza valenciana. El Consell Municipal ordenó su construcción en el año 1482 y quienes recibieron el encargo de su construcción fueron los canteros Joan Ivarra y Pere Compte. La muerte del primero al poco tiempo de su iniciación hizo que las obras quedaran en las manos del segundo, a quien sustituyeron otros hasta su término en el año 1548.

Su salón columnario, la Sala del Consolat del Mar y la torre, forman tres cuerpos unidos a través de arcos con ricos motivos escultóricos, zoomórficos, vegetales y humanos, esparcidos por todas las paredes del esplendoroso recinto.

Su construcción es la muestra más fehaciente del poder económico que tuvo Valencia, corroborado en que fue una importante puerta de entrada al Renacimiento italiano y que el Reino de Valencia fuera decisivo para la expansión de la Corona de Aragón hacia el Mediterráneo. Los Austrias, admirados por el potencial económico de Valencia le dedicaron toda su atención y fue precisamente en el salón columnario de la Lonja de la Seda donde se festejaron con gran boato y ricos adornos la boda de Felipe III con Margarita de Austria, celebrada en la Catedral valentina y bendecida por el patriarca Juan de Ribera.

El segundo lado del triángulo corresponde a la Iglesia de los Santos Juanes cuya parte trasera, quizá la zona más original, rivaliza en arte y belleza con la Lonja situada al frente. Su aspecto es el de un retablo de estilo barroco con un sobreelevado inferior que diseña un escenario teatral en el que se celebraban actos sacramentales. En los bajos existen las “covetes de San Joan”, un antiguo mercadillo de chatarrerías a la espera de su restauración definitiva. Como continuación de aquellas obras teatrales de carácter religioso, en la amplia terraza se celebra la representación de los milagros de San Vicente Ferrer, patrón de la Comunidad, en el día de su festividad.

El retablo barroco lo preside una escultura de la Virgen del Rosario y encima de ella está la torre del reloj con la veleta del “pardal de Sant Joan”. Dice la tradición que los padres humildes de los pueblos aragoneses, dejaban abandonados a sus hijos mirando a la veleta, esperando el milagro de que fueran recogidos por las familias pudientes para darles cobijo a cambio de su trabajo como sirvientes.

La Iglesia gótica del siglo XIV con anterioridad fue mezquita. Se construyó en honor de San Juan Bautista y San Juan Evangelista. En 1592 se produjo un pavoroso incendio obligando a su reconstrucción a los largo de los siglos XVII y XVIII con su inconfundible barroco. Pasando al interior de la Iglesia destacan las estatuas de Jacopo Vertéis, que figuran personajes de las Doce Tribus de Israel bajo los frescos en la bóveda pintados por Antonio Palomino, pintor de cámara de Carlos II, a finales del siglo XVII, rodeado todo de una desbordante imaginación barroca.

Cierra el triangulo de oro el actual Mercado Central, el segundo mayor de Europa. Sus orígenes se remontan a la Valencia árabe cuando estaba situado alrededor de la mezquita reemplazada años después por la Iglesia de los Santos Juanes. La zona estaba formada por un laberinto de calles y plazuelas y fue Jaime I quien le concedió mercado semanal con carácter de feria, encaminándole a convertirse en germen de la vida mercantil de la ciudad. Aquella zona estaba separada del casco antiguo por una muralla en la que se abrió un boquete o “trencat” para acceder al mercado a través de un camino que con el tiempo sería la actual Calle Trench. Coincidía en la época en que Pedro el Ceremonioso autorizó la venta diaria en el mercado y ordenó la construcción de la muralla cristiana que perduró hasta finales del siglo XIX.

Fue zona de conventos hasta la desamortización de Mendizábal cuando fueron derribados dando paso a un Mercado Nuevo descubierto y adaptado a los espacios abiertos nacidos del derribo.

La fama de aquel Mercado de Valencia, capital económica de España, tuvo resonancia en Europa y hasta él acudieron los franceses con sus tejidos, blondas y encajes; los mercaderes suizos y alemanes que trajeron sus quincallas baratas y los genoveses y malteses que monopolizaron la venta de sus lienzos. La vida comercial de Valencia giraba en torno al Mercado y a él acudían marinos genoveses, damas con sus sirvientas, ladronzuelos, frailes, soldados, caballeros, estudiantes, ciegos con sus cánticos, ora de gozos ora amenazantes y demás gentes que querían participar del bullicio y jolgorio en las horas de mercado.

Y fuera de aquellas horas, la plaza se convertía en lugar de celebraciones o de cumplimientos con la justicia. Con tal fin, existía una horca en la que quedaba colgado el ajusticiado durante unas horas hasta su enterramiento en el cementerio aledaño a la Iglesia de los Santos Juanes o junto al barranco de Carraixet. La horca más antigua era de piedra y estaba situada en el centro del Mercado, con posteriores transformaciones, siempre fijas, hasta mediados del siglo XVII que se montaba cuando era de necesidad. Dicen las crónicas que la horca actuó desde el principio del siglo XV hasta la época de la invasión francesa, en la que fue ejecutado José Romeu en 1812: quien alcanzara gran fama en su lucha contra Napoleón. Fue zona de faustos; de torneos; de corridas de toros y de justas, antiquísimo juego a caballo de origen árabe en el que los caballeros se ganaban el favor de damas y doncellas.

A finales del siglo XIX y vista la importancia que tenia para la ciudad la actividad comercial que allí se generaba, se tomó la decisión de construir un mercado cubierto. Para su edificación se tuvieron que vencer las dificultades de liberación de los terrenos necesarios para un gran proyecto en el que ya se pensaba. Por parte del Ayuntamiento se convocaron diversos concursos, algunos desiertos, hasta que en 1914 se aprobó el proyecto presentado por los arquitectos Alejandro Soler y Francisco Guardia. Tuvieron que pasar catorce años para que se terminaran las obras bajo la dirección de los arquitectos Enrique Viedma y Angel Romani. Así pues, en 1910 con la presencia de Alfonso XIII se iniciaron los derribos necesarios y en 1928 se inauguró el grandioso Mercado Central. Por las calles adyacentes continuó una gran actividad mercantil, con todo tipo de comercios reconocidos en sus fachadas donde colgaban siluetas y reclamos alusivos al nombre de la tienda o a su actividad, dado el analfabetismo de la época. En esas calles nacieron tiendas de platerías, coloniales, tejidos, confección, salazones, librerías de lance y toda clase de actividades complementarias al pulso vivo que generaba el Mercado Central, el edificio sin duda alguna, más representativo de Valencia en el siglo XX y considerado como uno de los más bellos de Europa.

Todas las mañanas del año, “la Cotorra del Mercat” y “el Pardal de Sant Joan” dirigen sus miradas hacia las gárgolas de la Lonja para darse los buenos días. Todos se sienten cercanos, imperecederos al paso del tiempo y con el firme propósito de mantenerse como estandartes y vértices del auténtico “triángulo de oro” que nos recuerda la Valencia que fue capital económica de España y en la actualidad punto obligado del turismo cultural que nos visita.

La Lonja y la trasera de San Juan han tenido recientemente una restauración muy elogiada y el Mercado Central camina en el mismo sentido lo que hace presagiar que nos deslumbre a todos. Un paseo por este triangulo de oro es un placer para los sentidos y una necesidad para el buen gusto. También el mejor marco para conocer el esplendor de un pasado histórico y la constatación de un futuro de nuestra ciudad cada vez más brillante.

LA PLAZA REDONDA

46 - la plaza redonda 
Si nos situamos en el Mercado Central y entramos por la “calle Trench”, a su final nos encontramos en el centro geográfico de la ciudad. A la derecha nos encontramos ante un arco con dos mojones de piedra a cuyo paso vemos un pequeño escaparate de color pastel con ropa para bebés. Es uno de los pasadizos hacia la singular plaza Redonda de Valencia.

Queda atrás la Plaza de Lope de Vega, igualmente peatonal ennoblecida por las piedras de la Iglesia gótica de Santa Catalina. A finales del siglo XVII se levantó, anexo a la Iglesia, un campanario barroco rococó de forma hexagonal: la popular torre con el mismo nombre del templo cristiano. Sin duda es una de las más bellas de Europa dentro de su estilo. Fue una de las diez mezquitas existentes en la ciudad antes de la Reconquista. Derribada en 1276 se convirtió en parroquia cristiana. La Iglesia es de una sola nave de tres puertas: una de ellas da a la plaza con sus arcos cerrados a pie de suelo y tres rosetones diferentes, el más pequeño cegado por un lucido rasposo.

Dicen los orgullosos de su ciudad que en esta plaza, la de Lope de Vega, se halla la casa más estrecha de España y hasta de Europa pudiera ser. Apenas un metro de ancha y de cinco alturas con sus cinco ventanas, una por cada planta. Puerta de entrada cerrada y sellada como indicador de una imposible morada condenada a desaparecer. En la actualidad está en fase de restauración y se está incorporando al edificio adjunto porque el pez grande siempre se comió al chico.

La Plaza Redonda tiene cuatro accesos asimétricos a su fuente central de cuatros caras laterales en la que mana, en cada una de ellas, un chorrillo escupido por los labios de cuatro caritas de bronce. De sus cuatro entradas, tres lo hacen con nombre de calle: Vallanca, Síndico y de la Pescadería. La cuarta, como formando parte de la misma Plaza es por la que se accede desde Lope de Vega, por la que entramos.

Anterior a su construcción por Salvador Escrig en 1840, existía en el mismo lugar la plaza Nueva o del Cid. Pasando a ser plaza Redonda o "Clot", cuando se recompuso la zona. Era lugar de mercado y los bajos de las viviendas se dedicaban al pequeño comercio, especialmente a la venta de pescado y carne. Por esta razón, en su recuerdo, una de sus entradas se llama "calle de la Pescadería".

La Plaza es “Museo” de mercerías y “Templo” de hilados. Sus puntos de ventas son de encajes, de bordados, de botones, de ropa, de guardapolvos y delantales y con un gran surtido de baberos. Sus paradas, unas abiertas a la fuente central y otras de cara al anillo de viviendas, forman un pasillo al viandante que disfruta con la artesanía de muebles rústicos, de forja y cerámica, de bronces y llaves antiguas o se entretiene en la “Casa de los Botijos” o con los souvenir valencianos. Entre ellos destaca el de nuestra “cheperudeta”, la Virgen de los Desamparados. Sus tascas de vinos, una tienda de chimeneas, otra de jaulas y hasta de pajarillos piando, distraen al espectador de la tranquila plaza.

Lugar comercial con sabor antiguo es como una corona formando una tarta sobre el suelo. El cubierto de las paradas es de maderas viejas con incrustaciones de cerámicas floreadas de azules y amarillos. Están numeradas ordinalmente hasta el cuarenta y ocho y con sus reclamos de Amparín, Vicente, La Rosa, Paco y Pepeta, La Tendeta, Concheta, La Económica. Nombres que vienen de abuelos a padres y de padres a hijos.

Años atrás, hasta 1976, estas paradas eran móviles y las retiraban todos los días al terminar la jornada por una “colla” portuaria de tres hombres que las guardaban en los mismos bajos de la plaza, o las arrastraban hacía la calle de Zurradores, donde existía una posada ya desaparecida.

Los días festivos cambia su semblante vistiéndose de fiesta y la plaza se convierte en mercadillo de animales, libros, música, cambio de cromos y chucherías de todo tipo.

Las casas tiene tres alturas en derredor de la plaza y dos balconadas corridas de hierros viejos. En la tercera planta, sencillos balcones de hierro la mayoría cerrados a múltiples recuerdos. Los tejadillos y palomares con sus antenas y ropa tendida bajo el cielo azul conforman la tapadera de todo el encanto. De sus tejados despegan las palomas a posarse por los suelos. También lo hacen sobre el cubierto o sobre la fuente con su alberca de piedra situada en el centro exacto de la plaza, quizá observando a quienes disfrutamos de un apacible paseo en la hora del café.

PUNT DE GANCHO

39 - El punt de gancho

Les aconsejo que conozcan un emplazamiento singular en el casco histórico de Valencia, justo en el lugar más antiguo de la ciudad. Dicen las crónicas que los romanos la fundaron en el año 138 a.C, y su centro fue en estos alrededores.

Se llega a la Plaza de la Almoina desde la Plaza de la Virgen, entrando bajo el arco que une la Catedral de Valencia con la Basílica de la Virgen de los Desamparados sobre la Calle Emilio Maria Aparicio Olmos.

En la Plaza de la Almoina tenemos un bello edificio construido en el año 1906, conocido popularmente por “Punt de gancho”. Es un edificio modernista, inconfundible y resulta extraño no ver al paseante lanzar su mirada hacia una fachada tan peculiar. Tiene a su lado, ceñido, un edificio de reciente construcción, pero ambos están casados con la historia. Tienen en común que en su emplazamiento estaban ubicadas dos capillas visigóticas que fueron utilizadas como cárceles para Valero, Obispo de Zaragoza y su diácono Vicente en tiempos de Daciano, ambos reconocidos como tales en el santoral cristiano.

La casa del “Punt de Gancho” está construida sobre la antigua cárcel de San Valero. Como testimonio, con sabor de antigüedad, ha quedado bellamente encastrada en su planta baja la puerta de la capilla reconstruida en 1710, entrada al oratorio, donde se observa en su dintel el busto del Santo. Es un entrañable edificio del arquitecto Manuel Peris en cuya alzado se contempla una pródiga decoración esgrafiada en blanco sobre rojo, de ahí el nombre al edificio, a lo largo de unas pilastras verticales que semejan troncos. Sus reminiscencias góticas y románicas, usadas por el modernismo, armonizan el conjunto de la plaza: la catedral, las capillas y las ruinas.

En el edificio adjunto y en reciente restauración fueron descubiertos los restos de la capilla visigótica. En la actualidad está abierta al publico la Cripta arqueológica de la ”Cárcel de San Vicente Mártir” o “Forn de San Vicent”, llamada así porque fue donde sufrió martirio el diácono Vicente. Este lugar, primero visigodo, luego islámico y finalmente cristiano, después de la Conquista estaba comunicada con el templo catedralicio a través de unos túneles.

A la izquierda y visto de frente, tenemos el importante centro arqueológico de las ruinas de la Almoina y a la derecha la Catedral de Valencia, donde vemos una de sus tres puertas de acceso: la románica de la Almoina.

Estamos pues ante un importantísimo rincón histórico de la ciudad de Valencia con restos que nos confirman el paso de las culturas romana, visigoda, musulmana y el asentamiento definitivo de la cristiana.

Enfrente al “Punt de Gancho” y sobre la pared de la Catedral se conserva un precioso retablo de azulejos muestra de la genuina cerámica valenciana de tonos azules y dorados donde vemos a San Vicente Ferrer procurando paz a las familias de los Villaragut y los Centelles. Y un poco más hacia el exterior, bajo el arco que comunica Basílica y Catedral, vemos adosado a la pared un altar protegido por una verja de hierros forjados. Sobre el altar, una pintura que recuerda la batalla entre tropas cristianas y moras en El Puig de Santa Maria, anterior a la Reconquista de Valencia por el Rey de Aragón. Un grabado sobre piedra en la parte superior, dice:

“En este lugar, según tradición, se celebró la primera misa al ser reconquistada Valencia por el Rey Don Jaime”

Por la belleza de su conjunto, por su historia y por los recuerdos acumulados en tan recoleta plaza, bien podría ser considerado como el más importante rincón de la ciudad. Espero que lo disfruten.