lunes 29 de agosto de 2011

PLAZA SANTA CRUZ

Los “rincones de nuestro centro histórico”, aparte su pintoresca singularidad, ganan su merecimiento por sus diferentes aportaciones que desde el momento de su creación se han ido sumando en la configuración de la ciudad.

Desde la majestuosidad de un palacio de antiguo abolengo al sencillo brocal en el centro de una recoleta plaza, o las balconadas artesonadas que llaman la atención del viajero, así como el banco de piedra bajo la sombra de una centenaria arboleda que le relaja, y demás ocasiones que procuran el disfrute a quienes en su callejeo buscan su encuentro, el común denominador de todos ellos es el de haber sido testigos de un pasado que satisface la curiosidad del interesado caminante, tanto en cuanto que por las peculiaridades que cada uno atesora, han acrisolado al “Cap i casal del Regne”, enriqueciendo su historia.

El Barrio del Carmen, arrabal de la Valencia musulmana, alberga cercano a la plaza de su nombre uno de los focos culturales más representativos tras la Reconquista de Jaime I. El primer de los quehaceres del “Conqueridor” fue el de dotar la ciudad de los necesarios lugares para el establecimiento de las ordenes religiosas que le acompañaron, así como la construcción de las parroquias que impartieran el culto cristiano en su nuevo dominio.

Es el caso de la “Parroquia de la Santa Cruz”, una de las catorce existentes en su época foral y que a su derribo por las acciones desamortizadoras del XIX, su culto se trasladó a la próxima Iglesia del Carmen, y con el mismo, su advocación.

El famoso pintor Joan de Joanes, hijo del barrio, cuya figura de piedra permanece en un monumento en la Plaza del Carmen, fue enterrado en la vieja parroquia. En la actualidad sus restos descansan en la Capilla de los Reyes del Convento de Santo Domingo, previo paso por la Iglesia del Carmen tras el derribo que posibilitó la plaza que en recuerdo de la vieja parroquia lleva su nombre, y cuya singularidad principal era la que en ella se albergaba desde 1314, año en el que fue fundada, la “Cofradía de los Ciegos”.

Institución de carácter gremial que se dedicaba a la atención de los ciegos ofreciéndoles sus enseñanzas e instándoles a la oración, por lo que alcanzó gran fama; siendo lugar de acogida de quienes necesitaban de sus cuidados y que por su mayor demanda y exigencia de espacio, pocos años después, tuvo que trasladarse a la cercana y actual Calle Museo que en tiempos antiguos fue conocida como la de la “Cofraría dels Cegos”.

Lugar de enseñanza en la que los ciegos disponían de tres años para su formación, al tiempo que practicaban el ejercicio de la oración junto al de la música, pues se entendía que en su alternancia, el fruto de sus plegarias era más seguro. Se les adiestraba en el uso de la guitarra y del violín y que tras superar su aprendizaje los “ciegos oracioneros” lograban su medio de vida participando en aquellos actos, tanto litúrgicos como civiles, a los que eran requeridos.

Hoy, la Plaza de Santa Cruz es un amplio “rincón” en el que destaca una Cruz de hierro adosada a una columna de piedra como sencillo, pero significativo, monumento en su recuerdo parroquial; a la que se accede, dada su amplitud, por diferentes calles: como son las de Juan de Juanes desde la de Roteros, la de la Cruz, la de “les Adoberies”, la de Santa Elena y la de la Caridad.

Plaza que en su otro extremo y para lugar de encuentro, posee como un pequeño bosquecillo que cubre unas largas bancadas de piedra para la ocasión del descanso.

Rincón, el nuestro, que en los últimos años se ha visto necesitado de su restauración aún no finalizada, conservando las fachadas de sus edificios el castizo sabor del “Barrio del Carmen”, que si otrora lo fue gremial y artesanal, en la actualidad es el del ocio.

Pero sin menoscabo de su rico y viejo pasado que tras el paso de los siglos pervive incrustado en la calma que transmite al caminante, por él interesado, que cruza nuestro “rincón”.

miércoles 27 de julio de 2011

LA PLAZA DE LOS PINAZO



Nada más agradable para las tardes de bochorno estival, erigido en implacable dueño de nuestras calles, que encontrar un lugar agradable en brisas bajo el ramaje de unas moreras que en su permanente cimbreo nos indican el lugar donde refugiarse. Es pues un “rincón” de suaves vientos que agradece el caminante y en el que se aísla y se reconforta por un instante del bullicio en su rededor. Tráfago que reina en una plaza que tras sus últimas transformaciones se ha convertido en uno de los puntos más comerciales de la ciudad, al igual, que resulta ser un espacio de reunión donde acudir a una cita ocasional o de acostumbrado encuentro, al igual que sirve de tranquilo relax en una tarde dominical.

Corresponde a la Plaza de los Pinazo, la que tiene la singularidad que bajo sus cuatro moreras junto a unos macetones de laurel que la adornan, sitos en el centro de la misma y reposando en sus bancos, el céfiro y sus caricias nos indican la agradable diferencia existentes entre un punto y otro de nuestro rincón, a pesar de su no muy grande extensión y en una confluencia de calles que la originan. Bajo la arboleda se encuentra su agradable estancia cual regalo para quien busca el solaz de la tarde tras su callejeo por tan céntrica zona.

Antigua Plaza del Picadero hasta 1912 (debido a la existencia de un lugar donde se guardaban los caballos a espaldas de la plaza y junto al edificio desaparecido de “las Coronas”), pasó a llamarse entonces Plaza del Pintor Pinazo en homenaje al famoso pintor valenciano, para finalmente ser conocida como “de Los Pinazos” en recuerdo del pintor y también de su hijo, quien fuera el autor de la escultura sedente de su padre situada junto a la Audiencia en un pequeño y próximo jardincillo de la Calle Colón.

Rincón el nuestro de gran importancia histórica por ser el lugar por donde discurría la muralla cristiana (mandada construir por Pedro el Ceremonioso en 1365 como cerco defensivo para la ciudad y destruida en 1865 en época de Isabel II a instancias del Gobernador Civil, Cirilo Amorós, por la crisis de la seda) como lo indica la presencia de su basamento, justo en el sitio donde se encontraba uno de los “portals chics”, la que fuera Puerta de los Judios cuya pequeña amplitud de escasos tres metros se muestra al curioso observador tras afortunada excavación, cual testigo de su existencia. Debe su nombre a su proximidad a la judería valenciana, al igual que su cementerio situado en torno a la actual calle de Juan de Austria que desemboca en nuestra plaza.

Lo que supuso el fin de la industria sedera dejó a muchos valencianos en paro, por lo que se aconsejó su derribo para procurar trabajo, así como la necesidad de abrirse la ciudad. Ello dio lugar a la ronda de Valencia, así como al primer proyecto de ensanche en la ciudad a partir de la Calle de Colón que ladea nuestro rincón.

Así pues, es más bien un “rincón de brisas” el que ofrece su alivio al paseante, bajo unas moreras que rememoran la importante industria sedera que hasta finales del siglo XIX dio justa fama a la ciudad con miles de familias que se dedicaban a su elaboración en los talleres de sus casas.

La boca del metro urbano, seña de modernidad, se funde con una de las puertas de la muralla cristiana uniéndose de tal guisa y en un palmo de terreno el pasado y el presente de la ciudad en una plaza de gran actividad comercial, pero con la permanente brisa que se nos ofrece bajo el “rincón” de una pequeña arboleda que alivia el sopor del estío.

lunes 27 de junio de 2011

EL RINCÓN DEL OLMO

Nada mejor para la Valencia de esplendor: la del Cap i Casal del Regne del siglo XV, que el refrendo de las grandes obras dada la importancia que tuvo la ciudad, por lo que sus próceres tomaron la decisión de procurar auténticas joyas arquitectónicas recurriendo al concurso de los más famosos “pedrapiquers” de la época.

Aquellos, quienes a golpes del martillo sobre el cincel, trabajando las piedras de sillería de nuestras cercanas canteras, fueron capaces de levantar grandes monumentos que al llegar hasta nuestros dias se han convertido en lugares emblemáticos visitados a diario por quienes interesados por nuestra ciudad lo hacen cada vez en mayor número.

Es el caso de las Torres de Quart y de Serranos o nuestro Micalet, así como tantas otras obras que sólo el citarlas nos apartarían de nuestro objetivo, que no es otro que mostrar el encanto de un pequeño y escondido a la que vez que singular rincón, tanto en cuanto que sobre el enlosado del suelo quedan identificados los signos que acreditaban a aquellos “pedrapiquers”; en este caso los artífices del más bello monumento representativo del gótico valenciano: el de La Lonja de la Seda a pocos pasos situado.

Nuestro rincón, “El del olmo”, lo cubre una espesa arboleda que le da paz y sombra y en el que no faltan dos bancas de piedra. Satisface la curiosidad del caminante al estar formado por la confluencia de callejuelas tan entrañables como la de L'Estamenyeria Vella, la de L'Om, la de Tundidores, la de Generoso Hernández (en recuerdo de un maestro de escuela en la zona) y la de En Pina, que con su parra a la entrada aún conserva su adoquinado -en su particular caso de rodeno- uno de los últimos vestigios de cómo eran las calles empedradas de la ciudad mediados el pasado siglo.

Al igual que los pequeños y humildes balcones de hierro, y que precisamente por ello dejan en nuestro rincón el sabor de la sencillez junto al encanto del olmo que lo personaliza.

Cuando empieza el anochecer, cuatro farolas se iluminan y enmarcan a nuestro rincón que se va convirtiendo en lugar de encuentro y reunión, bohemio y alegre, escondiendo en el enlosado los signos que identificaban a aquellos “pedrapiquers” que con su maestría dejaron para la posteridad la solidez de sus obras.

Nuestro rincón “reúne el arte del siglo XXI en un espacio del XII”, como muy acertadamente dice Inmaculada Ramos, la propietaria de un establecimiento de souvenirs a la sombra del viejo olmo que cubre el rincón mezclada entre trinos alegres ante la planta baja de "Idees i Regals": tienda que con sus “originals” creaciones se ofrece al viajero, al tiempo que en su gentileza me invita a visitar un pozo árabe del siglo XII situado en el sótano, convertido con exquisito gusto en una pequeña galería donde expone lo mejor de su obra.

Su perra Canela, su fiel compañera que un día apareció famélica con su anterior dueño, pero que al morir éste, regresó por el recuerdo de haber recibido un plato de comida; lo que le quedó grabado en su mente y en la actualidad se encuentra plácida en el umbral de la puerta junto a su nueva ama.

El “Rincón del olmo” reúne el encanto de ser el centro de un dédalo de callejuelas estrechas muy próximo al núcleo histórico de nuestra ciudad, por lo que invita en el atardecer a disfrutar de su estancia bajo el frescor de su arboleda y sobre el recuerdo de aquellos maestros de la piedra que con sus manos supieron cincelar testificando el esplendor de nuestra historia.

Sus signos de identidad en el enlosado despiertan la curiosidad del interesado caminante a cuyo hallazgo invita tan pintoresco rincón y que a su visita os recomiendo.

viernes 27 de mayo de 2011

LA PLAZA DE CRESPINS

Plaza de Crespins_RINCON


Las plazas recoletas tienen en si mismas el encanto que les otorga su propia limitación, sobre todo, cuando pese a ello, albergan la presencia de bellos y decimonónicos edificios que fueron sedes y refugios de personajes que de su contribución se sirve el curioso caminante para un mejor conocimiento de nuestro histórico pasado.

Desde la Calle Samaniego, el gran fabulista de la lengua castellana, o desde la de Cruilles, el gran investigador del XIX de la Valencia antigua, se puede acceder a la Plaza de Crespins, nuestro rincón, así como desde la de la Hierba, o la del Historiador Roque Chabas, así nominada por ser en la plaza de nuestro rincón donde tan insigne personaje tenia su residencia, en el corazón de la ciudad y a la que le dedicó gran parte de su obra.

Plaza tranquila y peatonal en la que no falta un banco de piedra al que llegan sonoras las campanadas desde lo alto del “Micalet” en los instantes que corresponden, mientras el caminante contempla su entorno.

Sentado en la banca contrastan en la plaza sus tres fachadas del XIX adornadas con pequeños balcones de forja de los que llama la atención el que en dos de sus edificios separados por la Calle de la Hierba hayan salido de las manos de un artesano de la misma fundición, dado su idéntico acabado. En el que da a la citada calle con el número 1, el milenario Tribunal de las Aguas y en su primera planta alberga su despacho y archivo.

Destacan en la plaza los dos edificios que dan el mayor encanto al rincón: el de la actual sede del Colegio Territorial de Administradores de Fincas que perteneció al investigador de nuestra ciudad el Marqués de Cruilles, y que forma ángulo con el que fuera residencia del “Sabio historiador regional Canónigo Archivero de la Metropolitana Dr. D. Roque Chabás”, según una artesanal placa junto a una ventana enrejada que el Ayuntamiento de Valencia colocó en 1917 “para su honrosa memoria”. Noble casona en donde se reunían lo más granado de nuestros historiadores, como lo fueron Martínez Aloy, Rodrigo Pertegás, Teodoro Llorente y José Sanchis Sivera, entre otros.

Les decía que contrastan porque a mi espalda sentado en el banco y configurando la plaza, la ocupan edificios de nueva planta al servicio de la Generalitat Valenciana para sus despachos administrativos.

El nombre de nuestro rincón que persiste desde el siglo XVI, se le debe a la noble familia de los Crespi de Valldaura (cuyos orígenes se remontan a cuando acompañaron a Jaime I en la Reconquista de Valencia) la que tuviera su residencia en la esquina de la calle del Mar con la Glorieta, en el mismo lugar que hoy ocupa la sede del Centro Cultural de Bancaja, y que con anterioridad residían en la actual plaza de su nombre.

Desde la cercana Plaza de la Virgen, bien vale la pena adentrarse a través de sus callejuelas en la busca de nuestro rincón donde gozar de su tranquila estancia, insonorizado al bullicio, pero en hilo directo con los más entusiastas divulgadores de la historia de nuestra ciudad.

jueves 28 de abril de 2011

EL RINCÓN DE LA PLAZA DE LA COMUNIÓN DE SAN ESTEBAN

Caminando la ciudad a la búsqueda del sabor de las callejuelas que tanto abundan en su centro histórico, en cualquier instante encuentra el viajero algo que le llama la atención. En especial, cuando el mismo nombre de una calle anuncia por su acepción la indicación de respeto que por su presunta dignidad merece. Es el caso de la Calle de Los Venerables que invita al caminante a adentrarse por ella ignorando cualquier posible sorpresa que le puede devenir.

Avanzando por la calle, estrecha y de corto recorrido, tras su ensanche con nombre de plaza, se anuncia a su final un recodo con visos de cierta originalidad. Pero vale la pena detenerse por un instante en la conocida como de Mossén Milá que a su paso destaca un edificio con largos balcones de artesanal forja que delatan el buen gusto de su época, y al que se anexa otro con dos blancos miradores configurando un lienzo de casas que la ennoblecen.

Llegado al punto, causa sorpresa la presencia de un pequeño rincón con todo el sabor añejo que por las piedras y los lucidos de sus fachadas ofrecen al complacido peatón.

Es así como nos encontramos ante el pequeño rincón de la Plaza de la Comunión de San Esteban, donde existen las dos puertas traseras de la parroquial, antigua mezquita musulmana, convertida al culto cristiano tras las Reconquista de Jaime I.

Auténtico y recoleto creado tras el derribo de la casa abadía en 1780 con dos puertas en los lados de uno de sus ángulos. Una de ellas, la de la Capilla de Comunión, la que da nombre plaza, indica la fecha de su construcción de 1696 labrada en el dintel que sustenta en barroca representación un eucarístico copón, construida siguiendo la costumbre de que en las antiguas parroquias se adosara un nuevo centro de recogimiento con el generico nombre de la Comunión. Y la otra, en el lado central, corresponde a la puerta trasera de la Iglesia de San Esteban, cuya fachada principal da a la plaza de su nombre entre la Calle del Almirante y la Plaza de San Luis Beltrán.

En el resto de la plaza prima la sencillez de un edificio de cuatro plantas con blancos ventanales que no la desmerece, sino todo lo contrario, al ser uno de los lados que contribuye a darle semejante forma a tan peculiar rincón, anclado tras la parroquial de San Esteban de rico pasado, sita a la sazón en uno de los ventrículos del corazón de la ciudad.

La actual plaza que une la Calle de los Venerables (en memoria de la santidad de los Vicente Ferrer, Luis Beltrán, Beato Nicolás Factor, quienes entre otros fueron bautizados en la Iglesia de San Esteban, en la pila bautismal que recibe el nombre del primer valenciano que fuera santo dominico, el citado San Vicente Ferrer) con nuestro rincón, la ya citada de Mossén Milá, era conocida antaño como Plaza de las Moscas, tal y como se anuncia en el plano del Padre Tosca debido a los numerosos puestos de carne que existían desde la Calle del Palau y que llegaban hasta la citada plaza.

Lugar pues al que se accede desde la Calle del Palau, o por su parte norte desde amplia Plaza de Nápoles y Sicilia que por su tranquilidad vale la pena conocer. Cima sus aleros sobresale la torre campanario que concentra en su armonía la sencillez de tan singular rincón, dando ocasión al caminante a la visita interior de uno de los más antiguos templos de la ciudad con su famosa pila bautismal del que sería santo dominico.

martes 29 de marzo de 2011

EL JARDÍN DEL PALAU

Rincón de fragancias con aromas de azahar que pasa inadvertido las más de las veces a favor de la riqueza monumental que en su entorno reina y en la que el paseante fija especialmente su atención.

El rincón corresponde al de un pequeño jardín cercado por una artesanal verja, sujeta a pilastras de piedra que lo hace aún más recogido. A él se accede por dos puertas que franquean el paso al caminante que desea en su solaz aislarse del trasiego humano que deambula por la amplia y peatonal zona, a la sazón núcleo histórico de la ciudad.

Nació el jardín tras el derribo del antiguo Consistorio, el conocido hasta ese momento como “Casa de la Ciudad” que desde su construcción en 1342 sirvió como el lugar donde los Jurados, el Racional, el Síndico y el Escribano ejercieran su poder municipal, a la vez que cumplía como cárcel de hombre y mujeres y hasta de reuniones en Cortes. Hasta entonces y desde que Jaime I creara la institución municipal, los Jurados se reunían en diferentes Casas en torno a la Iglesia Mayor.

Sometida a posteriores restauraciones, sus interiores alcanzaron un gran esplendor, así como su fachada flanqueada por dos esbeltas torres. Destacó su “cambra daurada”, de rico artesonado construida en 1441 cuya techumbre se puede observar desde 1929 en el interior de la sala que ocupara el “Consulat del Mar” en la monumental Lonja de la Seda, donde luce pulcramente restaurada como el más importante de los legados que persisten de la antigua “Casa de la Ciudad”. A él se suman un tríptico del Juicio Final en el Museo Histórico Municipal, una reja de hierro situada a la entrada de la capilla de la Lonja, y otras obras pictóricas en poder de colecciones particulares.

Situada en la esquina frontal a la plaza de la Virgen se observa sobre pedestal de piedra una figura de bronce del Ángel Custodio, que como patrono de los Jurados y símbolo de la ciudad, era venerado en un altar de la Sala del Consell, y en cuyo recuerdo destaca en lugar prominente del jardín.

Como consecuencia de un voraz incendio en 1586, la parte superior del Consistorio quedó totalmente destruida. Tras su restauración y con los años, entró en un proceso de degradación que obligó al Concejo Municipal en 1854 a tomar la determinación, tras encontrar un lugar para su emplazamiento, de su traslado a la Casa de la Enseñanza de la Calle de la Sangre, que desde ese instante se convirtió en el nuevo Ayuntamiento de Valencia.

La vieja “Casa de la Ciudad” fue derribada en 1860 dando ocasión para convertir su lugar en un pequeño jardín junto al Palau, separado por la que fuera Calle de los Hierros, y convertido hoy en un pequeño rincón para solaz del paseante. Sentado en sus bancos de piedra con respaldos de hierro, se aísla del murmullo urbano oculto entre sus naranjos que predominan, y la majestuosidad del “mástil” de un pino que se observa por la linterna que se abre cima la bóveda del arbolado.

Pequeño jardín que pese a su olvido por la gran concurrencia que callejea por su bello entorno dejándolo a un lado, os recomiendo visitar al cobijo de sus naranjos y limoneros junto a otras especies, y al encuentro del relajo que procura tan histórico rincón.

domingo 27 de febrero de 2011

PLAZA DE LA COMPAÑÍA O DE "LES PANSES"

No podía faltar entre los muchos rincones que callejeando la ciudad deleitan nuestra atención, bien por el encanto de sus balcones corridos, bien por sus ménsulas que los sustentan, bien por el murmullo de una fuente o bien por la banca de piedra donde el paseante repone sus fuerzas, por citar algunos de los elementos que justifican nuestro alto en el camino, no podía faltar, les decía, el rincón sito en la popular Plaza de les Panses y en el nomenclátor de la ciudad como la de la Compañía: el que por su sabor épico macerado desde la sencillez y el orgullo de un personaje singular, confiere, entre otros, uno de sus atractivos.

Sucedió un 23 de mayo de 1808, cuando “el Palleter”, un sencillo vendedor de pajuelas para prender el fuego que nada más tener conocimiento mediante la Gazeta que se vendía en la misma plaza de la abdicación de Fernando VII en beneficio de Napoleón, cogió su faja a la cintura, la desgarró, y con un trozo de ella anudado a una caña junto a una estampa de la Virgen de los Desamparados, subido a una silla, alzó su voz declarando la guerra al invasor:

-¡Un pobre palleter li declara la guerra a Napoleó!

El hecho queda perpetuado en una placa de piedra en el muro que cierra al jardín de La Lonja frente a nuestro rincón. Un desconocido personaje cuya historiografía se reduce a ese instante, toda vez que desde aquel día pasó al anonimato en la vida valenciana.

Plaza recoleta en la que destaca la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, de la Compañía, junto a la que fue Casa Profesa de los Jesuitas y actual residencia de jubilados de la Orden. En ella se albergó el Archivo del Reino hasta su definitivo traslado a la Alameda. El origen de la Iglesia se remonta al siglo XVI, pero tras ser derribada por la revolución de “La Gloriosa” fue nuevamente reconstruida veinte años después, luciendo sus tres puertas con arcos de medio punto bajo un rosetón de hierro en lo alto de su fachada que en toda su amplitud domina la plaza.

Un banco de línea curva, de granito, en un rincón de la plaza es de utilidad al caminante para observar relajado el alto torreón de la Lonja de la Seda, junto al que se contempla una parte del cilindro que forma la escalera de caracol necesaria para su ascenso. Se observa éste sobre el muro de almenas coronadas, así como un segundo piso en el que se albergara la institución medieval del “Consulat del Mar”. Institución que ya había sido creada en el siglo XIII, la más antigua de España en su genero. Con la construcción de la Lonja de la Seda por el maestro de obras Pere Compte en el XV, los años de esplendor de la capital del Reino, y a la sazón la ciudad más importante de la Corona de Aragón, y tras su ampliación en el siglo XVI, el “Consulat del Mar” ocupó la parte alta a la que se accede por una escalera de piedra adosada al muro desde el interior del jardín.

Completan la plaza dos edificios enfrentados: uno de entresuelo y dos alturas, sencillo y bien cuidado que hace esquina a las calles de las Danzas y Cordellats, y otro de amplio chaflán, de cuatro alturas, que cima sus dos amplias ventanas enrejadas en el entresuelo, en cada una de sus plantas observa el visitante sus tres balcones de hierro forjado que van disminuyendo en su tamaño según ganan en altura; situadas a sus lados, las Calles de la Cenia y de La Lonja en la que destaca una de las puertas, la más bella, del edificio más representativo del gótico valenciano.

Rincón que aunque popularmente conocido como “Plaza de les panses”, en realidad este nombre era el que tenía con anterioridad la cercana del Doctor Collado, al hallarse un tienda de pasas junto a la Lonja del Aceite y que con su derribo se abrió la nueva plaza.

Rincón pues, en el que predomina el gran retablo de La Compañía sobre su entorno, pero sin desmerecer a la pequeña muralla que protege al jardín de la Lonja con la placa en recuerdo del Palleter, tanto en cuanto escudriñamos el majestuoso torreón entre un cerco de coronadas almenas que rememora en todo su conjunto un rico pasado histórico de ocho siglos, que les recomiendo visitar.

jueves 27 de enero de 2011

PLAZA DEL CONDE DEL REAL


Si en la sinuosidad de un río bajo una frondosa arboleda la naturaleza brinda la ocasión de mostrar sus bellos remansos, unos tras otros, confieren al paraje la delicia de su disfrute. Sensación de gozo que extasía al viajero admirado por su paisaje y le hace recrear su mirada en cada uno de ellos.

Algo semejante sucede cuando en el interior del casco histórico de la ciudad y uno tras otro, se suceden bellos rincones que se ofrecen en un pequeño dédalo que tiene como eje principal la calle de Trinitarios.

Ocurre, cuando entre los bellos rincones que cada uno de ellos ofrece su singular y diferenciado atractivo, en su denominador común, se esconde la oportunidad del placer de cruzarse, cuales remansos de paz, en un paisaje que, si lo es urbano, tiene la semejanza que nos ofrecen uno tras otro, al tiempo que nos regalan el encanto de sus encuadres.

Es el caso de la Plaza Conde del Real, muy próxima a otros “rincones de mi ciudad”. En ella, contrasta la entrada de la Facultad de Teología en uno de sus lados, con el que se muestra con viso artesanal en el lienzo del lado enfrente. El que forma ángulo con un edificio decimonónico de estilo académico con balcones de hierro forjado, ventanales con rejas en el bajo y portada con dintel que sustenta un tímpano de medio punto que, igualmente enrejado, abre el paso de la luz a su interior. En lo alto, sus tres altillos confieren a su fachada la armonía de un acabado que ennoblece la plaza.

Las plazas del Poeta Llorente, de Santa Margarita, la del Conde de Carlet, la plazoleta de la Calle Viciana y la de San Luis Beltrán son partes de una retícula en la que se encuentra la del Conde del Real, a semejanza de los bellos remansos que en ocasiones nos ofrece la naturaleza; mas en este caso a través del callejeo continuo dentro del casco histórico de la ciudad y en escasos palmos.

Realza pues en la plaza, la Facultad de Teología: el antiguo Seminario Conciliar construido en la que fue casa del Conde del Real hasta principios del XIX. Con anterioridad y desde su fundación en 1790 por el Arzobispo Fabián y Fuero, el Seminario ocupó la Casa Profesa de los Jesuitas, que al haber sido expulsados por decisión de Carlos III la ocuparon hasta su definitiva ubicación en 1819 y hasta nuestros dias en la Plaza del Conde del Real: titulo proveniente de la época de Jaime I de uno de sus acompañantes a la Reconquista del viejo Reino de Valencia.

Situados en la plaza, merece la pena traspasar el zaguán del antiguo seminario y contemplar su claustro de columnas dóricas escudriñando su alta espadaña y espléndido mirador. Resalta la originalidad de los cuatro vértices de sus galerías con tres columnas enlazadas en cada uno de ellos, a semejanza de las de hierro que discurren en la segunda planta del claustro con el mismo orden y concierto.

Media docena de macetones pincelan la plaza y cuatro sillones, anclados y de moderno diseño, sirven al visitante para contemplar tan singular rincón junto al viejo taller de cerámica ubicado en las antiguas caballerizas del Palacio de Escrivá a su espalda, dando su toque artesanal a tan silencioso rincón; lo que da ocasión a escuchar los trinos que llegan del ajardinado y antiguo cauce del Turia cercano.

En vuestro deambular callejeo os recomiendo su visita, al tiempo que la aprovechéis para disfrutar del claustro del viejo Seminario Conciliar, en la actualidad Facultad de Teología.

lunes 27 de diciembre de 2010

LA PLAZA DEL POETA LLORENTE


Más que una pequeña plaza es como una brecha abierta en el perímetro del casco histórico en la que en su cicatrizada herida brotan páginas de leyendas encastradas en la cuña que la forma; pero no por ello deja de ser un pequeño rincón, abierto en el lugar exacto en el que se simboliza la capitulación de la Valencia musulmana y el inicio del reino cristiano por la acción del Rey Conquistador: Jaime I de Aragón.

Primero fue un lugar ocupado por el lienzo de la muralla árabe y tres siglos después por el cristiano. En él se fundieron sus piedras, tanto en cuanto la conocida como la puerta del Cid, la de Bab el Schadchar, situada junto al torreón en el que como señal de su entrega y según cuenta la tradición -por otra parte cuestionada por su falsa identidad y ausencia de documentación que la acredite- izaron los musulmanes en 1238 el “Penó de la Conquesta” (actualmente conservado en el Museo Histórico Municipal del Ayuntamiento de la ciudad) como señal de su rendición.

Corresponde al mismo lugar que ocuparon los Templarios por concesión del “Conqueridor” y que desde 1770 fue habilitado de nueva planta como Iglesia, Convento y Colegio de Montesa, cuando un terremoto en 1748 destrozó el Castillo de la Orden que había recibido toda la herencia de los Templarios al ser suprimidos estos por Clemente V en el siglo XIV. Se estableció entonces, y como nueva sede cisterciense, en la actual Plaza del Temple (aledaña a nuestro rincón) laborando hasta la desamortización de Mendizábal del siglo XIX. Momento en el que pasó a denominarse como Palacio del Temple en sus funciones de sede gubernamental y en cuyo lateral izquierdo a la plaza y en recuerdo de su pasado, una lápida de piedra informa al curioso de su rica y crucial historia.

En el centro de la Plaza del Poeta Llorente, luce esbelta la estatua de José Ribera, “el Españoleto”, de Mariano Benlliure. Sin duda uno de los monumentos más viajeros de la ciudad, toda vez que inaugurado frente a la puerta principal del Temple en 1888, fue trasladado en 1905 a la Plaza de Emilio Castelar, para seguir en su peregrinaje en 1930 a nuestro rincón y a escasos metros de su primer emplazamiento.

Y en el lado derecho del rincón triangular la casa donde vivió Teodoro Llorente Olivares, quien da nombre a la Plaza. Reconocido como “el Padre de la Lengua Valenciana” por la decidida defensa que hizo de ella, tanto en cuanto fue el principal impulsor de su Reinaxença. En su recuerdo una placa de piedra testimonia el edificio modernista habitado por tan insigne poeta, en el que destacan sus balcones de hierro y sus miradores que debieron dar luz e inspiración en las horas de sus líricos versos repletos de impronta valenciana.

Bello edificio del siglo XIX levantado sobre el solar del Convento de los Trinitarios Descalzos, que desde 1652 y hasta la desamortización citada, dio nombre a la plaza al recaer en ella la fachada de su iglesia conventual.

En el vértice de nuestro singular rincón destaca un enigmático edificio de sabor palaciego del que lo poco que de él se conoce es que vivió Manuel González Martí, y donde albergó su colección de cerámica hasta su traslado definitivo al Museo Nacional en el Palacio del Marqués de Dos Aguas.

La Plaza del Poeta Llorente es un rincón que invita a la rememoración de nuestra historia bajo el eco dormido del mejor de nuestros poetas, siendo el que más y mejor contribuyó al renacimiento de la Lengua Valenciana, así como el principal impulsor de “Lo Rat Penat”, la sociedad literaria de finales del XIX.

Vale la pena detenerse ante la elegante estatua de Ribera y escrutar todo su entorno por lo mucho que significó en su rico pasado, antes de perderse por sus callejuelas que de allí parten en relajante callejeo hasta el corazón de nuestra ciudad. No dejéis de hacerlo.

sábado 27 de noviembre de 2010

LA PLAZA DEL ESPARTO

Existen rincones en mi ciudad que destacan por la diversidad de sus encantos que en su singularidad los visten. Y si a ello se une la sencillez de sus aderezos, o la humildad de su nombre, lejos de la suntuosidad en otras ocasiones merecida, el lugar en el que en esta ocasión se encuentra el caminante tiene todos los atributos propios del "rincón" que en su callejeo por la ciudad busca para su descanso, al igual que como lugar de encuentro para una cita coloquial, o de las que producen cruces de miradas fascinadas por el brillo de unos ojos de cualquiera pareja enamorada.

Si en la ciudad existen rincones cual "salones de lujo", la existencia de pequeñas "salitas de estar" complementa su atractivo. Este es el caso del acogedor rincón que tiene como nombre la Plaza del Esparto: sencillo, humilde, nada suntuoso, pero cálido y de ornato peculiar: el del amparo del Café Sant Jaume y las cuatro falsas acacias que con sus cortinajes lo enmarcan a la par que le sirven de cobijo, tanto en los atardeceres de suaves brisas, como en las horas estivales de una mañana solariega que procuran su sombra aunque sea por un solo instante.

Rincón terraza, bohemio y amigable, punto de partida al igual que de unión entre los Barrios del Carmen y el del Mercat, se convierte al igual como punto de inicio, tanto como de final, sea para disfrutar paseando sus callejuelas aledañas, sea como rincón para una grata velada entre el murmullo urbano o la balada de un dúo melódico que busca su jornal.

El Café Sant Jaume fue antaño la Farmacia Cañizares, y como café entrañable procura ratos de grata estancia conservando todo el atrezzo que tuviera antaño, cuando con su famoso ungüento aliviaba cualquier dolor del cuerpo.

Rincón situado junto a la Plaza de San Jaime y donde termina la Calle de Caballeros, en las cuatro fachadas que lo forman, lucen, junto a la sencillez de sus pequeños balcones, la presencia de unos miradores de madera que resistiendo el paso del tiempo, testimonian retazos del buen gusto arquitectónico que unido al de su sencillez, son propios de un pasado que afortunadamente perdura. Al igual que la vista de una fuente de hierro fundido que nos trae el recuerdo de cuando su existencia por las calles de la ciudad lo eran en mayor número, y que con su presencia nos recuerda un pasado algo ya lejano.

Su nombre nos rememora la industria de los fabricantes de sogas y su gremio de Sogueros que utilizaban los huertos próximos del barrio del Carmen para extender el esparto y confeccionar una variedad de utensilios al servicio del huertano que los necesitaba.

Placita de grata estancia, apacible y de sabor antañón, que como lugar de encuentro y relajo os recomiendo en las horas del atardecer, cuando los reflejos se funden entre las farolas que lo alumbran y el dorado del Café Sant Jaume, cual cálida “salita de estar” en este bello rincón.

jueves 28 de octubre de 2010

LA PLAZA MARGARITA VALLDAURA


Si hay bellos rincones merced a su singular aspecto que bien pudiera ser el de una fuente cuyo murmullo destaca en el silencio; el de una casa palaciega que lo ennoblece; la forja de sus balcones que lo decoran o el de un árbol a cuya sombra una banca invita al descanso, existen otros que su mayor encanto reside en la invitación al recuerdo de personajes de gran fama por su relación con el lugar, aquel en el que viviera quien dedicara sus días al logro de un mundo mejor, fiel a sus principios y convencido de su necesidad.

Es el caso de Luis Vives, que de familia judía conversa pero leal a su religión y para su mayor estudio y protección, aconsejado por sus padres que mortalmente sufrirían más tarde los rigores de la Inquisición, abandonó España hacia las mejores universidades europeas, pero sin olvidar su ciudad; al igual que su retícula urbana asilada a fuego en su corazón, como lo demuestra en un genial dialogo enriquecido con la sensibilidad de su añoranza.

Callejeando pues desde la distancia por la ciudad del quinientos, tres amigos: Centelles, Borja y Cavanilles, evocan su añoranza por las callejuelas cuyo recuerdo mantienen con pulcra exactitud, tal y como se refleja en los diálogos de las páginas de “Las Leyes del juego”, una de las obras literarias del humanista valenciano.

Iniciando su callejeo en la judería y a invitación de Cavanilles de pasear por la Plaza de la Higuera y junto a Santa Tecla, responde Centelles, que no, que él prefiere hacerlo por la Calle de la Taberna del Gallo por la que llegarán hasta la plaza donde nació su amigo Vives, aprovechando la ocasión para visitar a sus hermanas.

La Plaza de Margarita de Valldaura, en homenaje a la que fuera esposa de Luis Vives, (igualmente de familia judía con la que se casó en Brujas) es un rincón para el recuerdo de nuestro gran erudito que junto al recurso del dialogo en su copiosa obra literaria dedicada a la enseñanza, y en colaboración con su amigo Erasmo, fue también partícipe de una intensa y fecunda labor epistolar, contribuyendo ambos a la unidad europea en los momentos históricos de mayor peligro de su desmembración.

Es pues éste un “rincón” que nos sitúa en el lugar de nacimiento del humanista: una casona de la misma plaza, recientemente restaurada, que llega hasta la esquina de la Calle de Cardona. Casona que fue ocupada durante muchos años por el Colegio Cisneros, quizá llamada a ello por el ser lugar en el que vino al mundo quien impregnó en su vida los deseos por la enseñanza.

El paseante interesado accede a nuestro “rincón” desde la Calle de la Paz por la de Luis Vives; desde la de San Vicente por la de San Martín y desde la del Marqués de Dos Aguas por la de Vidal; toda una exigua retícula urbana en torno a una pequeña plaza que acerca al viandante el recuerdo del literato valenciano que alcanzara gran prestigio en Europa sin retornar a su ciudad, pero sin olvidar sus raíces, como lo demuestra que desde la distancia y en sus diálogos, callejeaba resuelto por el centro histórico de la ciudad en ruta hacia el mercado, cuyos aromas y colores -como si con él permanecieran en la ciudad de Brujas donde fijó su residencia hasta su muerte- dejó patente en sus escritos.

Detenerse un pequeño instante en semejante rincón en el que un ciprés y cuatro naranjos lo relajan, en el que no falta una banca de piedra donde sentarse ante la que fue casa en la que Luis Vives iniciara sus primeros gateos, da ocasión a rememorar a uno de los personajes de mayor prestigio en el viejo continente conocido entonces como la Cristiandad, y que junto a Erasmo, contribuyó a que fuera reconocido como Europa y con la racionalidad de su origen gravitado en los principios cristianos.

Plaza peatonal y tranquila, en donde se aloja un hueco de nuestra historia en torno al que fue barrio de la judería del que apenas quedan vestigios, por lo que en su permanencia adquiere suficiente distinción y hace que nos acerque, siquiera sea un instante, al gran humanista valenciano para cuya memoria bien vale una visita a tan céntrico rincón.

martes 28 de septiembre de 2010

LA PLAZA DEL CARMEN



Cuando en un “rincón” confluyen en histórica armonía -junto a la paz y el sosiego gracias a su condición peatonal- la casona palaciega, el pasado conventual hoy Museo de Bellas Artes, el recuerdo docente de la Academia de Bellas Artes de San Carlos, el remanso de unos jardines, el monumento a un pintor renacentista y todo ello bajo el hechizo de una fachada-retablo recientemente restaurada con gran brillantez de la antigua Iglesia del Carmen –hoy Parroquia de la Santa Cruz en recuerdo de la existente en la cercana plaza de este nombre- con su torre campanario coronada por el “Angelot del Carmen”, cuando todo ello se une en el corazón de un barrio entrañable, se convierte tal lugar en un rincón con “mayúsculas” que, por albergar tan rico pasado, al tiempo que da descanso al visitante en su solaz visita, al rememorar las diferentes partes de su historia forjada a través de los siglos, da ocasión a conocer la importancia de un lugar situado extramuros de la que fue muralla musulmana.

El Barrio del Carmen, de antiguo de gran prestigio artesanal y motor fundamental de la actividad gremial, es en la actualidad de vida bohemia, pródigo como lugar de ocio y diversión gracias a sus innumerables tabernas y lugares de encuentro, sitos a lo largo de una retícula urbana de largas y estrechas calles que le dan su particular aspecto.

Y al mayor prestigio del barrio en torno a su plaza principal, contribuye su apuesta histórico cultural iniciada a finales del siglo XIII, cuando fue el lugar elegido para edificar el Convento de los Carmelitas como recompensa al apoyo que prestaron -entre otras ordenes mendicantes- al rey de Aragón Jaime I en la Reconquista del reino musulmán de Valencia, y que tras diversas ampliaciones alcanzó su actual configuración finalizando el XVIII

Plaza festiva por excelencia, ha sido el centro idóneo para celebrar las numerosas “festes de carrer” del populoso Barrio del Carmen que en la actualidad y por desgracia son cada vez en menor número. Brillan en la actualidad, la fiesta de San Vicente Ferrer con su “Altar del Carmen” con variadas representaciones de milagros vicentinos junto a la fachada de la Parroquia, y la ya internacional fiesta de las fallas de la ciudad que en tan populoso barrio y gracias al esfuerzo de sus comisiones, entre las que destaca por sus premios y galardones la Especial de Na Jordana, lucen entre el entusiasmo y orgullo vecinal.

El Palacio Pineda del siglo XVIII, hoy sede de la Universidad Menéndez y Pelayo, deja un toque singular en el “rincón” de la Plaza del Carmen. Palacio que fue uno de los primeros sitios que dieron cobijo al Colegio de los Hermanos Maristas llegados a Valencia a finales del XIX, y que con anterioridad a ésta sede, ya habían ocupado otras casas más pequeñas en el mismo Barrio del Carmen.

Adorna la fachada del Palacio Pineda un cuidado jardín con una estatua al pintor renacentista Juan de Juanes, que, nacido en Fuente la Higuera, fue vecino del barrio recordándosele con su presencia monumental. Completa la plaza, aunque corresponde a la Calle Padre de Huérfanos y adosado a la Parroquia de la Santa Cruz, otro amplio jardín construido al derribo del Palacio de los Señores de Alacuás en 1946 con una bella fuente central situada en una alberca dedicada “a los niños”, réplica de una original de Mariano Benlliure.

Digno rincón del Barrio del Carmen al que se puede acceder por las Calles Roteros, Pintor Fillol, Pineda, Palma, Fos y Padre de Huérfanos, todas ellas singulares y de gran importancia histórica en los avatares de nuestra ciudad, cuyo callejeo hace disfrutar al paseante.

Visitar la Plaza del Carmen que da nombre al barrio más popular de Valencia, llena de un gran atractivo cultural y a la sazón en su entorno más inmediato de recomendable peregrinaje, es de crucial importancia para conocer mejor nuestro pasado, relajándonos en el presente.

sábado 28 de agosto de 2010

LA PLAZA DE SANTA MARGARITA


Existen rincones que por si mismos alcanzan el mérito de transformarse en museos urbanos lejos de su intención; plazuelas “festoneadas” de obras de arte que en arracimada armonía cubren su contorno. Por lo que, con tal presencia, ofrecen al tranquilo paseante la ocasión del gozo escudriñando en sus fachadas una suerte de variados balcones de forja, de ventanales enrejados y de un mirador de madera como fruto del trabajo artesanal en el que sus creadores debieron rivalizar en el momento de su construcción. Al igual que los sencillos adornos de estucos y ménsulas creando un grato rincón en el que se funden lo bello con lo estético.

Enaltece a nuestro “rincón museo”, entre otros, un refinado balcón corrido enriquecido por un par de frontones que realzan su esplendor, formando su fachada ángulo con otro edificio que, si más sencillo, se complementa con el aporte del citado mirador, al igual que con sus balcones de una o dos ventanas creando ambas fachadas una de las aristas de la plaza cuadrangular.

La otra, y que complementa la placita, está exenta y en su diagonal, abierta a la Calle Trinitarios en cuya mitad del trayecto aparece. Lucen en sus tres alturas la gracia de sus balcones que la conforman, merced a sus diferentes estilos en los que se muestran la belleza de sus acabados gracias a una mano artesanal fortalecida por el golpe del martillo sobre el yunque al calor de la fragua, dando forma al hierro forjado con la destreza de su maestría.

Larga Calle de Trinitarios que comunica la antigua Iglesia de El Salvador, la que fue Mezquita, con el majestuoso conjunto del Palacio e Iglesia del Temple construido en su actual estructura en el siglo XVIII tras la destrucción por un terremoto del Castillo de Montesa, y cuya consecuencia inmediata fue el traslado de la Orden en época de Carlos III a las antiguas instalaciones templarias de las que toma su actual nombre.

Rectilínea la de Trinitarios, traslada al viandante desde la Plaza del Poeta Llorente, “el Padre de las Letras Valencianas”, a la Catedral de la Seo, en cuyo trayecto se halla el Seminario Conciliar, con un magnífico claustro y actual Facultad de Teología, reuniéndose en su recorrido un conjunto monumental que nacido en la Reconquista, con sus posteriores transformaciones llega a nuestros días como una página de nuestra historia.

La plaza que a mediados del XVIII era conocida como la de la Alcudia, cambió su nombre avanzado aquel siglo al actual de nuestros días, siendo su motivo la existencia de un altar en recuerdo a Santa Margarita de Escocia quien destacó por su ayuda a los pobres,

Recoleta plaza en la que bien vale la pena detenerse un instante por la abundancia de sus balcones, y que por su pequeñez, la hace aún más singular cual pequeño museo al aire libre que de forma espontánea y sin pretenderlo, da ocasión a la existencia de uno más de los muchos rincones de nuestro centro histórico que merece nuestra atención.

martes 27 de julio de 2010

LA CALLE CAÑETE

Prop de les Torres de Quart
n'hi ha una festa molt antiga
a on un rumbos veïnat
conserva la festa viva,
la del nostre Beat.

Así se proclama en un delicioso “cant d’estil valenciá” el comienzo de la fiesta en recuerdo al Beato Gaspar Bono, allí mismo donde naciera: a pie de su casa sita al final de la Calle Cañete. Recinto sagrado y capilla de hogar, cuidado con el fervor y mimo de sus vecinos al que le ofrecen desinteresados toda su devoción.

Azucach el de Cañete que si a su comienzo es de semblanza moderna, tal y como avanzas, cambia de piel y a paso lento descubre el paseante el sabor de la Valencia aldeana con sus casas de planta baja y puertas abiertas, de macetas ante el portal, o colgadas de las rejas de su ventanas o realzando la sencillez de sus balcones, dando en su conjunto ocasión a que sus vecinos disfruten de la vida familiar que existiera antaño; sobre todo en la época estival con sus cotidianas veladas a la fresca de ensaladas y pistos con tinto de verano, tortillas de patata, caracoles con hierbabuena, y con juegos de parchís; sin despreciar el resto del año en el que se mantiene la armonía al calor de los hogares.

Rincón antañón por tanto, al que se une la existencia cada vez más viva de una de “les festes de carrer” más arraigada en nuestra ciudad. Tradición que se mantiene gracias al tesón de la Peña el Clau como corazón de la fiesta, en la que año tras año rinde homenaje al Beato que consideran como propio. Le manifiestan así su gratitud por la desprendida generosidad que tuvo a favor del necesitado, en cuyo recuerdo se mantiene intacta una fiesta cuyo fervor se acrecienta en los años transmitido a los hijos de Cañete.

De padres muy pobres nació el Beato una víspera de Reyes de 1530, por lo que le bautizaron con el nombre de uno de los Magos. En sus años juveniles antepuso a sus deseos de sacerdocio la ayuda a su familia, lo que no le impedía organizar en su propia calle precesiones a semejanza de las que veía en otros lugares de la ciudad loando al Señor.

En beneficio de sus padres necesitados se hizo soldado de Carlos V, utilizando como mejor arma el rezo diario por sus compañeros en las campañas. Al resultar herido de gravedad ofreció su vida dedicada al sacerdocio si superaba el trance. Logrado su deseo, fue acogido en la Orden franciscana de los Mínimos del Convento de San Sebastián de la que llegó a ser su Provincial. Ejerció la pobreza impregnándose de santidad, por lo que en sus místicas oraciones la situación de éxtasis le era frecuente, al tiempo que en sus rogativas desbordaba toda su fuerza mediando por los demás.

Quizá de aquellos sus juegos juveniles perdura la principal tradición de la fiesta manifestada en una procesión que recorre las calles aledañas. Son los hombres de Cañete los que llevan en andas al Beato desde su casa natalicia, y tras larga procesión, regresan a su calle, momento en que a su entrada los reemplazan las mujeres hasta depositarlo en su capilla.

Rincón, fiesta y devoción se entremezclan en uno de los azucach más activos de la ciudad, en el que el alma del Beato Gaspar Bono está siempre presente.

Visitar este rincón en la segunda semana de julio es participar de una “festa de carrer” en la que nadie es forastero, pues reconocido el paseante como extraño, es de inmediato acogido de forma desprendida, tal y como ejerciera su vida el virtuoso Beato.

Pero adentrarse en la de Cañete en cualquier otro día del año, es la ocasión para el deleite por la semejanza de su calle a las existentes en cualquier pequeño pueblo de la serranía valenciana, de sus puertas abiertas en las horas del atardecer, cuando la calle se convierte en un salón vecinal en el que impera la fraternidad
.

martes 29 de junio de 2010

LA PLAZOLETA DE LA CALLE DE VICIANA


Es un auténtico rincón, y como tal, muy pequeño, escondido y muy singular. Apacible al mismo tiempo, mas cual ventrículo de la ciudad, está situado a escasos pasos de la Iglesia del Salvador -la que fue en su tiempo mezquita musulmana- inmerso en el centro histórico, pero que al ocupar un lugar inadvertido al caminante en su callejeo por la ciudad, éste, ignora de su existencia por la pequeña relevancia de una calle que por si sola evoca la soledad.

Calle recoleta y de corto trayecto, se abre a mitad de su camino una plazoleta que pese a su sencillez se adorna con la presencia de un pozo seco de elegante prestancia en el centro de nuestro rincón, con su toque de gracia, a la vez que de sorpresa.

Si desde el Puente de la Trinidad, el más antiguo de la ciudad como lugar de paso de la que fue la Vía Augusta romana, nos adentramos por la Calle del Salvador y salvamos a la izquierda la inmediata de En LLopis, nos encontraremos de seguido, igualmente a la izquierda, con la de Viciana.

La conveniencia de introducirnos en ella por la simple curiosidad de ver lo que allí pueda esconderse, nos llevará a la sorpresa de ver a su mitad, la estampa octogonal de un pozo con cuatro escudos labrados en la piedra de sus paredes, a los que el cortinaje de una hiedra que nace de su interior y cayendo sobre ellos, al tiempo que los cubre y engalana, no es óbice a la vista del viandante aficionado a la heráldica en su curiosidad por los blasones cuyo anuncio fijan la razón de sus linajes, en este caso perpetuados en la plazoleta o azucat de tan bello rincón.

Como remate a tan original pozo y por encima de un lustroso arbusto que nace de su interior, prima una artística cruz de hierro sujeta por dos lanzas verticales en un conjunto forjado a merced de la envoltura vegetal que embellece a tan singular brocal, a cuyo alrededor y de unos macetones también de hierro, nacen unos ficus enanos que complementan y dan alegría a tan pintoresca plazoleta.

Plazoleta que muestra en sus tres lados -porque el cuarto está abierto a un solar vallado por un muro que hace de lienzo útil al graffiti urbano y que a la postre hace posible observar la cúpula de la Iglesia del Salvador- toda una suerte de pequeños balcones de hierro, así como de ventanales enrejados en los que abundantes maceteros envuelven sus barrotes pincelando el rincón. Rincón con su vieja casona del siglo XVIII, restaurada, y que sirve en la actualidad como sede de un centro privado: la Escuela Superior de Arte y Tecnología; plazoleta que como toda que se precie, no le falta su banca de piedra donde descansar contemplándola.

La de Viciana tiene el toque artesanal de un taller de marcos y molduras con sello de antigüedad, en el que su dueña, Ana Medrano, labora con mimo su obra desde hace más de veinte años. Una artística y saliente banderola de hierro sujeta a un ángulo fijo a la pared, llama la atención desde el inicio de la calle, anunciando su nombre merced, igualmente, un mosaico cerámico en su fachada.

Es parte de la calle la fachada lateral del elegante Palacio que fuera lugar de residencia del Barón de Cárcer, el que fue Alcalde de Valencia, cuya portada principal da a la Calle del Salvador. Lucen en los bajos de sus muchos balcones de hierro el bello mosaico valenciano, a lo que se une la singularidad que desde un extremo de la plazoleta muestra al paseante la presencia de un “mirador” situado en todo lo alto, pero que aunque está algo escondido, deja un retazo de su existencia.

Calle en homenaje al firme historiador del siglo XVI, Rafael Martín de Viciana, especializado en sus crónicas tanto de la ciudad de Valencia como de su Reino, autor de una de las obras mejor documentadas de la historiografía valenciana, culminada en la época de las Germanías de la que fue testigo.

Rincón pues pequeño, pero de grata visita a quienes fascinados por nuestro centro histórico buscan lo desconocido, por lo que os recomiendo su visita al igual que a la Calle del Salvador, sin duda una de las más antiguas de nuestra ciudad.

domingo 30 de mayo de 2010

LA PLAZA DEL CORREO VIEJO


Hay un rincón en nuestra ciudad, insonorizado por la ausencia de tráfago, que ofrece con su nombre un singular homenaje a una de nuestras más antiguas costumbres, cual fuera la de comunicarnos allende nuestro hogar, sea por cuestión emotiva, comercial o de interés relevante.

Si en la actualidad el majestuoso Palacio de Correos y Comunicaciones simboliza en exclusiva el punto clave que nos acerca al resto del mundo con la facilidad de la tecnología y en muy pocas horas, ya de antiguo, tal necesidad era la misma, no así la rapidez en que las noticias llegaban a su destino. Eran los siglos en los que como único recurso para el servicio postal, la figura del emisario, bien a caballo o bien valiéndose de los carruajes para el transporte de sus valijas, ya era utilizada desde los tiempos de la Reconquista. Y eran los reconocidos como “troteros” o mensajeros, los encargados de su servicio.

Y fueron en diferentes lugares de nuestro centro histórico donde través del tiempo centraron su servicio desde donde iniciaban su eficaz tarea: la del servicial correo a través de abruptos caminos, con mayor o menor escollo. Sabemos de sus antiguos y diversos emplazamientos, tales como por entre las callejuelas de Juristas y Cocinas, como en la posterior y próxima de Mendoza, allá por el XVI, continuando en la Plaza del Horno de San Nicolás con posterior traslado a la plaza “dels Valencians” (la actual del Correo Viejo).

Y ya en el XVIII, centró sus oficinas en la Plaza de la Pelota, continuando en su traslado a la desaparecida Plaza de Pertusa, con su estancia por unos años en la de Nápoles y Sicilia hasta su destino final en el actual y fastuoso Palacio de la Plaza del Ayuntamiento.

Y como recuerdo a la importancia de tan necesario oficio, la Plaza del Correo Viejo rinde homenaje a un servicio que manteniéndose vigente, su semejanza al de antaño es inexistente.

Si el viandante que disfruta observando las viejas casonas de la nunca mejor nominada como Calle de Caballeros, se adentra por la de Álvarez junto al Teatro Talía, la popularmente conocida como “Casa de los Obreros”, se hallará de repente en medio de una plaza cuadrangular con cuatro fachadas que rivalizan singulares. En su centro y en una pileta circular, útil donde sentarse, se eleva un tronco de piedra de cuatro lados en los que cuatro caras de bronce, a él adosadas, hacen de fuentes desgraciadamente pocas veces. Rodea la pileta una cadena sujeta a unos bolardos de hierro en el suelo decorando la plaza.

Una vieja casona, sede de la EMT, luce una sencilla portada decorada en círculos junto a un pequeño azucat cerrado por una verja que en su conjunto cubre uno de los cuatro lados. Forma éste, ángulo con el que ocupa el Palacio del Marqués de Cáceres, hoy sede de la Real Acequia del Jucar, en cuyo lateral un bello mosaico cerámico cita el nombre de la plaza.

Justo enfrente y del siglo XVIII, según reza en un azulejo que indica el año de su construcción “1774”, un viejo caserón, es la parte trasera que comunica interiormente con la Parroquia de San Nicolás. A él adosado, un bello edificio del XIX con dos puertas gemelas, entresuelo y dos alturas, luce sobre su alero una barandilla cortada en la que destacan simpáticas dos figuras de piedra.

Tiene igualmente singular encanto la rica fachada, también del XIX, de un edificio en el que destaca un esbelto portalón bajo un balcón corrido sujeto por unas ménsulas de cabezas de león, que como eficaces guardianes, dejan la huella del lucimiento que impera en toda su presencia.

El contraste artístico de ambos aleros con los sencillos de teja de las casonas enfrente, crea un cerco desigual al fijar el viandante la mirada en lo alto que enmarca la plaza.


La tranquila y linda Plaza del Correo Viejo, nos trae el recuerdo a la vieja “casa de postas”, lugar donde descansar de la fatiga; por lo que detenerse por un instante en las horas de paseo por las huellas de nuestra historia, tiene el añadido de contemplar uno más de los bellos rincones de mi ciudad.

martes 27 de abril de 2010

PLAZA DE LA VALLDIGNA

Posee todos los atributos propios de un recoleto y digno rincón incrustado en el centro histórico y muy próximo al Portal de la Valldigna: el arco de entrada o salida que como recuerdo de la muralla árabe ha llegado hasta nuestros días; aunque desgraciadamente su restauración aún no se ha extendido en el resto del lienzo, que aunque escaso, aún existe. Auténtico rincón allí escondido en el que no falta, como ADN de su identidad, su antiguo nombre labrado sobre la piedra de una de sus esquinas, lo que es todo una curiosidad, por sí, y por lo que encierra.

La singularidad de tal rincón le viene de antiguo, toda vez que fue en tiempos de Jaime II, cuando en sus luchas contra los musulmanes y a su paso por un fértil valle, camino de Valencia, quedó de él tan prendado, que dio de inmediato instrucciones para la creación de un monasterio cisterciense que tomó el propio nombre de la belleza que envolvía el lugar elegido: el de la “Vall Digna”.

Y fue éste el motivo de que fuera Valencia, como Cap i Casal del Regne, la ciudad elegida para construir intramuros la casa Procura del Real Monasterio de Santa María de la Valldigna, como centro éste donde se ejerciera su administración, o como lugar de residencia en ocasión de las estancias de los monjes en nuestra ciudad.

Rincón recoleto que se ensancha dentro de la calle de Landerer y que pese a mantener tal condición, deja como testimonio sobre una de sus dos cantoneras la inequívoca leyenda de “Año 1799 Plaza de la Valldigna ”.

Rincón ennoblecido por tan palaciega casa Procura de entonces, que luce sobre el dintel de piedra de su portada un escudo nobiliario bajo un balcón corrido que magnífica su fachada.

Rincón más si cabe cultural, merced a un edificio enfrente, sede de la Sala del Teatro Escalante, que da mayor vida a la calle, que desde la de Caballeros conduce al viandante hacía el
Portal más emblemático en el corazón del Barrio del Carmen.

Rincón en el que una vez más conviene insistir en su peculiaridad de que a su insignificancia que como plaza merece, se le une la mención del famoso astrónomo nacido en Valencia pero muy poco conocido en la ciudad, José Landerer, quien le da su nombre, y que en un “palmo de terreno” se ensancha, adquiriendo el lugar la particularidad de que considerándosele como calle desde hace casi cien años, era Plaza de la Valldigna hasta entonces, siéndolo de crucial importancia medieval, al ser, repito, la Casa Procura el lugar de embajada del famoso Monasterio de reciente y esmerada restauración, en su emplazamiento junto a Simat de la Valldigna.

Y merced a ello y por esta singularidad, se enriquece el rico anecdotario de la toponimia existente en nuestra ciudad, como huella viva de nuestro rico pasado.

Bien vale la pena su visita para rememorar su significado, por lo que os la recomiendo; al tiempo que al adentrarse por una retícula de rica historia, tendrá ocasión el viandante de viajar hacia atrás en el tiempo, contemplando en sus viejas casonas, algunas certeramente restauradas y otras en su proceso, lugares en los que se anidan hitos históricos en torno al
Portal, al tiempo que recrea su mirada en los bellos enrejados de sus ventanas y de sus balcones.

lunes 29 de marzo de 2010

LA PLAZA DEL MIRACLE DEL MOCADORET


Rincón vicentino por excelencia, que como los caminos tan del agrado de su precursor es peatonal y con la señal de su evocación. Plaza solitaria a la que se accede a través del Pasaje Giner (en memoria del famoso bazar de su nombre) desde la bulliciosa de la Plaza de La Reina, o también desde la Calle de la Tapinería, o al paso por la de Verónica, ésta corta y estrecha, lugares todos de entrada a una plaza de diseño peculiar, tanto en cuanto que pese a su geometría irregular, figura como tal en el nomenclátor, considerándola así desde su punto de entrada por el de la Tapinería, con un azucat a la derecha, y accediendo a la misma como lugar de nueva planta debido al ensanche por el derribo de una manzana; por, lo que hasta los años cincuenta era conocida como Calle del Miracle del Mocadoret, ahora queda configurado como un tranquilo rincón y con el mismo nombre y con la consideración de Plaza a petición de sus vecinos. Rincón flanqueado por las torres del Miguelete y de Santa Catalina que asoman cordiales en lo alto desde una u otra parte, según donde se sitúe el paseante que accede a su encuentro.

Rincón de “festes de carrer”, como la que se celebra en recuerdo del “Miracle del Mocadoret” una semana después de la festividad del Santo, debido a que el lunes de su celebración se conmemoraba antiguamente la fiesta de quienes se encargaban de encender las farolas de gas que alumbraban las calles de la ciudad, por ser el lugar, el de la Tapineria, donde estaba situada la Cofradía de los Gaseros, postergando por tal motivo y por siete días, la celebración del tan popular milagro vicentino.

De los más de doscientos atribuidos a San Vicente, el del Mocadoret, es el más popularmente renombrado. Efectuado el prodigio desde la misma Iglesia de los Santos Juanes -en cuya alusión figura un bello mosaico sobre sus paredes frente de La Lonja de la Seda- cuando quien después sería Patrón de Valencia lanzó su pañuelo al aire, alertando a la gente que le escuchaba que volando tomaría el camino hacia una casa habitada por quien en ese momento necesitaba ayuda. Adentrose entonces el pañuelo del santo por la Calle de Cordellat, y tomando el rumbo de la Cenía, se dirigió hacia la de las Platerías, para llegar al Pozo de San Lorenzo, lugar donde al encontrarse con la de la Tapinería, torció a la derecha dando fin a su vuelo e introduciéndose en el interior de la vivienda de una modesta familia en momento de necesidad. Lugar éste, en el que existe un altarcillo en la fachada, adornado con flores gran parte del año, desde el que parte una tradicional procesión por su retícula vecinal, lujosa y engalanada, en medio de gran algarabía popular, en el día de su festejo.

Rincón el de esta plaza, en el que de padre valenciano aún existe la casa donde siendo niño vivió durante dos años, desde 1857 a 1859, el patriota y libertador cubano José Martí, según un pequeño mosaico sobre la fachada, como eficaz apunte historiográfico.

Plaza a la postre artesanal, gracias a dos tiendas de cerámica donde el curioso tiene la ocasión de satisfacer tan arraigada manualidad que desde la época musulmana pervive entre nosotros. Una de ellas, como taller cerámico, en beneficio de quienes afanosos por su elaboración tienen la ocasión de trabajar con sus propias manos la pieza deseada y con un horno a su servicio donde cocerla. Al igual que la tienda de Artesanía Yuste, donde desde hace más de cuarenta años se ofrece el servicio de enmarcado y elaboración de los “socarrats”, utilizando para su fabricación la misma técnica del siglo XV.

Rincón vicentino éste, escondido entre el bullicio propio del trasiego torno a la Catedral de la Seo y la Plaza de Santa Catalina, desde el que la observancia de sus correspondientes torres tiene el encanto de su hallazgo; por lo que os recomiendo os acerquéis al azucat allí existente, donde la observancia del entrañable altarcillo os mostrará no sólo el recuerdo donde se cumplió tan eficaz prodigio, sino el cariño que sienten sus vecinos al cuidar con tanto mimo tan sencillo rincón.

sábado 27 de febrero de 2010

LA PLAZA DE CISNEROS


Plaza cuadrangular, coqueta y rincón tranquilo con reminiscencias palaciegas; peatonal y adornada con naranjos que ocultan y frenan por un lateral, merced a unos macetones de hierro en los que lucen pequeñas palmeras, el exiguo tráfico rodado que desde la Plaza de los Fueros se adentra hacia el corazón de la ciudad, por fortuna gota a gota.

Rincón de azucats, fruto de los antiguos palacios en su torno, antaño exentos, y en el que dos de estos siguen luciendo en todo su esplendor. Algunos ya derruidos, como la Casa de los Marqueses de Albaida que dio paso a un grupo de viviendas, así como una fachada de nueva planta tras una puerta de hierro acceso a un callejón, lugar de paso a lo que fue albergue de carruajes y caballerizas una vez vaciada en su interior la residencia del Palacio de los Montoliu. Y destaca el conjunto entre el aroma del azahar que relajará aún más la plaza cuando brote su flor.

La Plaza de Cisneros -con anterioridad conocida como de San Gil- que aunque en recuerdo desde 1877 de tan ilustre Cardenal ignora en la nomenclatura su condición de prelado, es un digno y antiquísimo rincón próximo al centro histórico de Valencia, y de escaso trasiego: lo que resulta de muy grata visita al paseante que recrea la mirada en las fachadas de su entorno.

Entre todas ellas rivaliza el barroco y lo académico de sus palacios con los aderezos de una bella manzana de viviendas en la que entre estucos vegetales o de cabezas de animales, destacan majestuosos unos miradores de hierro cubiertos de cristaleras sobre las rejas de sus bajos, y que en su armonía, pincelan el tono pastel de una fachada singular, gracias a su acusada personalidad que la hace ser diferente a cuantas abundan por las callejuelas cercanas.

El silencio de la plaza como estandarte de su tranquilidad es su peculiar emblema, sin menoscabo de sus balcones de hierro, unos sencillos y otros artesonados.

Y como recoleta plaza que lo es, un solo banco de piedra frente a la antigua Casa Palacio del Señor de Náquera, en la actualidad sede de Cáritas Diocesanas, invita al grato reposo entre el silencio y bajo los naranjos que la pueblan, a través de cuyo ramaje se observan la bellas rejerías que decoran a nuestro rincón.

Igualmente destaca el antiguo Palacio de Cerveró de finales del setecientos, construido entonces sobre lo que había sido un edificio balneario de la época bajo medieval, en cuyo zócalo de piedra singularizan unas ventanas ovaladas y enrejadas que abastecen de luz al sótano de tan palaciega casa. Su portada barroca con el magnífico blasón de los Cerveró invita al paseante a su interior, sede del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia, lugar de exposiciones temporales donde la presencia de una amplia y lujosa escalera de bello pasamanos, subyuga a quién la admira.

Nada más grato en cualquier recorrido urbano que dar de lleno con la presencia de una plaza pequeña, tranquila y señorial; en definitiva, un pequeño rincón. Por lo que ir a su encuentro será la ocasión de admirarlo, bien sea vuestra marcha al Portal de Serranos, o en sentido contrario hacia la Catedral de la Seo.

miércoles 27 de enero de 2010

LA PLAZA DE SANTA CATALINA

Si la Valencia oficial y administrativa, junto a la religiosa, giraba en torno a la Catedral de la Seo con el Palau de la Diputación cercano, y a cuyo lado la Casa de la Ciudad vivía sus últimos años allá por el ochocientos, la vida comercial y bulliciosa, en cambio, lo hacía hormigueando bajo la barroca Torre de Santa Catalina, que en su trasiego hacia el mercado, detenía su paso en el punto neurálgico de la Valencia decimonónica, la que hacía esquina con la Calle de Zaragoza y muy próxima a la pequeña y triangular Plaza de la Reina. Recibía ya entonces el nombre de Plaza de Santa Catalina, rectangular y alargada, y de siempre cercada por un serpentear de callejuelas repletas de gente que, en vaivén interminable, gracias a los entrañables comercios que de recuerdo antiguo conservan su merecido prestigio, perdura en el tiempo.

Callejas en torno a tan pequeño rincón con sabor a horchata y aroma de chocolate, punto de llegada a quienes manteniendo la ilusión de la suerte, buscan la fortuna en los dos acreditados despachos de lotería bajo el señuelo de la Santa, a quien demanda su ayuda el jugador habitual o improvisado.

No, no es nuestra plaza el lugar apacible, tranquilo, con banco de piedra en el que descansar, o en el que un árbol pincela su gracia y una fuente regala su murmullo al modo de un rincón relajado ideal para un leve descanso. No, no lo es.

Mas no por ello está exento de seducción y sí de la fascinación que produce ver cómo de forma perenne ofrece la vitalidad de su entorno, bullicio en el que la Iglesia de Santa Catalina y su torre campanario ocupan un lugar capital sobre la peana vibrante y recoleta que como tal rincón, es digno de admirar.

Primero fue mezquita y luego parroquia cristiana, y por decisión del Rey Don Jaime el Conquistador recibió el nombre de Santa Catalina, alcanzando su dominio hasta la huerta de
Campanar.

Pequeño rincón que, más si cabe, tiene el encanto de su perspectiva desde el final de la Calle de la Paz, con la torre campanario de Santa Catalina al fondo, en una de las muestras más singulares del barroco europeo que, como anécdota curiosa, tuvo la desdicha de estar a punto de ser victima de la piqueta ante el proyecto urbanístico de ampliar hacia
Cuarte la vía citada, la más bella y cuidada de Valencia.

Torre de Santa Catalina que supera en belleza a su vecina la del Miguelete, pero que al estar ensombrecida por el campanario catedralicio, alto, majestuoso y sinfónico, en ocasiones le hace pasar desapercibida y como llena de celos. No así para quienes fieles a la tradicional visita a los lugares de siempre (los antañones Horchaterías del Siglo, con sus regios salones; o la de Santa Catalina, de valencianos mosaicos que visten a sus paredes, así como la enmarcada mesa de mármol en recuerdo de las repetidas visitas que hiciera la Infanta Isabel en los primeros años del siglo pasado; y Chocolates Sanz-Santa Catalina con la centenaria y artística marquetería de sus vitrinas) reponen sus fuerzas en ocasión de tan entrañable esparcimiento callejero, tanto en cuanto aprovechan para gozar ante la artesanal torre que, mimosamente restaurada en su porte hexagonal, luce esbelta y ornamentada.

Rincón de recuerdo a prestigiosos establecimientos desparecidos, como lo fueron la Farmacia y Laboratorio del Dr. Graus, cuyas fachadas permanecen cobijando modernas franquicias con aroma de café.

Ya pequeña plaza, pero animado rincón, igual se ofrece gentil al turista ansioso de guardar en su máquina digital el recuerdo de su presencia, a la que os invito a quienes deseen conocer el otrora corazón comercial de Valencia y hoy epicentro de una ciudad abierta y vivaz, generosa a quienes la visitan.

sábado 26 de diciembre de 2009

LA PLAZA DEL HORNO DE SAN NICOLÁS


Hay plazas o rincones en la ciudad, coquetos, que sirven al relajo del paseante en su callejear y en donde siempre hay un banco de piedra en el que reponer las fuerzas, al tiempo que se contemplan sus fachadas que en los días de fiesta engalanan sus balaustradas con mantillas de damasco y frisos de flores.

En otros rincones o plazas, la opción de una terraza en donde sentarse, cubierto o al aire libre, en grata conversación o simplemente observando la gente que al igual se recrea en atención al entorno, contribuye a darle aún mayor encanto al lugar ya de por si admirado.

Sin embargo, existe una plaza sin bancos, sin la presencia de una fuente o la de un árbol que o bien le den nombre o sea ocasión de adorno o de distinción, pero no por ello exenta de varios aspectos que le otorguen singularidad.

Es el caso de la Plaza del Horno de San Nicolás, situada en la retícula que desde la Plaza del Esparto y a través de la Calle de las Danzas, comunica con la de la Compañía, la vieja plaza de “les Panses”, lugar donde “El Palleter” retó a Napoleón en patriótico grito.

La Plaza del Horno de San Nicolás que lo es de paso al caminante, más vale la pena recrearse un rato en ella. Porque es de merecer detenerse ante el horno que da nombre a la plaza, y que desde 1802 –según reza en artísticos mosaico sobre sus dos entradas- el de la guerra al francés, sigue abasteciendo de pan a quienes cruzan su puerta, aunque se sabe con certeza de la existencia de un horno más antiguo, toda vez que tal nombre ya lo tenía la plaza por providencia del Almotacén desde abril de 1692.

Plaza de planta irregular, de diente de sierra y que por necesidades del tráfico no es peatonal. Cualquiera de sus lados y sobre sus no muy anchas aceras, sirven para contemplar bellos edificios de ricas cerrajerías en sus balcones, entre los que destacan los decimonónicos miradores cubiertos, al igual que sencillos estucos, que junto a las ménsulas, decoran las fachadas.

A falta de jardín en la plaza, se muestra a un lado un rincón o azucat que destaca por sí solo, dándole a la plaza un toque singular y una pizca de sosiego. Mantiene el entrante cierto aspecto -más imaginado en el anochecer- de capilla urbana decorada de rejas y balcones de hierro fundido creando en su conjunto un retablo en el que un balcón corrido reina en el centro, y flanqueado por dos farolas que lo iluminan. Escorado, un ciprés, dijéramos epistolar, pincela de gracia y digno respeto a tan placentero rincón a semejanza de un presbiterio.

El Colegio Mayor del Rector Peset, antigua Casa de los Martínez Vallejo del siglo XVIII -antaño Escuela Normal de Magisterio hasta su traslado junto al río en la zona de Monteolivete- con su gran zócalo de piedra de sillería, dignifica la plaza, dándole al mismo tiempo un aire estudiantil, y desde cuyo umbral se vislumbra elegante la Torre Campanario de San Nicolás: la que emergiendo sobre los tejados, queda observante de nuestro ya rincón o plaza.

Rincón o plaza, muchas veces transitado, pero al no ser de destino, no se le tiene en cuenta. Os recomiendo, sí, una pequeña parada y que os entretengáis no solo disfrutando del campanario cima los tejados, sino de todo el entorno de uno de los rincones del centro histórico de la ciudad, que en su sencillez y singular aspecto, adquiere la especial relevancia de encontrar al paso, uno de los comercios más antiguos de la ciudad.

jueves 26 de noviembre de 2009

EL PASAJE RIPALDA


Al tiempo que finalizaba el siglo XIX nacía en Valencia la inquietud por pincelar en sus calles retazos de modernidad. A ello se dedicaron los arquitectos de la época, ansiosos en nuevos diseños que saciaran la sed innovadora de la alta burguesía, anhelosa de que sus propios edificios destacaran por encima de los demás. Al recurso del eclecticismo de la época se le unían las modas que imperaban en las más renombradas ciudades europeas, y en su emulación, es como nació la pintoresca idea de construir un pasaje en la zona más comercial de Valencia al logro de que se le diera mayor vida y distinción (si no era suficiente la que por sus alrededores ya existía) a su centro neurálgico, donde junto a sus más famosas tiendas convivían sus pintorescos cafés: lugares de reunión y encuentro de la intelectualidad decimonónica, entre los que destacaban el Café de España y el Café del León de Oro, próximos a nuestro Pasaje, o el Café Hungría en el interior del mismo, muchos años más tarde de su inauguración.

Fue así cómo nació la feliz idea de trasladar a Valencia la costumbre de las ciudades italianas de pasadizos urbanos de estilo neoclásico construidos en un conjunto armonioso y bello. Y como antecedente curioso aunque salvando las distancias, tal y como ya sucediera hacía cuatro siglos entonces, cuando por nuestra ciudad fue por donde entrara en España el renacimiento italiano, materializado en la bóveda del presbiterio catedralicio y auspiciada su ejecución, gracias a la decisión de un cardenal y que después sería Papa, el valentino Alejandro VI.

Si su llegada fue de las manos de Pablo da San Leocadio y Francesco Pagano, el Pasaje Ripalda, aunque, por supuesto, no con tan gran esplendor pero sí con la eficacia de lo útil, fue proyectado al encargo de Dña. María Josefa Paulín de la Peña, Condesa de Ripalda, en 1889 por el arquitecto Joaquín Arnau Miramón (quien también fuera autor del Palacio del mismo nombre en el Paseo de la Alameda) sorprendiendo a nuestra ciudad e impactando en su novedad a los valencianos por la armonía de sus dinteles y de sus ménsulas, la de sus arcos pareados, la de sus pilastras, así como por sus claraboyas llenas de luz, dando un toque de magia al nuevo pasadizo que desde la Plaza de Cajeros, situada en el inicio de la Bajada de San Francisco, comunica los pasos desde la Calle de San Vicente a la entonces llamada Plaza de la Pelota, en la actualidad de Mariano Benlliure.

Pasaje comercial por excelencia que también albergara al Hotel Ripalda que se mantuvo abierto hasta mediados los años cuarenta, en los que tras las necesarias adecuaciones fue convirtiéndose el pasaje en lugar de viviendas.

Fue precisamente en este Hotel donde se instaló en 1897 el primer ascensor de la ciudad, hoy pieza de museo, pero abandonado en un desván a la espera de su conveniente exposición en el Museo Etnológico de nuestra ciudad.

Del proyecto original poco es lo que queda a lo largo de sus cincuenta metros de longitud, debido a las exigencias comerciales de los establecimientos, que en sus continuas transformaciones han ido eliminando los recursos artísticos ideados por el autor del proyecto, perdiéndose gran parte de su esplendor arquitectónico.

Pero hoy en día aún sigue llamando la atención al caminante la belleza de su interior. Caminante que decidido a su paso, recrea su mirada y contempla al inicio en su puerta de hierro en la calle de San Vicente, un pequeño y curioso mosaico con el nombre del pasaje, así como el dibujo del Palacio que le da nombre, siempre de grato recuerdo para quienes lo conocimos, patrimonio también de la que fuera Condesa de Ripalda.

Admirando su interior destacan sobre el entresuelo y a mitad del pasaje unos pasillos perpendiculares que unen las dos jarcias en cada una de sus tres alturas, así como también llaman a la curiosidad, sus ventanales adintelados a la derecha y los de medio a punto a la izquierda sobre los comercios del pasaje, que rompiendo su armonía, mantienen la atención por su dispar presencia.

El actual pasaje ha perdido a su inicio un toque de elegancia por los nuevos comercios de franquicias impersonales; pese a ello, mantiene su estilo gracias a los que permanecen desde lo antiguo, fieles en el ofrecimiento de sus tejidos falleros, tales como el de “Ripalda Indumentaria” con su fachada de blanca cerámica contorneada por un sencillo floreado que la distingue y el de Álvaro Moliner, luciendo ambos sobre sus mostradores todo un derroche de color puesto al servicio de la mujer valenciana.

Al igual que lo ofrecen otras tiendas, que si reconvertidas, prevalecen en sus antañones escaparates enmarcados de recia marquetería manteniendo sus fachadas, como es el caso de ELEVEN (con anterioridad la de Gamborino): tienda que conserva sus arcos de medio punto al exterior respetando su sello antiguo y que se ofrece al hombre actual con un surtido de ropa y complementos de moderno diseño; mientras nos queda el recuerdo en nuestro recorrido de la de Oltra, todos ellos establecimientos que tienen o tuvieron un gran arraigo popular.

Pasaje o "rincón" que junto a su nombre con reminiscencias palaciegas nos revive un pasado entrañable, al tiempo, que por su mancillado arquitectónico por efecto de intereses legítimos pero de mal gusto, no estuvieron al nivel que el Pasaje Ripalda merecía. Pese a ello, y por su encanto y luz que en su conjunto florece, os recomiendo su visita, contemplándolo con placidez y evocando su nombre.

domingo 25 de octubre de 2009

EL TRIBUNAL DE LAS AGUAS


Es éste un rincón milenario anclado a la puerta gótica de la Catedral de Valencia que, adornado por las archivoltas de su arco ojival bajo apostólicas miradas y rodeado de variopinta imaginería cual mejor dosel, da albergue en todos los jueves del año al más antiguo tribunal europeo conocido, cuya mejor impronta la adquiere por su singular fortaleza institucional.

Es quizá el más famoso rincón de la ciudad de Valencia. El que al son de las doce campanadas del mediodía cima la Torre del Miguelete, a paso lento y vestidos con el negro blusón huertano desde la Casa Vestuario enfrente, acuden puntuales los ocho síndicos a dictar jurisprudencia, dando realce a tan singular recinto agrupado a su torno por la gente que, bien con orgullo, bien fascinada por saber de él, acuden a contemplarlo.

La fortaleza de tan ancestral institución, creada bajo el dominio musulmán en el año 960, viene dada por la protección e impulso que le dio Jaime I, y que por sus formas de actuación ha venido prevaleciendo a pesar de los cambios producidos tras la época foral, siendo de ésta, el único vestigio jurisdiccional que ha prevalecido hasta nuestros días, tanto en cuanto es el mejor sistema regulador del uso del agua que a través de sus ocho acequias, riegan la huerta valenciana como su persistencia en el tiempo lo demuestra.

El eco del “calle vosté o parle vosté” prevalece sobre el gentío que acude respetuoso al acto cada jueves del año, sin fallo alguno, instantes después de que el alguacil haya alzado su voz de inicio al reclamo del denunciante y denunciado, adscritos ambos a cada una de las acequias que riegan la vega, tan dignamente representadas por los Síndicos sentados bajo la Puerta de los Apóstoles, al igual que se hiciera en el interior de la entonces Mezquita en la época musulmana y que tras la Reconquista, al no ser permitida la entrada al templo a los no bautizados y siendo en gran número los labradores de religión no cristiana, el Tribunal del las Aguas siguió su andadura al exterior, pegado al umbral gótico de la Seo.

Mayor importancia, si cabe, adquiere nuestro rincón, al haber sido declarado recientemente por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, asegurando así su permanencia y proyección universal a cuyo conocimiento y visita acuden los más preclaros jurisconsultos, interesados en su peculiar manera de gobernar y dictar sentencia.

Si hay quienes proclaman que la mejor Constitución es la que no está escrita y son los hechos y costumbres las más eficaces fuentes del Derecho, la ausencia del papel, la inmediatez en la sentencia inapelable, y su aceptación y cumplimiento por parte del causante del daño producido, hacen que la justicia emanada del Tribunal de las Aguas tenga la consideración de ejemplar, gracias, además de todas estas razones, a que él único requisito exigido a sus Síndicos sea el de su elevada consideración que de ellos se tiene, que no es otra que la de ejercer como “hombres buenos y justos”, sin que para ello sea necesaria ninguna titulación legislativa.


De ahí la justa existencia del Tribunal de las Aguas a lo largo de más de diez siglos, rincón emblemático de la ciudad que se mantiene vigoroso superando momentos convulsos, regímenes diversos, todo ello gracias a la fortaleza de sus tres brazos, el Constitucional, el Legislativo y el Ejecutivo que con la ausencia del papel escrito, pincela su peculiar forma de ser.

Efectivamente, sí es un singular rincón, éste, en la ciudad de Valencia; al que bien vale la pena visitar cualquier jueves del año, segundos después del toque de las doce campanadas en el umbral de la Seo y ante la exquisitez gótica que lo decora.