lunes, 11 de agosto de 2008

PLAZA DE SAN NICOLÁS

35 - la plaza de san nicolas

No es un rincón de enamorados, ávidos del árbol frondoso, ni tampoco el de las furtivas miradas, faros humanos de cualquier terraza anclados en nuestras calles, tal es la tranquilad y vacío humano que entre sus callejas se aloja. Ni es tampoco el del paso obligado camino de mercados, ni al centro neurálgico, corazón de la ciudad. Acaso el de un atajo al distraído caminante que en su deambular quiere conocer con mayor detalle descubriendo caminos, que, por olvidados, sólo los visitamos de vez en cuando, aunque sea sólo por curiosidad, como el mejor de los distraimientos.

Es un rincón de la Valencia antigua y calvero de una retícula de estrechas calles, un punto de encuentro de barrios ancestrales: del cultural de la Seo con el bohemio del Carmen, uniendo sus casas nobles al del comercial Mercado.

Pasear por éste rincón nos traslada a la “Valencia de blanco y negro”, por ser frecuente en él el silencio que se esconde ante la escasez de coches en sus calles; rincón más propio de la placidez decimonónica, que del bullicio de una ciudad que hierve por el clamor de quienes nos visitan, que, sin embargo, están muy próximos al mismo.

La Iglesia de San Nicolás decora a este rincón y da nombre a su plaza, a la vez que lo enriquece; tanto a la luz del día con el esplendor de su planta alargada, como por las excelencias pictóricas de su interior, donde las cristaleras góticas lucen sobre el barroco de sus continuas capillas. Primero mezquita y transformada después en uno de los primeros templos cristianos de nuestra ciudad tras su reconquista, luce espléndida su alta torre campanario después de una reciente restauración. En su pared a la plaza, y cercano a la puerta principal, se escenifica un bello mosaico fruto de la cerámica manisera, que anuncia la profecía papal que hiciera Vicente Ferrer a Alfonso de Borja –quien a la postre fue rector de la misma Parroquia- y que al cumplirse su vaticinio pocos años más tarde, ya como papa Calixto III, el Borja valenciano, y en su respuesta y seguro que en su agradecimiento, canonizó a San Vicente desde su silla vaticana. Panel cerámico que por su curiosidad bien se merece una foto, después de su contemplación.

Todo el entorno de la plaza reúne el sabor histórico de sus viejas casas restauradas con gusto, entre las que destaca la parte trasera de un palacio con balconadas de hierro y ventanales cerrados con frescos clásicos que adornan y recrean sus lados.

Es de especial importancia resaltar la tradicional costumbre popular de los “lunes de San Nicolás”, a los que son de visita acostumbrada durante todo el año sus muchos creyentes, fieles a las “caminatas del santo”. A las que con fervor religioso acuden para pedirle salud para sí, como también para los suyos, o por cualquier otra necesidad, repitiendo en estos casos el viaje por tres lunes seguidos.

Os recomiendo pues un ligero desvío en vuestro caminar por el corazón de la ciudad y a unos pocos pasos. Allí se detiene el tiempo y la mirada al pasado es inevitable, paseando por sus recoletas plazas con el especial encanto de sus nombres, protocolos vivientes de un pasado muy antiguo y de claro significado

jueves, 17 de julio de 2008

EL JARDÍN BOTÁNICO

52 - El Jardin botanico

En la Valencia musical con su moderno Palau de la Música y el vanguardista Palau de les Arts al frente, más las múltiples bandas nacidas en todos los puntos de nuestra Comunidad, no podía faltar, sin embargo, la Valencia de los agudos y graves trinos que se escuchan en el amplio salón bajo sus incontables bóvedas verdes: el que está situado dentro de un recinto centenario en el que convergen la belleza de sus arboledas junto a la esbeltez de sus troncos cual columnas jónicas que las alimentan, y en donde desde la tranquilidad de sus senderos y la generosidad de sus bancos (entre las mil y una especies diferentes que allí se encuentran) se escucha la melodía de los pajarillos entre una vegetación exuberante, próxima al clamor de la calle y del que afortunadamente logra exilarse.

Y es cuando se detiene el tiempo. Cuando pasa plácida la tarde, al igual que las aves incansables lo hacen de rama a rama. Es cuando el sosiego se apodera del visitante a tan bello paraje, haciéndole partícipe de un especial y urbano encanto.

A él, todo un compendio de riqueza botánica, frondosa, donde se encuentran las más increíbles especies de cualquier parte del mundo, acude el pintor con su caballete recreándose ante un pequeño estanque tapado por la delicadeza de un nenúfar, cubriéndolo tal y como lo hiciera un bello mantel de floreado esmeralda, dejado caer por unas manos invisibles cuidadosas de la naturaleza, a la que con tanto mimo pertenece.

Mientras, los pajarillos, buscan y encuentran algunas simientes que picotean en el suelo, sin huir del paseante que cerca de ellos pasa.

Los canarios, los jilgueros, los gorriones, los mirlos, las palomas, junto a otras especies más que lo visitan, llenan y pueblan al Jardín Botánico de Valencia; se adueñan de las copas de sus árboles que una junto a la otra, lascivas se besan. Y en su unión, forman inequívocas un solo árbol multiforme, albergue de la más tierna imaginación. Todo el recinto se convierte en la bóveda verde de un salón columnario por cuyas cristaleras entra la luz, que, dejando su calor arriba de la cúpula inescrutable, se mantiene el frescor. Y junto a los trinos y su deleite, el encanto reina por todos los rincones del Jardín.

En el que al igual que surge una historia de amor en un escondido banco junto a un viejo tronco, el gorgoteo de una paloma acompaña a un lector, algo apartado del Cupido ángel, sumergido en las páginas de su libro mientras pasa el tiempo en el solaz del Botánico.

Todo lo demás, lo embellece más si cabe: sus cuidados, sus plantas acuáticas, sus invernaderos, su umbráculo, sus pequeñas acequias y sus rocallas; y sus esculturas tal enanos de un bosque encantado que simulan; y sus gatitos, que igual corren por los enredados caminos, que ascienden veloces por un tronco perdiéndose por los secretos de sus ramas.

Casi doscientos años de historia (aunque sus orígenes en la idea se remontan al siglo XVI) y el amor de unos botánicos, fruto de la Ilustración, hicieron posible la puesta en marcha de la mejor escuela, en la que el amor a las plantas tenía que fructificar en algo tan bello.

Pese a sus tiempos oscuros, pese al martirio de una riada que lo asoló y de una lenta restauración, varias generaciones de fieles que hoy son abuelos, pero que ya de niños corrían entre sus mismos troncos, se sientan hoy en sus bancos, tranquilos mientras inculcan a sus nietos el amor a un lugar al que el primerizo que lo visita disfruta de la paz que allí se le ofrece.

Junto al río Turia que lo limita al norte, y la torre y cúpula de la Parroquia de San Miguel y San Sebastián a su entrada, se encuentra tan bello sitio en el corazón de un rincón de Valencia, al que su “jardín” le da nombre. Su visita es obligada para los amantes de las melodías de los trinos, y también para los necesitados de paz.

jueves, 3 de julio de 2008

EL MERCADO COLÓN

54 - El mercado colon  Es como el mejor hall de la Valencia comercial donde se juntan las calles de Cirilo Amorós, Jorge Juan, Conde Salvatierra y Martínez Ferrando; próximo a la de Colón y la Gran Vía, en un oasis donde el calor veraniego que se apodera de la zona, deja un espacio para el descanso a salvo de su inclemencia.

El hall de Colón disfruta bajo un esqueleto de hierro fundido formado por columnas en las que se sustentan sus ocho arcos ojivales y cuyos remaches los adornan. Se cobija en una nave central abierta a la luz que lo inunda por cualquiera de sus lados.

El Mercado Colón se inauguró en el año 1916 y su diseño salió de las manos de Francisco Mora, en el mejor de sus trabajos como arquitecto municipal de Valencia. Concebida tan bella obra desde el hierro fundido sobre piedra de cantería, con sus ladrillos de cantos cuidados con sumo mimo y con los ribeteados mosaicos que lo dibujan. No faltan los policromados motivos valencianos en los que la naranja de sus huertas muestra el esplendor de su riqueza en aquellos años de su construcción.

De estilo modernista y situado fuera del casco histórico de la ciudad, el Mercado Colón es el punto neurálgico y uno de los más bellos del Ensanche, iniciado una vez derribadas sus murallas por decisión expresa de Cirilo Amorós, en cuyo recuerdo lleva su nombre una de las calles que lo limita.

Cercado por una verja de fundición sobre muro de cantería, su conjunto destaca por su elegancia en el porte, por su buen gusto en sus cuidados y por el orgullo de ofrecerlo a quienes nos visitan como una de las mejores joyas de nuestra ciudad.

Restaurado hace unos pocos años desde la exquisitez, es un lugar tranquilo en el que los puestos de flores nos hablan de la ciudad a la que pertenece. Lugar de encuentro y relajo, una agenda musical cubre todos los meses del año en los que acuden las diferentes sociedades y agrupaciones musicales de Valencia que nos regalen el fruto de su música, de cuyo árbol, sus ramas, se esparcen a lo largo de nuestra Comunidad.

En el mercado rivalizan sus dos fachadas, y mientras que en la de Jorge Juan, el canto a Valencia se esparce por sus piedras, en la que recae a Conde de Salvatierra, su magnífico tímpano de cristal y sus pequeñas marquesinas que la complementan, dejan los más bellos trazos que imaginara su autor.

Antiguo mercado de frutas y verduras, carnes y pescados, salazones y vinos, en su planta baja queda el testimonio de lo que fue con unos pocos puestos de venta, junto a los más modernos de música, de libros y de un buen comer, a los que se acceden a través de las escaleras mecánicas vestidas de agradable vegetación frente al frescor de una cortina de agua de permanente murmullo.

No lo dude, y en esas mañanas plomizas, las del fuerte poniente que nos derrota, en su caminar por sus alrededores por cualquier gestión puntual, acudan a sus confortables sillones de las diferentes cafeterías y disfruten de un buen estar, allí donde el sol impecable se ve vencido por el talento de su arquitectura, donde el recurso a los climatizadores se hace innecesario.

martes, 27 de mayo de 2008

LA PLAZA DEL NEGRITO

20 - la Plaza Negrito Pequeña, linda y con un toque de simpatía: así es la Plaza del Negrito situada cerca de la “Generalitat” y de camino hacia La Lonja de la Seda. Da nombre a la plaza un rechoncho y gracioso niño situado en su centro que levanta desde su cuerpo desnudo una concha por la que manan diez caños cantarines que caen, cual cortinas sus aguas, sobre la taza de la fuente. Permanece el negrito escondido por las ramas de cuatro limoneros que le rodean, y que gracias al bullicio de sus aguas, cual melodía fresca y urbana, se convierte en un bello y gracioso instrumento musical. El gentil negrito descansa sobre un pedestal de piedra de cuatro lados, y de cada uno, caritas generosas, escupen cordones de suaves susurros recreando el conjunto una fuente sinfónica cuyo murmullo perenne envuelve a toda la plaza.

Es también salón de apacible lectura de media tarde en torno a la cerca de hierro que embellece a la fuente, como también lugar del café tertuliano en el que, de vez en cuando, se escucha a Vivaldi desde el violín de un músico que con su mejilla picada de viruela, lo fija a su cuerpo y rasga notas que rivalizan con los relajantes chorritos que fluyen de todos los lados. Es el salón de la bohemia noche, en la que el “agua de valencia” alimenta amistades y fragua romances amorosos a los encandilados que a la plaza acuden.

La Plaza del Negrito tiene el sello de lo inconfundible y en ella cohabitan un pasado épico junto al moderno, pero el de estampa grácil, nada bullanguera, que en un marco recoleto, el único silencio que allí se escucha es el de su fuente.

Pequeña y cuadrada, fue zona habitada por los Calatravas en unos terrenos donados a los Caballeros de la Orden por Jaime I después de la Reconquista, en cuyo recuerdo permanece el nombre a la calle que la cruza, en la que destaca un bello palacio barroco construido sobre otro gótico en el siglo XVIII de enrejados ventanales que decoran la calle.

Cuando en el año 1850 se llevaron a cabo las conducciones de agua potable a la ciudad, se crearon fuentes públicas para su servicio, siendo la situada en esta plaza la más importante de todas las instaladas. En ella, se celebró el acto inaugural mediante la bendición de sus aguas, y sobre el pedestal de cuatro caños se erigió la figura de un niño desnudo de hierro fundido, que por su tono oscuro, se le conoció como “el negrito”: el que ocupaba el centro del lugar, entonces llamada Plaza de Calatrava, hasta que ya en los años cuarenta del pasado siglo, para evitar la duplicidad -de acuerdo con la ordenanza municipal- con la calle del mismo nombre, pasó a llamarse “Plaza del Negrito”.

La que en la actualidad diseña un bello rincón de Valencia, lugar de “peregrinaje” y distracción, donde la grata velada, el descanso, o el perderse aupado en las páginas del pasado, la retícula de sus calles es como un tornillo sin fin donde todo encaja, desde la estampa de una fuente, hasta la más curiosa historia grabada a su dorso.

domingo, 11 de mayo de 2008

CALLE TRINQUETE DE CABALLEROS

37 - la calle trinquete caballeros

Es una calle ligeramente curvada. Y muy antigua, como su entorno. Es la que nace en la plaza de San Vicente Ferrer y muere en la de Nápoles y Sicilia, la que así se denomina en recuerdo de los reinados que pertenecieron a la Monarquía Hispánica durante tres siglos. La calle Trinquete de Caballeros, el eje principal de una zona histórica rodeada de casas de sabor nobiliario, en la que como valor añadido destaca la presencia de un muro almenado en el que se refugia la Iglesia de San Juan del Hospital, la iglesia más antigua de la ciudad.

Su nombre de Trinquete viene de la época renacentista cuando se jugaba en las calles el juego de la pelota. Con anterioridad se conocía como la de San Juan del Hospital, en unión al “Conjunto Histórico de San Juan del Hospital”, fundado en el año 1238 por los caballeros de la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, gracias a la cesión que les hizo Jaime el Conquistador en agradecimiento a su contribución en la Cruzada por la Reconquista de Valencia.

Era puerta de entrada al barrio judío de la Valencia amurallada en la época musulmana, a través, entonces, de la “Puerta de la Xerea” –la que estaba situada en la misma plaza de San Vicente Ferrer, popularmente conocida como "la de los patos"- y de la que sólo queda el nombre que nomina al barrio de estrechas calles, de amplios patios gustosamente restaurados, en una amalgama de edificios palaciegos decimonónicos y otros con rúbricas góticas que nos hablan de un pasado medieval. Y del árabe, cuya afición a los baños está testimoniada en los del Almirante, situados a muy pocos pasos.

La Iglesia del Hospital de San Juan, no hace muchos años restaurada, es como el mejor legado donde recorriendo todas sus paredes se puede averiguar la mezcla islámica, románica, gótica y cristiana que ha llegado hasta nuestros días, no sin antes enriquecerse con ornamentaciones barrocas, como también sufriendo la decadencia por amenazas desamortizadoras que la llevaron al abandono, incluso al peligro de desaparecer por la acción de los saqueos del año 1936. Declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional, fue salvada de la piqueta, pero durante muchos años fue utilizada para otros usos, incluso con lugar del cine SARE en los años cincuenta. En los últimos tiempos se ha ido restaurando y en la actualidad luce todo su esplendor, en la que, sin embargo, aún quedan zonas interiores por restaurar con restos arqueológicos de un gran valor testimonial de nuestro rico pasado.

En la misma calle y frente a la del Hospital, se encuentra la antiquísima Iglesia del Milagro, capilla de Nuestra Señora de la Seo, la titular de la Catedral y de ahí su importancia: motivo del acto procesional en la festividad del 15 de Agosto. Así como también tiene su residencia la sociedad “Lo Rat Penat”, la institución cultural que desde hace ciento treinta años defiende la personalidad de la Lengua Valenciana.

Pasear en las horas del atardecer por sus alrededores, cuando se encienden las farolas que iluminan las históricas casas de sus calles, es una abundante fuente para nuestro acervo cultural comprometido con nuestra historia.

martes, 15 de abril de 2008

LAS TORRES DE SERRANOS

12 - las torres serranos Pasen, véanlo, recréense en él, pocas veces encontrarán mejor zaguán. Así pues, sobre el puente que vence al foso que las rodea, alcen la mirada hacía los torreones almenados. Bajo el arco de medio punto, les recomiendo que observen en su parte central, encima de la puerta, un lienzo ricamente adornado, repleto de adornos góticos cuyo ornato da realce y esplendor a la más importante entrada a nuestra ciudad. Fijen también su atención en el bordón que corre abrazando las dos torres, como también en el voladizo superior sostenido por los dentados canes de piedra, y que más tarde, cuando recorran su perímetro, podrán deleitarse contemplando una de las estampas más bellas de la ciudad con la cúpula del Museo de Pio V al fondo, y el puente de Serranos y Santa Mónica al frente.

Después de contemplarlas plácidamente, y antes de emprender la escalada hacía sus azoteas, disfruten del lugar viendo las Torres en la ocasión de un agradable descanso en la Plaza de los Fueros, a pie de la bizarra Puerta de Serranos, sentado en la terraza de un café allí existente, observándolas en toda su grandeza.

La Puerta de Serranos, situada bajo sus torres, era una de las doce entradas a Valencia y uno de sus ”portals grands”, el más importante de los que daban paso a la ciudad amurallada antes de su derribo, iniciado en el año 1865. Su nombre se debe, según unos, a que en su puerta daba punto final el camino por el que llegaban “los serranos”, las gentes que provenían de las tierras de Aragón, y en particular, las que habitaban por la serranía de Teruel. Los hay quienes opinan que su nombre se debe a que en sus inmediaciones tomaron asiento las familias llegadas de las tierras de Daroca, Teruel y Albarracín, las últimas que colaboraron con Jaime I en la Reconquista de Valencia.

Por decisión del órgano de gobierno de la ciudad, “los jurados”, institución creada por Jaime el Conquistador, se iniciaron las obras para la construcción de las torres en el año 1392, en el mismo lugar donde estuvo situado un pórtico perteneciente a la muralla musulmana. Su ejecución corrió a cargo de la junta de “murs y valls”, institución encargada del cuidado de los canales abiertos en la ciudad, y también de la muralla cristiana mandada construir por Pedro el Ceremonioso. De la dirección de la obra de las torres y hasta su finalización en 1398, se cuidó el cantero Pere Balaguer, quien también participaba en la ejecución de la torre del Miguelete, adjunta a la Catedral e iniciada unos años antes.

Cuando se quemó la cárcel de la ciudad situada junto a la Casa Consistorial en la Calle de Caballeros (1585), se decidió habilitar las Torres de Serranos como lugar de presidio, así como otros edificios, siendo uno de ellos el de las Torres de Quart. El nuevo uso de las Torres de Serranos obligó a la necesaria transformación. Todos los arcos de su parte trasera fueron cegados y sus estancias abovedadas sirvieron como centro de reclusión para los incumplidores de la Ley. Y cada una de ellas tuvo un nombre, cuya identidad servía para el control de los presos y determinar el lugar que les correspondía según su edad, sexo y el tipo de delito cometido. En la torre izquierda habían tres pisos, cada uno con su nombre: Cañeta, Iglesia, y Peñón; y en la torre derecha cuatro: Cubo, Comuna, Calabozos y San Vicente. Mientras que en el cuerpo central de tres alturas existían las dependencias conocidas como Campana, Enfermería y en la más alta, Chicos.

Las Torres de Serranos continuaron como cárcel hasta el año 1888 y una vez cumplida esta misión, sus cinco arcos ojivales fueron otra vez descubiertos en un proceso restaurador que duro hasta el año 1914.

Es de destacar la discreta campana de bronce existente junto las dovelas que dan a la Plaza de los Fueros e incrustada en sus paredes, cuyo origen se remonta a 1363. Año en que fue instalada en la anterior torre allí existente y traída de la Iglesia de San Antonio Abad, situada en las afueras de la ciudad, en la actual Calle de Sagunto, para toque de alarma en la “guerra de los dos Pedros”. Construidas las nuevas torres, la campana ocupó el sitio que vemos en la actualidad, y en los años de cárcel fue utilizada como aviso a los vecinos cuando había presos en fuga, que por lo visto lo era con frecuencia. Hoy la vemos sin badajo, muda y desdentada, como consecuencia de la invasión napoleónica, víctima de la metralla del mariscal Moncey.

En la actualidad y después de una reciente restauración, contemplamos a las Torres de Serranos en todo su esplendor, tal y como estaban concebidas en el momento de su construcción, sin bien no con la intención defensiva de entonces, pero sí con la belleza, ornato y carácter suntuoso que sus creadores quisieron otorgar a la que pretendieron entonces que fuera la puerta más bella, tal y como correspondía a la importancia de Valencia. Lo que actuó como el más eficaz presagio: el zaguán que en los próximos años iba a ser el de la ciudad más importante de la Corona de Aragón, en medio de una gran bonanza económica, y en los inicios del Siglo de Oro de la Lengua Valenciana: su momento de mayor esplendor cultural, desgraciadamente no reconocido en la actualidad por los que prefieren ningunearla.

Finalmente, les aconsejo nada mejor que volver a recrearse sentado frente a los ojos ojivales del más cultural de los emblemas de la ciudad del Turia, a cuyos pies, el viejo cauce rubrica los últimos siete siglos de nuestra historia.

viernes, 28 de marzo de 2008

"A LA LUNA DE VALENCIA"

13 - A la Luna de Valencia

La Valencia amurallada hasta finales del siglo XIX dio origen a una leyenda que llega hasta nuestros días expresada en cinco palabras: “a la luna de Valencia”. Y se aplica cuando uno queda como al margen de una cuestión en la que no se entera, o que, quizá adormilado, no la comprende. No es pues este el momento de mencionar uno de los muchos bellos rincones existentes de nuestra ciudad, hoy abierta y sin murallas, y que se ofrece desprendida a quienes nos visitan, sino el de hacer alusión a la otrora zona al exterior de sus murallas, origen de este expresivo modismo con gran arraigo popular, no sólo en Valencia, sino también en gran parte de España.

Dice la leyenda que su origen viene dado porque los que llegaban a nuestra ciudad a hora tardía, se quedaban fuera de ella, impedidos para cruzar sus puertas ya cerradas y obligados a quedarse fuera de sus muros donde pasar la noche. La leyenda, cierta o no, figura como la más probable, pero rivaliza con otras menos conocidas, pero que no obstante, el viso de ser cierto su origen, tiene un mayor fundamento y su causa más creíble, por lo que tienen de lógicas dentro del ambiente propio de los años en que se originaron.

Las leyendas o relatos vienen de la época anterior a la expulsión de los moriscos valencianos a inicios del siglo XVII, que poblaban, en gran parte, nuestro viejo reino.

Una de ellas hace alusión a los barcos que costeaban nuestro mar, en el que un cerrado golfo de Cullera a Almenara forma la típica media luna de sus playas, y que representaba un gran peligro por sus muchos bancos de arena para las embarcaciones que desde otras costas se acercaban. Los marineros que por esta causa sufrían los efectos de un naufragio, o bien de una fuerte tempestad, por temor a los bancos, no podían entrar al puerto de Valencia, quedando a merced de las olas y sufriendo grandes pérdidas. Y en función de ellas, fueron extendiendo por sus países de origen la frase de alerta, con mayor o menor virulencia según lo mal que les hubiera ido la empresa. De tal manera y según este argumento, fueron las gentes de mar los inventores del modismo de quedarse “a la luna de Valencia”.

Se añade también como posible origen, la leyenda tradicional que en el momento de la expulsión morisca no todos pudieron embarcarse al mismo tiempo en el puerto de Valencia, debido a su enorme cuantía y a la escasez de barcas, quedando sobre la playa esperando la hora de ser transportados a las costas africanas. Cuenta la leyenda, que algunos, engañados por quienes se habían comprometido a embarcarles, se quedaron esperándoles en la playa durante tres días y tres noches, tiempo en el aparecieron unos desalmados cristianos y les quitaron la vida a la luz de la luna y en el clarear de la noche. Por esto, especialmente, y desde entonces, se hizo mayor la leyenda y se tiene por desgraciado o de mal agüero “el quedarse a la luna de Valencia”.

No es esto pues un rincón de Valencia, pero sí un eco cada vez más conocido, y que de una forma o de otra, contribuye a que nuestro nombre, el de la ciudad, sea requerido con gran acierto y frecuencia en cualquier tertulia de mayor o menor grado.

sábado, 8 de marzo de 2008

RUZAFA, LA TIERRA DEL GANCHO

53 - Ruzafa la tierra del gancho Cuando Damasco era la capital del mundo árabe e Hixem el gran Califa omeya, quiso éste bajar “el paraíso a la tierra” y lo construyó entre las tierras del Éufrates y la ciudad de Palmira. Al lugar le puso el nombre de Ruzafa, uno de los cien nombres que los árabes dan al cielo o edén. Abderramán tuvo que huir de aquellas tierras, dirigiéndose hacia la ciudad de Córdoba, califato dependiente de Damasco hasta que convertido en Emir, decreta a la ciudad española como Emirato Independiente. Añorando su origen, construye en la ciudad andaluza un bello jardín al que da el nombre de Ruzafa. Abd Allah, hijo de Abderramán, tuvo el encargo de su padre de reconstruir una Valencia saqueada y destrozada, a la que embelleció. Sus alrededores los convirtió en un vergel y como no podía ser de otra forma, a la zona más bella que la circundaba le puso el nombre de Ruzafa.

De todo aquello no queda nada, sólo su bello nombre. El pueblo de Ruzafa se anexionó a la ciudad de Valencia en 1877, y hasta ese momento, un histórico y rico pasado se sucedió en aquellas huertas hoy convertidas en casco urbano en el que bulle un barrio entrañable que no ignora su pasado.

La vida del barrio de Ruzafa gira en torno al mercado situado en su centro histórico, conformando un bullicioso rincón de la ciudad en el que destacan muy próximos el Convento de Nuestra Señora de los Ángeles, la Iglesia de San Valero y San Vicente Mártir y adosada a ésta, la capilla de la Comunión que la complementa.

En el mismo lugar donde se construyera este convento, emplazó Jaime I su tienda de campaña cuando estaba cercando la ciudad de Valencia; y fue allí donde el rey Zayyan firmó su rendición al rey cristiano, cuyo recuerdo reza en un bello mosaico en la fachada de la Iglesia gracias a la Agrupación Fallera de Ruzafa. La Iglesia de San Valero y San Vicente Mártir fue construida un año después de la Reconquista de Valencia en recuerdo de ambos santos: el Obispo de Zaragoza y de su diacono, el mártir patrón de la ciudad de Valencia. Destruida por un voraz incendio a principios del siglo XV se edificó una nueva Iglesia, y junto a ella, la Capilla anexa comunicadas por el interior.

El barrio de Ruzafa es popularmente conocido como “la tierra del gancho”, debido a que la Albufera llegaba hasta su entorno a través de sus canales. Para sujetar las embarcaciones utilizaban unos ganchos situados en el extremo de la “perchas”: la pértiga necesaria para navegar. Existen también otras creencias origen de esta denominación, pero menos infundadas; como que es debido a la simpatía y familiaridad de los ruzafeños. Sin descartar la que se cita debido el interés que se tenía en alcanzar al Santísimo Cristo del Grao cuando llegaba por el mar hasta la desembocadura del rio Turia, y los huertanos de Ruzafa intentaban rescatarlo para su parroquia utilizando los ganchos. También es conocido el popular barrio por el del “Contraste”, debido a la existencia en la zona de varias casas especializadas en contrastar el oro.

El Ruzafa de “dins” corresponde a un pasado sólo recordado por una generación cada vez más escasa, y cuyo único testimonio es el actual Paseo de Ruzafa. El de “fora”, cuyo punto neurálgico corresponde al actual Mercado de Ruzafa, es un lugar apacible y tranquilo cuando éste cierra sus puertas, y en donde aún quedan pequeños vestigios de sus calles estrechas, caprichosas, como recuerdos nebulosos que van desapareciendo por la renovación de un barrio en el que, sin embargo, el nombre de Ruzafa nos hace perpetuar los aromas de sus jardines y las bellezas de sus huertas, desaparecidos por el justiprecio de la modernidad. Pasear por él, recordando su historia, es perpetuar un bello rincón de nuestra ciudad.

domingo, 17 de febrero de 2008

EL COLEGIO DEL PATRIARCA

21 - El colegio del patriarca

El Colegio del Patriarca no es “un rincón de mi ciudad”. No, no lo es. Es más bien un tesoro oculto a los ojos de muchos valencianos que lo ignoran y cuya visita es un lujo para quien la hace. Y más, si es acompañado de un buen profesor que se sabe como nadie todos sus recovecos, dedicado al conocimiento de sus pergaminos, vitelas, libros, cuadros, legajos, protocolos allí guardados, así como todo lo que es y representa el Colegio para la historia de nuestra ciudad: el certificado con la excepcional valía de su autenticidad, cuyo tesoro es imposible evaluar.

Cuando iniciamos la visita, y una vez pasado su umbral tras un sombrío rellano, lo primero que se nos ofrece a los ojos es la belleza de un amplio y luminoso claustro, uno de los más armoniosos del renacimiento español, destacando sus columnas de mármol Carrara y la estatua sedente del “Beato Juan de Ribera”, obra de Mariano Benlliure, y que Juan XXIII santificó en 1960. Allí mismo fuimos recibidos por el rector del Colegio, quien nos dio la bienvenida, mostrando su agrado convencido de que nuestra visita iba a ser fructífera.

Contemplando la belleza del claustro supimos de su historia y de la vida del Santo, que, nacido en Sevilla, durante más de cuarenta años estuvo en Valencia hasta el momento de su muerte, acaecida en su propio Colegio el año 1611, donde está enterrado. Por deseo de Felipe III ejerció de Virrey de Valencia y tuvo especial participación en la expulsión de los moriscos de España en 1609, de la que era partidario. No obstante, trató que los últimos expulsados fueran los moriscos valencianos, intento en el que fracasó.

La construcción del Real Colegio Seminario del Corpus Christi, Colegio del Patriarca, se debe al deseo expreso del Arzobispo de Valencia Juan de Ribera, hombre muy culto y ávido de estudios, de formación erasmista y con el firme propósito de ordenar sacerdotes de acuerdo con el espíritu tridentino, en cuyo Concilio, uno de los más importantes de la Iglesia Católica, se marcó la pauta así como la conveniencia de crear seminarios dedicados a la mejor formación del clero y al cumplimiento del espíritu cristiano cuestionado por la reforma luterana, cuyas inapelables denuncias marcaron nuevos caminos para la Iglesia, pero siempre bajo las inflexibles directrices de Roma, que no obstante, puso fin a muchos de los abusos que se habían cometido hasta entonces.

Se iniciaron las obras en 1586, y fue el mismo Arzobispo quien colocó la primera piedra, siendo inaugurado por Felipe III en su visita de 1604 cuando aún no estaba finalizado; trabajos que continuaron hasta 1615 fecha de su finalización, cuando ya había fallecido el Arzobispo Juan de Ribera.

Ya situados e informados de todo el esplendor encerrado en sus piedras austeramente conservadas, fuimos recorriendo sus salas, atónitos ante todo lo que allí veíamos de cuya custodia poco sabíamos.

Estuvimos en el Archivo del Colegio donde tocamos con nuestras manos uno de los muchos pergaminos allí existentes, fechado el 16 de Enero de 1583, que acreditaba la compraventas de una de las casas –fueron más de sesenta- derribada para la construcción del Colegio del Patriarca. Son pergaminos de piel de cabrito escritos en latín –la lengua culta que entonces se entendía era la de Dios y que por ello nunca perecería- y que siempre se utilizaba para acreditar cualquier acto oficial, mercantil, legislativo o de la alta magistratura. Los pergaminos de piel de cabrito fueron utilizados hasta el siglo XVIII, cuando ya se empezó a utilizar el papel para las transacciones oficiales. Tuvimos el placer de observar diversas vitelas, una de ellas, una bula pontificia del mes de julio de 1572, la autorización para abrir una capilla, y que representó un placer para nuestros dedos recreados en tocarla.

A continuación, tras subir por una escalera de dos pisos, impresionante obra arquitectónica sobre arcos abovedados, llegamos a lo más alto, donde al final de unos escalones más empinados, está la entrada a la Biblioteca del Santo. En su dintel, una figura en mármol de Hércules simboliza la fuerza del estudio, como también pudiera ser el esfuerzo por la subida hacía una estancia que guarda 1.990 ejemplares: la más importante biblioteca del Renacimiento europeo. A ella recurren los estudiosos de la teología, de la espiritualidad, de la humanística, de las leyes, de la liturgia o de los interesados por la bíblica. Posee un oratorio interno, en la actualidad con un cuadro del Santo Patriarca, así como diversos cuadros situados encima de las librerías que rodean la biblioteca, donde vemos los semblantes serios de los monarcas de la casa de los Austrias y sus esposas, junto a otros, igualmente referidos a personajes ilustres de la época. Como curiosidad, las paredes que forman el amplio hueco de la escalera están decoradas con cuadros de sultanes y moriscos, quizá de cierta fama.

Hicimos una breve visita a la biblioteca del Siglo XVIII, el de "las luces", donde se guarda el epistolario de Gregorio Mayans y Siscar, valenciano: el que fuera sabio erudito, humanista, investigador y uno de los más importantes historiadores del Siglo de la Ilustración.

Aún nos esperaba una sorpresa reservada para el final, seguro que con toda la intención, guardada por nuestro apasionado cicerone: “el camino de damasco”. Expectante, nos hizo pasar a un pequeño recibidor, sencillo y de aspecto diferente a lo que hasta ese momento habíamos visto, donde una pequeña y sencilla puerta abría camino hacía lo que nada más verlo nos dejó impresionados. Un momento antes, a uno de nosotros le cambió el color de la cara: al que a modo de broma entró primero para que viéramos todos, al volver a salir por un breve instante, su rostro asombrado.

Vimos el Archivo de Protocolos del Colegio del Corpus Christi de Valencia donde se guardan veintinueve mil registros de dos mil doscientos notarios: los actos mercantiles y base de la historia social de Valencia desde el año 1370 hasta 1890. Archivo excepcional y único en Europa del deberíamos de presumir y ensalzarlo como se merece.

Los protocolos eran propiedad de la viuda de Antonio Espada, y cuando el Dr. Don Mariano Tortosa supo que su dueña se estaba desprendiendo de parte de sus legajos, en el año 1803, los adquirió por 1100 libras. Gracias a su afortunada decisión, el más importante fondo notarial se conserva en el Colegio del Corpus Christi de Valencia, formando parte de otro de sus tesoros. Al verlo, fue cuando entendimos el significado del “camino de damasco”, el de los sueños y proyectos, pero en versión retrospectiva. En la I Republica, cuando la Gloriosa, hubo un intento de apropiación por parte del Estado, que no se consiguió. Como años antes, cuando la desamortización de Mendizábal que no afectó al Colegio Seminario.

Gracias al celo del rector Puche de la Universidad de Valencia, el Colegio del Patriarca no fue saqueado durante la Guerra Civil, aunque no se pudo evitar que asesinaran al clero, victimas de aquella persecución religiosa. En el mismo periodo, el Colegio dio protección a los cuadros del Museo del Prado amenazados por los bombardeos a la ciudad madrileña.

Así terminó tan interesante visita a unos de los mejores centros culturales de nuestra ciudad, no sin antes recordar al famoso cocodrilo adosado a la entrada de la Iglesia, proveniente de la casa de recreo que tenía el Arzobispo en la Calle de Alboraya, donde tenía más de cuatrocientos animales.

Pero aún, al menos para mí, quedaba una grata sorpresa. Debido a la hora muy avanzada de la mañana tuvimos que salir por la puerta trasera, la que da a la calle de la Cruz Nueva, donde forma un pequeño patio cercado por una verja de hierro fundido junto a unas columnas que lo ennoblece.

Justo unos pocos días antes, paseando por esta estrecha calle y fijándome en la puerta de hierro cerrada, me preguntaba, si en alguna ocasión cruzaría aquel umbral situado en tan histórico rincón de mi ciudad, que a su visita, traslada a quien lo hace a la autenticidad del siglo XVII, impregnándose de su historia.

jueves, 10 de enero de 2008

LA PLAZA DE SAN LUIS BELTRÁN


28 - La plaza de San Luis Beltran
 

Recoleta, tranquila, peatonal y adornada por cortinajes nobles que la circundan, la Plaza de San Luis Beltrán, próxima a la de la Almoina, invita al paseo apacible, relajado, contemplando un pasado histórico en el que van de la mano el viejo granero, hoy digna sala de exposiciones, la casa natalicia de quien da nombre a la plaza, y un restaurado caserón en el que la heráldica y el hierro forjado dan sabor noble a su fachada con zócalo de piedra de sillería, contrapunto al alero de sobrias vigas que lucen como la mejor corona que pudiera adornarle en lo alto.

Y en el centro de la plaza, la fuente labrada en piedra, como la mejor peana para el bronce del santo valenciano del siglo XVI, que fue bautizado en la Iglesia de San Esteban y cuya proximidad, da mayor encanto a tan distinguido rincón, unido de cerca al corazón de nuestra ciudad, el lugar de su nacimiento urbano por obra de las huestes romanas.

Su mayor encanto reside en su permanente aspecto, sin que los cambios producidos en cualquier otro punto de nuestra ciudad, hayan tenido eco en tan añeja plaza en la que más parece que el tiempo detuvo su avance. Sólo la restauración y el lustre de sus piedras la mantienen intacta, uniendo el medioevo con el respeto de la modernidad, en un marco que con seguridad permanecerá anclado durante mucho tiempo, como uno más de los muchos testimonios urbanos de lo que fuimos.

El Almudín valenciano, la antigua alhóndiga de origen medieval, se construyó en el siglo XV, en los años de gran bonanza económica para Valencia, y que posteriormente fue utilizado para distintos fines. En los inicios del siglo XX se convirtió en sede del Museo Paleontológico, y fue declarado en su último tercio Monumento Nacional. En nuestros días está considerado como un digno lugar en cuyo interior y bajo sus arcos y leyendas labradas en sus paredes, se suceden exposiciones de un gran interés cultural.

Destaca en esta entrañable plaza el palacio de los Escrivá, gótico del siglo XV, reformado en el siglo de la Ilustración y restaurado hace treinta años, tal y como lo conocemos en la actualidad.

El ilustre valenciano San Luis Beltrán, vino al mundo en esta plaza a principios del año 1526, y su casa natalicia fue reformada en el siglo XIX, creciendo en altura. Destaca su balcón corrido y un maravilloso retablo cerámico en el que se contempla a Jesús en la Cruz. Con motivo de la beatificación del santo valenciano, en 1608, se construyó una capilla en cuyo dintel figura el rótulo de “Casa Natalicia de San Luis Beltrán”.

Luis Beltrán fue novicio dominico y misionero en Colombia, donde contrajo una enfermedad que le hizo regresar a Valencia, donde, pese a ello, dirigió un Convento de la Orden.

Como anécdota singular cabe destacar que por motivo de su enfermedad se trasladaba con frecuencia hacía las huertas de Ruzafa, hasta llegar al lugar de una fuente cuyas aguas bebía recomendadas en beneficio de su salud. Cuenta la leyenda que las aguas bendecidas por el padre dominico fueron causa de milagros, y en su recuerdo se conserva la “Fonteta de San Luis” y al camino que recorría, como “Carrera de San Luis”.

La Plaza de San Luis Beltrán es un tranquilo lugar de paz y sosiego para quienes deseosos de conocer nuestro centro histórico encuentran en él el mejor espacio donde reponer sus fuerzas. Un largo banco de piedra situado frente al señorial conjunto nos servirá para este fin armonizado por la música de su silencio.

martes, 27 de noviembre de 2007

EL NANO DEL CARRER D'EN LLOP

55 - El nano del carrer en llop
Acordarse de algunos de los rincones de nuestra ciudad resulta aún más entrañable cuando hace ya muchos años dejaron de existir, siendo desconocidos para la inmensa mayoría. Y precisamente por ello, hacer un hueco se hace necesario, alimentando nostalgias sin embargo no vividas, de una de nuestras viejas calles tantas veces transitada.
Si en la calle de En Llop, que desde la de San Vicente nos lleva a la Plaza del Ayuntamiento, alguien, ávido de conocer anécdotas de nuestra ciudad, preguntara por el “nano del carrer d’en Llop” con toda seguridad sería muy difícil que le respondieran con algún tipo de información.
Sobre la mitad de la calle y a su mano derecha entrando por la calle de San Vicente, existía hasta su desaparición una enorme y tosca estatua de piedra abrazada a una columna junto al portal de una casa. La basta figura, representaba a un hombre desnudo y con las nalgas hacia la calle en situación algo maliciosa: era conocido como “El nano del carrer d’en Llop”.
Muchas son las historias existentes sobre el motivo que llevó a Lorenzo Merita, dueño de la solariega casa, cuya entrada principal era por la calle la Sangre, a la colocación de la estatua sobre una columna de la fachada posterior en la calle de En Llop, lo que hace más intrigante el suceso.
Una noble familia valenciana, los Castillo, tenían su Palacio con puerta de entrada a la actual Plaza del Ayuntamiento, uno de cuyos laterales daba también a la calle que nos ocupa, enfrentada a la parte trasera de la casa de Merita. Pero no solo estaban encaradas ambas residencias, también sus dueños: los que en ellas habitaban.
La razón que parece más cierta de la aparición de “El nano”, es como consecuencia de la rencilla surgida entre Castillo y Merita que, ambos regidores del Concejo, estuvieron presentes en Madrid en el acto de la Jura del Príncipe de Asturias y después rey de España, Carlos IV. Por la asistencia a este acto, el noble valenciano Castillo adquirió el titulo de Marqués de Jura Real, y en la puerta de su palacio incrustó su recién estrenado escudo heráldico y coronado.
Lorenzo Merita se consideró agraviado por lo que consideraba un desplante hacia su persona, y así empezó un enfrentamiento que fue aumentado cuando el ya Marqués de Jura Real se empeñó en comprar la casa de Merita para hacer la carrocería de su Palacio, cosa que nunca consintió su dueño. Como el Marqués insistía en su intento, Merita, como burla, hizo colocar la estatua, dando a entender que se "cagaba" en los honores y dineros del Marqués de Jura Real. Este es el origen y significado más probable de aquella estatua, a la que los niños cuando pasaban por allí, solían rascarle y encender los mixtos en el trasero, utilizándolo además, como blanco de los juegos de calle por toda la chiquillería del barrio. Al derribar aquella casa, el editor Vicent Miquel Carceller, director de las revistas La Traca y el Cuento de Dumenche, lo adquirió y se llevó “al nano” a una finca que tenía en La Cañada.
El Marqués de Jura Real se fue a vivir a Madrid y su Palacio derribado por la nueva configuración que iba tomando la plaza, construyéndose sobre el lugar el magnifico inmueble de “La Adriática, S.A." que compite en belleza con el Edificio Barrachina, que según reza en el dintel de su puerta principal en la Plaza del Ayuntamiento fue terminado en 1930.
Entre ambos edificios, con la única rivalidad de su majestuosidad, la calle En Llop, recientemente convertida en peatonal, permanece tranquila, ajena a una curiosa historia que si fue fruto de los celos, quedaron estos cicatrizados con satírica imaginación.

domingo, 14 de octubre de 2007

LA RIADA DE VALENCIA

60 - la riada de valencia  
Se cumplen hoy los cincuenta años de una riada que asoló la ciudad de Valencia al desbordarse las aguas de su río, el Turia, que, esparciéndose como una mancha creciente y hambrienta, inundaron sus calles hasta alcanzar en algunos casos la altura de los primeros pisos.

Río que en su navegar por la huerta valenciana, después de dos avenidas seguidas (la segunda más fuerte) también había dejado su huella destructora por los pueblos donde pasaba, camino hacía su desembocadura en el poblado de Nazaret: el barrio más castigado por la fuerza de las aguas que por su poder de destrucción salvaje, quedó desmembrado de la ciudad.

Pero no solo fueron las dos riadas (la primera en la medianoche y la segunda al mediodía siguiente) producto de unas lluvias que alcanzaron los 600 lts/mts2, lo que me lleva al recuerdo de aquellos trágicos días, ni siquiera el que una vez bajadas las aguas, el barro, se hiciera dueño de las calles dejando un olor húmedo cuyo recuerdo aún me perdura, sino la “riada de hermandad” que se apoderó de todos y nos hizo fuertes, con la ayuda, además, de quienes desprendidamente fueron llegando a una ciudad que se veía aislada del resto de España; aunque por poco tiempo, porque los caminos se fueron abriendo gracias al esfuerzo de todos.

Valencia entera se volcó con la Valencia necesitada en una batalla del barro con la solidaridad como mejor arma. Aquel cieno húmedo sigue almacenado en nuestras mentes como único vestigio de aquellos días de dolor, esfuerzo y solidaridad, de los que aún percibimos su hedor acuoso impregnado del tarquín amontonado por las calles en las que teníamos que abrirnos paso. Y retenemos en nuestra memoria aquella pestilencia con la misma nostalgia que vemos en estos días, en formato impreso o de video, la ciudad estancada de aquellos tiempos grises, gracias a todos los medios de comunicación dedicados al recuerdo de una tragedia cuya cara más hermosa, la única, fue la del ejemplo de hermandad dada por todos los que habitábamos en la ciudad, como también los que vivían lejos de ella.

Ejemplos como el de un helicóptero de las fuerzas americanas que rescató sobre un tejado de Nazaret a una mujer que había dado luz a un niño cuando aún estaban unidos por el cordón umbilical; o como el de un buen hombre que atado a una cuerda por su cintura rescató a once personas de las aguas embravecidas; o como el de aquellas personas anónimas que se jugaron la vida descolgándose por el Puente Serranos para limpiar uno de sus ojos obstruido por troncos, muebles y animales para que pudieran pasar las aguas, nos hablan de la lucha a favor de la vida, en contra de la muerte y para abrir caminos por los que resurgir venciendo cualquier amenaza. Estos y otros muchos esfuerzos inimaginables se vieron por doquier en aquellos días que siguieron al 14 de octubre valenciano, cuyo heroísmo callado permanecerá siempre como el mejor recuerdo de fraternidad en la historia de nuestra ciudad.

El Cuerpo de Bomberos de Cartagena fue el primero en acudir en auxilio de nuestra ciudad y una multitud de organizaciones benefactoras vinieron desde todos los puntos de España para luchar contra el barro, para ayudar a la ciudad. El Ejército y sus soldados, primero a mano y luego con máquinas, trabajaron denodadamente hasta dejar limpias las plazas y las calles de Valencia. Las Asociaciones Jóvenes de Acción Católica, el Auxilio Social, las Hermandades de Trabajo y otras instituciones, junto al ofrecimiento de las Parroquias de Santa Cruz, Tendetes, San Francisco Javier, Cabanyal, Santa María del Mar –las zonas más necesitadas- así como los Colegios Religiosos y Públicos y toda la ciudad, ayudaron a dar cobijo y alimento a las familias que se quedaron sin techo donde dormir, necesitadas de comida y de agua principalmente. Valencia se quedó sin agua potable en toda la ciudad y las cisternas acudieron en nuestro auxilio para calmar nuestra sed, utilizada después de hervirla para evitar posibles epidemias. Como también las largas colas que se formaron para recibir unas barras de pan, el principal de los alimentos, suministradas por el Ejército. Se crearon centros de acogida y nuevos campamentos, como el del Barrio del Cristo donde los Boys Scouts ofrecieron su ayuda durante mucho tiempo, de la que fui testigo y humilde colaborador.

Valencia necesitó ayuda y fueron muchos los que pusieron su granito de arena, cada uno con su mejor forma y estilo. Se hicieron famosas las “campañas al aire” de Adolfo Fernández, joven periodista de Radio Juventud de Murcia que con su voz se volcó a favor de Valencia para recaudar fondos, como la sorprendente subasta del burrito Platero II, que se hizo famoso. Partidos de fútbol, corridas de toros y galas benéficas se celebraron con el mismo fin, como la subasta del anillo que donó el Arzobispo Olaechea y la desinteresada ayuda de personajes del mundo del cine presentes en las carteleras cinematográficas del momento. A nuestro puerto llegó un barco francés con alimentos en su barriga, y que pasaron después a otras más necesitadas. Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, Italia y la flota americana vinieron en nuestra ayuda con todo tipo de donaciones.

Los únicos que no pudieron recibir ningún tipo de ayuda fueron los ochenta y un muertos de aquella trágica riada, en cuyo recuerdo se les erigió un monumento en el año 1982, veinticinco años después, en la Avenida de Aragón. Y a sus pies, sobre un cuenco de piedra, se colocó una llama con la intención de que estuviera siempre viva y que por desgracia está siempre apagada, quizá porque no fue una idea afortunada aunque de fácil mantenimiento.

El río Turia en un proyecto llamado “Solución Sur” se encauzó fuera de la ciudad, y el viejo cauce, el autor inconsciente de la tragedia, se ha convertido en un parque cultural con un recorrido sede de nuevos lugares emblemáticos que han convertido a Valencia en una ciudad turística de primera magnitud.

La Solución Sur, costeada en gran parte por los valencianos con los sellos de correos del Plan Sur, se inició en 1964, abandonando las aguas el viejo cauce en 1973, fecha final de su ejecución.

La riada que asoló la ciudad de Valencia sirvió para forjar una nueva riada de hermandad, y se convirtió en un ejemplo que no debemos olvidar y del que tan necesitado estamos cincuenta años después.

Un auténtico “rincón de solidaridad” que con la suma de todos los anteriores en estas páginas, nos sirva para conocer un poco más la historia de una ciudad que fascina, que ilusiona sobre todo, al perderse por sus calles.

sábado, 11 de agosto de 2007

RINCONADA FEDERICO GARCÍA SANCHIZ

56 - la rinconada garcia sanchis La Rinconada de Federico García Sanchiz es, por excelencia, uno de los más bellos rincones de nuestra retícula urbana. Quizá porque tenga nombre de mujer, pero lo cierto es, que da nombre y recuerdo a nuestro mejor charlista valenciano de quien nos queda el verbo “españolear”, que tanto llevó en su alma. Aquel sentimiento que esparció en sus charlas por tierras hispanoamericanas, en las que alcanzó gran fama.

Destaca en la Rinconada de todo el resto, el emblemático Palacio del Marqués de Dos Aguas. Su aspecto actual nace a principios del siglo XVIII, cuando se restauró una antigua casona nobiliaria de los Rabassa y Perellós, originarios del Marquesado. El Palacio, en la actualidad, da cobijo al Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí, único en su género, constantemente visitado no sólo por su interés educativo, sino también por su belleza arquitectónica, tanto la de su interior en sus diversas plantas, como la existente en su fachada principal.

La entrada es barroca, de alabastro amarillento que nos trae el recuerdo del barro mezclado en las aguas de sus dos ríos, cuando bajan torrenciales tras las fuertes lluvias del otoño. Desde sus dos cantaras a pie de la puerta se desprenden generosas las aguas del Turia y del Júcar, ríos y emblemas que identifican y dan nombre al Marquesado de Dos Aguas. Sobre ambas cantaras, seres pensantes o idolatrados ¡Quién sabe!

Están desnudos de vergüenzas, pero de partes cubiertas porque se saben observados por quienes por allí pasan. Las caracolas abiertas, los felinos amansados y los reptiles secos que fenecen en la aguas de los dos ríos, son los ornamentos barrocos de una puerta de entrada hacia la historia. En su dintel, un escudo heráldico de los Rabassa y Perellós bajo la hornacina giratoria de la Virgen del Rosario construida con tal fin para verla desde el interior, soportada al mismo tiempo por ángeles inocentes entre haces luminosos sustentados por mujeres fortalecidas por su fe.

Arte, fe y mitología se funden en las aguas revueltas de cualquier ensoñación, en los ojos que presencian la majestuosidad de todo el entorno.

Los ventanales regios con figuras desnudas en sus dinteles y sus sirenas desgarradas, se enmarcan bajo cinco águilas imperiales a pie de las dos torres laterales, adornadas con seres mitológicos que se enfrentan entre sí, en lucha abierta, pero hermanados, al igual que los dos ríos de la entrada a uno de los más bellos palacios de nuestra ciudad.

La modernidad en su entorno hace acto de presencia y Loewe, ante tan esplendida fachada, ocupa su palco principal. Como el Hotel Ingles, antiguo pero moderno, en uno de los mejores emplazamientos del centro de la ciudad.

Da a la Rinconada la calle Cardona, muy estrecha y nada transitada, en la que existen fuertes creencias de que en ella viviera el gran humanista Luís Vives antes de su marcha a la ciudad de Brujas de la que nunca regresó.

Y la Valencia lúdica y bohemia también está presente en su mejor cuartel del Café Madrid, cuya decoración nos traslada a mitad del siglo XX. Lugar de entrañables recuerdos donde tomar un buen café, o degustar en su mejor sitio “El manantial que pronto inundó el mundo con el Agua de Valencia plena de luz de las playas de Sorolla”; que resulta ser el lugar donde se inventó tan genuina bebida para alcanzar alegre diversión, según reza en un ventanal cara a la Rinconada.

Solariego espacio para visitar cualquier día del año. Ignorarlo, es querer no saber todo lo que a su rededor se esconde. Pero siempre estaremos a tiempo.

jueves, 2 de agosto de 2007

Aranda de Duero

La ciudad de Aranda de Duero hermanada a Valencia por mi padre.

Homenaje a nuestro padre:

Arandino de pro, se enamoró de Valencia y aquí echó raíces.

A él van dedicados estos rincones donde quiera que esté.

sábado, 26 de mayo de 2007

EL CARDO Y EL DECUMANO


Puede que no sea el más bello rincón de mi ciudad, pero seguro que es el más antiguo: su Km. 0. Es el lugar que allá por el 138 a.C., los romanos, a la vista del mejor sitio que pudieron encontrar, junto a un ancho río cercano al mar y por el que cruzaba la vía Heraclea, la que venía del sur en dirección a Roma, decidieron fundar mi ciudad. En el cruce del cardo y el decumano los romanos proyectaban sus ciudades, y en función de aquellos, crecían dotándolas de los más emblemáticos edificios en recuerdo de los existentes en la capital del Imperio para goce y disfrute de los ciudadanos romanos, aunque no para sus esclavos.

Después de más de veinte años de una lenta pero afortunada restauración, bajo la Plaza de la Almoina, podemos ver e imaginar, y también disfrutar, cómo era la Valentia romana.

En un plácido paseo a través de los restos arqueológicos de las termas y tumbas selladas, del hórreo, granero de la ciudad, del ninfeo, su gran fuente abastecedora, se llega hasta el pórtico del gran foro, que sin estar en su totalidad, lo estás viendo. Las modernas tecnologías se casan con las ruinas, y gracias a esta unión, imaginas cómo fue mi ciudad en aquellos sus primeros años. Y merced a ellas, observas la proyección de la ciudad que crece y se extiende por la línea del decumano rumbo a su oeste, y “ves” cómo era el circo romano situado en la perpendicular hacia la actual Plaza del Temple, vía a la ciudad imperial.

Como dato curioso y dando un gran salto en el tiempo, es de resaltar que cuando en el siglo XIV la peste negra causó la muerte por los territorios que después se llamarían Europa, en ese momento la Cristiandad, llegando su plaga hasta nuestra ciudad, fue de necesidad desprenderse de todos los enseres infectos. Para tal fin, se fueron arrojando a un gran pozo, cuyo emplazamiento podemos observar durante el tranquilo recorrido junto el testimonio de antiguas piezas cerámicas.

Allí, en tal bello rincón, “ves” la plaza pública y todo lo que a su rededor se representaba: los edificios más importantes que albergaban al senado donde se reunía la curia romana, los trazos de su basílica, lugar de comercio y justicia, o el sitio donde fue martirizado San Vicente Mártir, cercano a la capilla visigótica, así como también al alcázar musulmán con sus restos de alberca y patio islámico. Lugares todos que nos hablan de su pasado histórico sitos en un mismo emplazamiento convertido hoy en un bello rincón.

Les recomiendo verlo, porque el embrujo que allí se encierra seguro que les apasionará.

jueves, 10 de mayo de 2007

LAS TORRES DE QUART

 14 - las TORRES DE CUART 1

Los rincones se esconden del Sol con la sábana de su sombra, pero la luz juega con ellos y se mueve a paso lento para que ofrezcan su mejor cara. Pero hay otros, que nada quieren ocultar por estar abiertos al cielo, y desde el bajo de la Puerta de Cuarte, tramo a tramo y en ascenso empinado, se llega a su amplio mirador. Es el caso de las gemelas “Torres de Quart”, que en lo alto de sus dos moles almenadas, me ofrecen conocidas referencias que irrumpen allá, en la extensa terraza abierta ante mis ojos, como palo mayor que señala los puntos vitales que dan pujanza a mi ciudad.

La actual Valencia, que vive un momento de esplendor reconocido por quienes la eligen para sus importantes eventos, crece en emblemáticos edificios como testimonio de un esplendor turístico, económico y cultural. Tal y como sucedió en aquel lejano siglo XV, cuando Valencia fue una de las ciudades más importantes de Europa gracias a su poder alcanzado en aquel momento histórico. La confirmación más relevante del esplendor que almacenaba Valencia, la tenemos en las construcciones que se llevaron a cabo en aquellos años, trabajando la piedra de las canteras valencianas en los que nada se hizo por efímera casualidad: la Lonja de la Seda, las Torres de Serranos y “Quart”, las Atarazanas, el Almudín, y la Torre del Miguelete como mejores alegatos de su Siglo de Oro, que también lo fue en lo cultural, son los más elocuentes ejemplos.

El “rincón” de las “Torres de Quart”, en la orilla de la primera ronda de mi ciudad, esconde, si ello es posible, un monumento de gran belleza pese a su escasa perspectiva nada equiparable a la de las Torres de Serranos. Alfonso el Magnánimo se trajo de sus conquistas napolitanas el buen gusto del Castel Nuovo de Nápoles, y el recuerdo de aquellas gestas perdura en nuestras torres cilíndricas. La Puerta de Cuarte fue una de las doce entradas de la muralla cristiana construida por Pedro el Ceremonioso que se mantuvo hasta finales del siglo XIX.

El inició de su construcción fue en 1441, y durante diecinueve años importantes maestros canteros demostraron el alto grado alcanzado en el corte de la piedra para lograr el acabado de unas bóvedas singulares, de bello y atrevido diseño, propio del gran maestro Francisco Baldomar, al que acompañaron otros, también de gran relieve.

A lo largo de su existencia han tenido distintas utilidades: desde cárcel, hasta fracasados intentos museísticos, con la anécdota que también sirvió de paso, bajo su arco de medio punto, a la red de tranvías. Como también sus paredes, cuyos huecos de metralla han servido de nido a las palomas con sus murmullos de amor.

En la actualidad ha sido motivo de una exquisita restauración que las han dejado abiertas al público tras muchos años de tener sus puertas cerradas. Utilizando las mejores técnicas de limpieza y conservación, se han producido curiosos hallazgos de gráficos impresos en sus paredes. Sobre sus muros al frente, han quedado limpias y muy bien conservadas las oquedades de las balas y bombas de cañón sufridas por el asedio de las tropas de Napoleón a la Valencia amurallada. Sus puertas de madera, y todos los objetos metálicos, magníficamente restaurados bajo las bóvedas abiertas al exterior, dan elegancia a las “Torres de Quart” vistas desde la parte trasera. Se han consolidado los revocos originales, mantenido su color primario y se ha cambiado el pavimento de sus terrazas para impermeabilizar sus cubiertas; con un resultado final magnífico que justifica el esfuerzo de un ascenso por sus escaleras empinadas y de caracol.

Y si en sus paredes permanece el recuerdo de la munición francesa, en el jardincillo lateral, a la sombra de unos pequeños arbustos, está el pedestal que sostiene a Vicente Doménech, “El Palleter”, que alzando su voz, y subido a una silla junto a la Lonja de la Seda, declaró la guerra a los franceses para expulsarlos de su patria que era la de todos los españoles.

Las “Torres de Quart” es uno más de los muchos emblemas de Valencia fiel a una época idealizada como la “Europa de las Ciudades”.

viernes, 27 de abril de 2007

EL JARDÍN DE MONFORTE

57  - El jardin de Monforte Si los siete sabios de Roma aconsejaron a su Príncipe que estuviera callado durante siete días, lo hicieron porque el silencio es el mejor de los consejos, el dueño de la libertad. Si los dioses griegos eligieron el Monte Olimpo para desde allí mandar sobre el cielo, mar y tierra, lo hicieron porque en Tesalia nació la raza helénica y sus llanuras fueron de una gran fertilidad. Nada mejor que las historias y leyendas, tan llenas de sabiduría, para el mejor de los placeres, como es el de pasear por un pequeño paraíso en el centro de la ciudad, lleno de mitologías, de semblanzas, de fuentes y de rincones con la distinción del buen gusto.

Más de treinta esculturas emergen bajos los frondosos árboles, frutos de recuerdos románicos u homéricos que dan vida al jardín neoclásico construido en la propiedad de Juan Bautista Romero, Marqués de San Juan, a mediados del siglo XIX. El romanticismo de sus pérgolas se cobija en las buganvillas, y por sus calles, marcadas por una vegetación relajante, como auténticos senderos de paz, discurre el encuentro con personajes de mármol al frescor de los pequeños surtidores en torno al estanque: el que da forma a una flor de nenúfar bajo la sombra mágica de los magnolios.

Es el lugar ideal donde los recién casados dejan para la posteridad el mejor de los recuerdos, ambientado en los setos con recortes del mejor gusto francés y el exuberante romanticismo de sus árboles. Allí, donde la cola de la novia luce como una reina, ante el porte meloso del galán en el día que gozan de su enlace matrimonial.

El palacete, lugar de descanso del Marqués de San Juan, a su muerte, pasó a su esposa, quien transmitió la propiedad a su sobrina, casada con Joaquín Monforte Parrés, que da nombre al jardín. En la actualidad es propiedad municipal desde el año 1970, y de su gestión, se encarga la Fundación Pública Municipal de Parques y Jardines Singulares.

El Jardín de Monforte, cerrado y abierto al público en horas de visita, es uno de los más encantadores rincones de mi ciudad. El lugar ideal para perderse en el tiempo ante la presencia callada de tribunos y personajes mitológicos que ofrecieron a la humanidad lo mejor de si mismos. Y fue tan docta su enseñanza que nada mejor que un vergel para rubricarla.

EL PORTAL DE LA VALLDIGNA


4 - El portal de la valldigna

El hombre primitivo o nuestro paisano de Tabernes de Valldigna de ciento treinta mil años descubierto en fecha reciente por unos arqueólogos, debía de utilizar el fuego, los árboles o las cuevas para defenderse de su enemigo natural, que eran los animales que también cazaban para su sustento. Con el paso de los años, fueron creciendo en número, pasaron a vivir en sociedad y todo se complicó. Los unos, empezaron a agredir a los otros, y así… hasta nuestros días. Necesitaron entonces de mayores defensas, hasta llegar, muchos miles de años después, al recurso de las murallas. Aquellas que aún se mantienen en pie, han pasado a enriquecer los monumentos históricos urbanos; aunque en nuestra ciudad, por desgracia, sean pocos sus vestigios.

Corría el año 714 cuando los árabes ocuparon Valencia. Hasta el siglo X la ciudad tuvo poco importancia y los datos conocidos de la época son escasos. Sin embargo, a comienzo del primer milenio fue adquiriendo relevancia hasta a convertirse, a finales del siglo XII, en una de las primeras ciudades del Al-Andalus después de Córdoba en su califato.

Para defenderse del asedio cristiano, Abd al Aziz, nieto de Almanzor, a mediados del siglo XI, mandó construir una muralla que los protegiese. Y pese a ello, a finales del siglo, Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, logró entrar en Valencia, convertida ya en un importante ciudad y por ello codiciada.

En la muralla árabe existían siete puertas:

Bab Al-Qantara, Puerta del Puente (en la zona de la actual Torres Serranos).

Bab Al-Hanax, Puerta de la Culebra (actual calle Salinas).

Bab Al-Qaysariya, Puerta de la Alcaicería (actual calle Trench).

Bab Baytala, Puerta de la Boatella, Casa de Dios (actual cruce Cerrajeros-San Vicente).

Bab Al-Xaria, Puerta de la Xerea, Puerta de la Ley (actual Plaza San Vicente).

Bab Ibn-Sajar (actual Plaza del Temple).

Bab Al-Warraq, Puerta de la Hoja (actual calle Salvador)

Ya en la Valencia cristiana, Pedro el Ceremonioso, en 1356, ordenó la construcción de una nueva muralla con accesos a la huerta valenciana a través de sus doce puertas, diferenciadas como “Portals Grans i Portals Chics”. Ello, no supuso la destrucción del antiguo cerco árabe, que se convirtió en un segundo anillo defensivo para la ciudad. Para facilitar la comunicación entre ambos se abrieron portales en la muralla árabe y uno de ellos se conoció como Portal de la Valldigna. Sus puertas se mantuvieron hasta principios del siglo XV, y una vez quitadas, quedó el diáfano arco como sencillo camino de paso. Con los sucesivos cambios en sus callejuelas, propios del crecimiento urbano, ha llegado hasta nuestros días tal y como lo podemos contemplar. Así pues, podemos gozar de un paseo por su zona que, sin duda, nos trasladará a las páginas más sorprendentes de nuestra ciudad.

Situado en el corazón del Barrio del Carmen, es un rincón donde la huella antigua se mezcla con el sabor bohemio y lúdico actual, incrustado en sus aledañas casas que resultan ser testimonios de hechos relevantes y de gran trascendencia histórica. Su nombre, el del Portal, se debe al Real Monasterio de Santa María de la Valldigna que tenía casa situada justo a su lado. Sobre su arco, un retablo policromado representa a la Santísima Virgen desde 1589, fecha de su colocación.

Muy cerca del Portal, poco antes de su entrada, se montó la primera imprenta de España. Y fue, cuando Valencia, por su importancia cultural y económica, necesitó de la maquina para llevar al papel la producción literaria de los autores valencianos que forjaron el Siglo de Oro de la Lengua Valenciana. Y todo ello, gracias a Alfonso Fernández de Córdoba y Lamberto Palmart, “introductores en Valencia del arte civilizador de la imprenta”, según reza en la placa colocada en 1874, cuatrocientos años después de su instalación. La maquina impresora era una Gutemberg y está expuesta en el Monasterio del Puig de Santa María. La misma que en 1474, año de su montaje, posibilitó la impresión de “Obres o trobes en lahors de la Verge María” de Mosén Fenollar. También, gracias a aquellos cajistas, salieron libros en latín y en castellano con una producción que crecía con los años. Y por esta razón, pocos después, fueron varias las imprentas que funcionaron dentro de las murallas valencianas para lanzar a los cuatro vientos toda la producción literaria de tantos y tantos autores nacidos en el culto y rico Reino de Valencia.

Vale la pena recrearse en el Portal e imaginar un pasado muy lejano pero de gran vitalidad, como lo demuestran las distintas huellas que allí permanecen vivas. Pasamos el arco y a la derecha, en la calle Salinas se ven los restos confusos de la Puerta de la Culebra. Quizá esté presente la fuerza del reptil y le permite mantenerse inhiesta luchando contra el tiempo. A la izquierda, a dos portales, está la casa natalicia de San Pedro Pascual.

En la Valencia musulmana, más que arabizarse, ocurrió que se hispanizó el arabismo. Era muy frecuente el matrimonio de un musulmán con una mujer hispana porque cuando invadieron la península vinieron sin mujeres. Los mozárabes y los muladíes utilizaban como lengua un romance vulgar, principalmente las mujeres. Y éstas que eran las que criaban a lo niños, lo hacían utilizando su lengua, como no puede ser de otra manera.

De una familia mozárabe vino al mundo Pedro Pascual, años antes de la Reconquista. Su fe en Dios le hizo crecer entre la lengua de sus padres y el latín de la Biblia. Predicó a los mozárabes y muladíes en su lengua valenciana y como era la única que estos entendían, tradujo para ellos desde el latín la Biblia Parva. Un compendio de la vida de Jesús y de la fe cristiana: camino de salvación para los creyentes en el Redentor.

San Pedro Pascual, despreciado por quienes ningunean la Lengua Valenciana, no sólo lo han ignorado por razones tan obvias como claras, sino incluso algunos sectores, interesados en el permanente engaño cultural, han llegado a negar de su existencia.

El Portal de la Valldigna y sus alrededores, en una constante restauración, bien valen un paseo a cualquier hora del día. Las torres del Ángel y de la Mare Vella, sin cordón que las una, también cercanas, están a la vista de todos. Quedan a la espera de una mejor presencia, e imaginar así, con mayor realismo, una muralla que lo fue primero defensiva y en nuestros días testimonio de su pasado. Lo que no sabía nuestro antepasado de ciento treinta mil años, es que una Virgen, la de su pueblo, daría nombre a un Portal en el “Cap i Casal del Regne”.

EL TRIÁNGULO DE ORO




La economía, el comercio y la religión siempre fueron cogidos de la mano porque se relacionan como el ave al suave viento. Y cuando entre ellos se ignoraron, el equilibrio saltó en mil pedazos y el ave se convirtió en pájaro rapaz semejante al hombre astuto e interesado, del que todos desconfiamos. Unidos y bien llevados, forman un triangulo de vital importancia que cuando coinciden surge de ellos la mejor bonanza con beneficios extraordinarios. La religión nos invita pensar en los demás, el comercio atiende nuestras necesidades y la economía nos enseña el buen hacer que juntos forman el triangulo de la prosperidad.

La ciudad de Valencia tiene su triángulo en uno de los puntos más bellos, más hermanados y más visitados de la ciudad. Los tres lados que lo forman siguen unidos desde su creación y Valencia, pese a cualquier inclemencia que siempre fue vencida, es una ciudad que vive, goza y se expande gracias al impulso que ella misma genera representado por el Mercado Central, la Lonja de Mercaderes y la Iglesias de los Santos Juanes: ese triángulo entrañable que personifica el corazón de la ciudad con sus sístoles y diástoles de la compra diaria, el referente de nuestra fuerza económica y el reconocimiento que encierra la virtud cristiana de desear para los demás lo mismo que para nosotros anhelamos.

Valencia, durante el siglo XV y parte del XVI fue la capital económica de España. En ese periodo tuvo su Siglo de Oro de la Lengua Valenciana y en 1474 se imprimió en Valencia “Obres o trobes en lahors de la Verge Maria”, la primera obra literaria impresa en España en la también primera imprenta española situada junto al Portal de Valldigna. Eran los años en los que la industria de la seda tuvo un gran desarrollo por lo que fue necesaria la construcción de un edificio para atender a las necesidades del gremio. Éste caserón aún permanece en pie en la calle del Hospital a la espera de su necesaria restauración: el Colegio del Arte Mayor de la Seda.

Todo este esplendor llevó a la imperiosa necesidad de construir un centro vital para su economía. Así fue como se edificó La Lonja gótica que sustituyó a una vieja alhóndiga del siglo XIII, insuficiente para la creciente pujanza valenciana. El Consell Municipal ordenó su construcción en el año 1482 y quienes recibieron el encargo de su construcción fueron los canteros Joan Ivarra y Pere Compte. La muerte del primero al poco tiempo de su iniciación hizo que las obras quedaran en las manos del segundo, a quien sustituyeron otros hasta su término en el año 1548.

Su salón columnario, la Sala del Consolat del Mar y la torre, forman tres cuerpos unidos a través de arcos con ricos motivos escultóricos, zoomórficos, vegetales y humanos, esparcidos por todas las paredes del esplendoroso recinto.

Su construcción es la muestra más fehaciente del poder económico que tuvo Valencia, corroborado en que fue una importante puerta de entrada al Renacimiento italiano y que el Reino de Valencia fuera decisivo para la expansión de la Corona de Aragón hacia el Mediterráneo. Los Austrias, admirados por el potencial económico de Valencia le dedicaron toda su atención y fue precisamente en el salón columnario de la Lonja de la Seda donde se festejaron con gran boato y ricos adornos la boda de Felipe III con Margarita de Austria, celebrada en la Catedral valentina y bendecida por el patriarca Juan de Ribera.

El segundo lado del triángulo corresponde a la Iglesia de los Santos Juanes cuya parte trasera, quizá la zona más original, rivaliza en arte y belleza con la Lonja situada al frente. Su aspecto es el de un retablo de estilo barroco con un sobreelevado inferior que diseña un escenario teatral en el que se celebraban actos sacramentales. En los bajos existen las “covetes de San Joan”, un antiguo mercadillo de chatarrerías a la espera de su restauración definitiva. Como continuación de aquellas obras teatrales de carácter religioso, en la amplia terraza se celebra la representación de los milagros de San Vicente Ferrer, patrón de la Comunidad, en el día de su festividad.

El retablo barroco lo preside una escultura de la Virgen del Rosario y encima de ella está la torre del reloj con la veleta del “pardal de Sant Joan”. Dice la tradición que los padres humildes de los pueblos aragoneses, dejaban abandonados a sus hijos mirando a la veleta, esperando el milagro de que fueran recogidos por las familias pudientes para darles cobijo a cambio de su trabajo como sirvientes.

La Iglesia gótica del siglo XIV con anterioridad fue mezquita. Se construyó en honor de San Juan Bautista y San Juan Evangelista. En 1592 se produjo un pavoroso incendio obligando a su reconstrucción a los largo de los siglos XVII y XVIII con su inconfundible barroco. Pasando al interior de la Iglesia destacan las estatuas de Jacopo Vertéis, que figuran personajes de las Doce Tribus de Israel bajo los frescos en la bóveda pintados por Antonio Palomino, pintor de cámara de Carlos II, a finales del siglo XVII, rodeado todo de una desbordante imaginación barroca.

Cierra el triangulo de oro el actual Mercado Central, el segundo mayor de Europa. Sus orígenes se remontan a la Valencia árabe cuando estaba situado alrededor de la mezquita reemplazada años después por la Iglesia de los Santos Juanes. La zona estaba formada por un laberinto de calles y plazuelas y fue Jaime I quien le concedió mercado semanal con carácter de feria, encaminándole a convertirse en germen de la vida mercantil de la ciudad. Aquella zona estaba separada del casco antiguo por una muralla en la que se abrió un boquete o “trencat” para acceder al mercado a través de un camino que con el tiempo sería la actual Calle Trench. Coincidía en la época en que Pedro el Ceremonioso autorizó la venta diaria en el mercado y ordenó la construcción de la muralla cristiana que perduró hasta finales del siglo XIX.

Fue zona de conventos hasta la desamortización de Mendizábal cuando fueron derribados dando paso a un Mercado Nuevo descubierto y adaptado a los espacios abiertos nacidos del derribo.

La fama de aquel Mercado de Valencia, capital económica de España, tuvo resonancia en Europa y hasta él acudieron los franceses con sus tejidos, blondas y encajes; los mercaderes suizos y alemanes que trajeron sus quincallas baratas y los genoveses y malteses que monopolizaron la venta de sus lienzos. La vida comercial de Valencia giraba en torno al Mercado y a él acudían marinos genoveses, damas con sus sirvientas, ladronzuelos, frailes, soldados, caballeros, estudiantes, ciegos con sus cánticos, ora de gozos ora amenazantes y demás gentes que querían participar del bullicio y jolgorio en las horas de mercado.

Y fuera de aquellas horas, la plaza se convertía en lugar de celebraciones o de cumplimientos con la justicia. Con tal fin, existía una horca en la que quedaba colgado el ajusticiado durante unas horas hasta su enterramiento en el cementerio aledaño a la Iglesia de los Santos Juanes o junto al barranco de Carraixet. La horca más antigua era de piedra y estaba situada en el centro del Mercado, con posteriores transformaciones, siempre fijas, hasta mediados del siglo XVII que se montaba cuando era de necesidad. Dicen las crónicas que la horca actuó desde el principio del siglo XV hasta la época de la invasión francesa, en la que fue ejecutado José Romeu en 1812: quien alcanzara gran fama en su lucha contra Napoleón. Fue zona de faustos; de torneos; de corridas de toros y de justas, antiquísimo juego a caballo de origen árabe en el que los caballeros se ganaban el favor de damas y doncellas.

A finales del siglo XIX y vista la importancia que tenia para la ciudad la actividad comercial que allí se generaba, se tomó la decisión de construir un mercado cubierto. Para su edificación se tuvieron que vencer las dificultades de liberación de los terrenos necesarios para un gran proyecto en el que ya se pensaba. Por parte del Ayuntamiento se convocaron diversos concursos, algunos desiertos, hasta que en 1914 se aprobó el proyecto presentado por los arquitectos Alejandro Soler y Francisco Guardia. Tuvieron que pasar catorce años para que se terminaran las obras bajo la dirección de los arquitectos Enrique Viedma y Angel Romani. Así pues, en 1910 con la presencia de Alfonso XIII se iniciaron los derribos necesarios y en 1928 se inauguró el grandioso Mercado Central. Por las calles adyacentes continuó una gran actividad mercantil, con todo tipo de comercios reconocidos en sus fachadas donde colgaban siluetas y reclamos alusivos al nombre de la tienda o a su actividad, dado el analfabetismo de la época. En esas calles nacieron tiendas de platerías, coloniales, tejidos, confección, salazones, librerías de lance y toda clase de actividades complementarias al pulso vivo que generaba el Mercado Central, el edificio sin duda alguna, más representativo de Valencia en el siglo XX y considerado como uno de los más bellos de Europa.

Todas las mañanas del año, “la Cotorra del Mercat” y “el Pardal de Sant Joan” dirigen sus miradas hacia las gárgolas de la Lonja para darse los buenos días. Todos se sienten cercanos, imperecederos al paso del tiempo y con el firme propósito de mantenerse como estandartes y vértices del auténtico “triángulo de oro” que nos recuerda la Valencia que fue capital económica de España y en la actualidad punto obligado del turismo cultural que nos visita.

La Lonja y la trasera de San Juan han tenido recientemente una restauración muy elogiada y el Mercado Central camina en el mismo sentido lo que hace presagiar que nos deslumbre a todos. Un paseo por este triangulo de oro es un placer para los sentidos y una necesidad para el buen gusto. También el mejor marco para conocer el esplendor de un pasado histórico y la constatación de un futuro de nuestra ciudad cada vez más brillante.