jueves, 27 de enero de 2011

PLAZA DEL CONDE DEL REAL

24 - La Plaza del condel del real 
Si en la sinuosidad de un río bajo una frondosa arboleda la naturaleza brinda la ocasión de mostrar sus bellos remansos, unos tras otros, confieren al paraje la delicia de su disfrute. Sensación de gozo que extasía al viajero admirado por su paisaje y le hace recrear su mirada en cada uno de ellos.

Algo semejante sucede cuando en el interior del casco histórico de la ciudad y uno tras otro, se suceden bellos rincones que se ofrecen en un pequeño dédalo que tiene como eje principal la calle de Trinitarios.

Ocurre, cuando entre los bellos rincones que cada uno de ellos ofrece su singular y diferenciado atractivo, en su denominador común, se esconde la oportunidad del placer de cruzarse, cuales remansos de paz, en un paisaje que, si lo es urbano, tiene la semejanza que nos ofrecen uno tras otro, al tiempo que nos regalan el encanto de sus encuadres.

Es el caso de la Plaza Conde del Real, muy próxima a otros “rincones de mi ciudad”. En ella, contrasta la entrada de la Facultad de Teología, en uno de sus lados, con el que se muestra con viso artesanal en el lienzo del lado enfrente: el que forma ángulo con un edificio decimonónico de estilo académico con balcones de hierro forjado, ventanales con rejas en el bajo y portada con dintel que sustenta un tímpano de medio punto que, igualmente enrejado, abre el paso de la luz a su interior. En lo alto, sus tres altillos confieren a su fachada la armonía de un acabado que ennoblece la plaza.

Las plazas del Poeta Llorente, de Santa Margarita, la del Conde de Carlet, la plazoleta de la Calle Viciana y la de San Luis Beltrán son partes de una retícula en la que se encuentra la del Conde del Real, a semejanza de los bellos remansos que en ocasiones nos ofrece la naturaleza; mas en este caso a través del callejeo continuo dentro del casco histórico de la ciudad y en escasos palmos.

Realza pues en la plaza, la Facultad de Teología: el antiguo Seminario Conciliar construido en la que fue casa del Conde del Real hasta principios del XIX. Con anterioridad y desde su fundación en 1790 por el Arzobispo Fabián y Fuero, el Seminario ocupó la Casa Profesa de los Jesuitas, que al haber sido expulsados por decisión de Carlos III la ocuparon hasta su definitiva ubicación en 1819 y hasta nuestros días en la Plaza del Conde del Real: titulo proveniente de la época de Jaime I de uno de sus acompañantes a la Reconquista del viejo Reino de Valencia.

Situados en la plaza, merece la pena traspasar el zaguán del antiguo seminario y contemplar su claustro de columnas dóricas escudriñando su alta espadaña y espléndido mirador. Resalta la originalidad de los cuatro vértices de sus galerías con tres columnas enlazadas en cada uno de ellos, a semejanza de las de hierro que discurren en la segunda planta del claustro con el mismo orden y concierto.

Media docena de macetones pincelan la plaza y cuatro sillones, anclados y de moderno diseño, sirven al visitante para contemplar tan singular rincón junto al viejo taller de cerámica ubicado en las antiguas caballerizas del Palacio de Escrivá a su espalda, dando su toque artesanal a tan silencioso rincón; lo que da ocasión a escuchar los trinos que llegan del ajardinado y antiguo cauce del Turia cercano.

En vuestro deambular callejeo os recomiendo su visita, al tiempo que la aprovechéis para disfrutar del claustro del viejo Seminario Conciliar, en la actualidad Facultad de Teología.

lunes, 27 de diciembre de 2010

LA PLAZA DEL POETA LLORENTE

23 - la plaza poeta llorente

Más que una pequeña plaza es como una brecha abierta en el perímetro del casco histórico en la que en su cicatrizada herida brotan páginas de leyendas encastradas en la cuña que la forma; pero no por ello deja de ser un pequeño rincón, abierto en el lugar exacto en el que se simboliza la capitulación de la Valencia musulmana y el inicio del reino cristiano por la acción del Rey Conquistador, Jaime I de Aragón.

Primero fue un lugar ocupado por el lienzo de la muralla árabe y tres siglos después por el cristiano. En él se fundieron sus piedras, tanto en cuanto la conocida como la puerta del Cid, la de Bab el Schadchar, situada junto al torreón en el que como señal de su entrega y según cuenta la tradición -por otra parte cuestionada por su falsa identidad y ausencia de documentación que la acredite- izaron los musulmanes en 1238 el “Penó de la Conquesta” (actualmente conservado en el Museo Histórico Municipal del Ayuntamiento de la ciudad) como señal de su rendición.

Corresponde al mismo lugar que ocuparon los Templarios por concesión del “Conqueridor” y que desde 1770 fue habilitado de nueva planta como Iglesia, Convento y Colegio de Montesa, cuando un terremoto en 1748 destrozó el Castillo de la Orden que había recibido toda la herencia de los Templarios, al ser suprimidos estos por Clemente V en el siglo XIV. Se estableció entonces y como nueva sede cisterciense, en la actual Plaza del Temple (aledaña a nuestro rincón) laborando hasta la desamortización de Mendizábal del siglo XIX. Momento en el que pasó a denominarse como Palacio del Temple en sus funciones de sede gubernamental y en cuyo lateral izquierdo a la plaza y en recuerdo de su pasado, una lápida de piedra informa al curioso de su rica y crucial historia.

En el centro de la Plaza del Poeta Llorente, luce esbelta la estatua de José Ribera, “el Españoleto”, de Mariano Benlliure. Sin duda uno de los monumentos más viajeros de la ciudad, toda vez que inaugurado frente a la puerta principal del Temple en 1888, fue trasladado en 1905 a la Plaza de Emilio Castelar, para seguir en su peregrinaje en 1930 a nuestro rincón y a escasos metros de su primer emplazamiento.

Y en el lado derecho del rincón triangular la casa donde vivió Teodoro Llorente Olivares, quien da nombre a la Plaza. Reconocido como “el Padre de la Lengua Valenciana” por la decidida defensa que hizo de ella, tanto en cuanto fue el principal impulsor de su Renaixença. En su recuerdo una placa de piedra testimonia el edificio modernista habitado por tan insigne poeta, en el que destacan sus balcones de hierro y sus miradores que debieron dar luz e inspiración en las horas de sus líricas obras repletas de impronta valenciana.

Bello edificio del siglo XIX levantado sobre el solar del Convento de los Trinitarios Descalzos, que desde 1652 y hasta la desamortización citada, dio nombre a la plaza al recaer en ella la fachada de su iglesia conventual.

En el vértice de nuestro singular rincón destaca un enigmático edificio de sabor palaciego del que lo poco que de él se conoce es que vivió Manuel González Martí. En él, albergó su colección de cerámica hasta su traslado definitivo al Museo Nacional en el Palacio del Marqués de Dos Aguas.

La Plaza del Poeta Llorente es un rincón que invita a la rememoración de nuestra historia bajo el eco dormido del mejor de nuestros poetas, siendo el que más y mejor contribuyó al renacimiento de la Lengua Valenciana, así como el principal impulsor de “Lo Rat Penat”, la sociedad literaria de finales del XIX.

Vale la pena detenerse ante la elegante estatua de Ribera y escrutar todo su entorno por lo mucho que significó en su rico pasado, antes de perderse por sus callejuelas que de allí parten en relajante callejeo hasta el corazón de nuestra ciudad. No dejéis de hacerlo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

LA PLAZA DEL ESPARTO

9 - La Plaza del Esparto Existen rincones en mi ciudad que destacan por la diversidad de sus encantos que en su singularidad los visten. Y si a ello se une la sencillez de sus aderezos, o la humildad de su nombre, lejos de la suntuosidad en otras ocasiones merecida, el lugar en el que en esta ocasión se encuentra el caminante tiene todos los atributos propios del "rincón" que en su callejeo por la ciudad busca para su descanso, al igual que como lugar de encuentro para una cita coloquial, o de las que producen cruces de miradas fascinadas por el brillo de unos ojos de cualquiera pareja enamorada.

Si en la ciudad existen rincones cual "salones de lujo", la existencia de pequeñas "salitas de estar" complementa su atractivo. Este es el caso del acogedor rincón que tiene como nombre la Plaza del Esparto: sencillo, humilde, nada suntuoso, pero cálido y de ornato peculiar: el del amparo del “Café Sant Jaume” y las cuatro falsas acacias que con sus cortinajes lo enmarcan a la par que le sirven de cobijo, tanto en los atardeceres de suaves brisas, como en las horas estivales de una mañana solariega que procuran su sombra aunque sea por un pequeño instante.

Rincón terraza, bohemio y amigable, punto de partida al igual que de unión entre los Barrios del Carmen y el del “Mercat”, se convierte al igual como punto de inicio, tanto como de final, sea para disfrutar paseando sus callejuelas aledañas, sea como rincón para una grata velada entre el murmullo urbano o la balada de un dúo melódico que busca su jornal.

El “Café Sant Jaume” fue antaño la Farmacia Cañizares, y como café entrañable procura ratos de grata estancia conservando todo el atrezzo que tuviera antaño, cuando con su famoso ungüento aliviaba cualquier dolor del cuerpo.

Rincón situado junto a la Plaza de San Jaime y donde termina la Calle de Caballeros, en las cuatro fachadas que lo forman, lucen, junto a la sencillez de sus pequeños balcones, la presencia de unos miradores de madera que resistiendo el paso del tiempo, testimonian retazos del buen gusto arquitectónico que unido al de su sencillez, son propios de un pasado que afortunadamente perdura. Al igual que la vista de una fuente de hierro fundido que nos trae el recuerdo de cuando su existencia por las calles de la ciudad lo eran en mayor número, y que con su presencia nos recuerda un pasado algo ya lejano.

Su nombre nos rememora la industria de los fabricantes de sogas y su gremio de Sogueros que utilizaban los huertos próximos del barrio del Carmen para extender el esparto y confeccionar una variedad de utensilios al servicio del huertano que los necesitaba.

Placita de grata estancia, apacible y de sabor antañón, que como lugar de encuentro y relajo os recomiendo en las horas del atardecer, cuando los reflejos se funden entre las farolas que lo alumbran y el dorado del “Café Sant Jaume”, cual cálida “salita de estar” en este bello rincón.

jueves, 28 de octubre de 2010

LA PLAZA MARGARITA VALLDAURA

31 - La Plaza Margarita valldaura 
Si hay bellos rincones merced a su singular aspecto que bien pudiera ser el de una fuente cuyo murmullo destaca en el silencio; el de una casa palaciega que lo ennoblece; la forja de sus balcones que lo decoran o el de un árbol a cuya sombra una banca invita al descanso, existen otros que su mayor encanto reside en la invitación al recuerdo de personajes de gran fama por su relación con el lugar, aquel en el que viviera quien dedicara sus días al logro de un mundo mejor, fiel a sus principios y convencido de su necesidad.

Es el caso de Luis Vives, que de familia judía conversa pero leal a su religión y para su mayor estudio y protección, aconsejado por sus padres que mortalmente sufrirían más tarde los rigores de la Inquisición, abandonó España hacia las mejores universidades europeas, pero sin olvidar su ciudad; al igual que su retícula urbana asilada a fuego en su corazón, como lo demuestra en un genial dialogo enriquecido con la sensibilidad de su añoranza.

Desde la distancia, cuenta en su libro que callejeando por la ciudad del quinientos, tres amigos, Centelles, Borja y Cavanilles, evocan su añoranza por las callejuelas cuyo recuerdo mantienen con pulcra exactitud, tal y como se refleja en los diálogos de las páginas de “Las Leyes del juego”, una de las obras literarias del humanista valenciano.

Así pues, iniciando su callejeo en la judería y a invitación de Cavanilles de pasear por la Plaza de la Higuera y junto a Santa Tecla, responde Centelles, que no, que él prefiere hacerlo por la Calle de la Taberna del Gallo por la que llegarán hasta la plaza donde nació su amigo Vives, aprovechando la ocasión para visitar a sus hermanas.

La Plaza de Margarita de Valldaura, en homenaje a la que fuera esposa de Luis Vives (igualmente de familia judía con la que se casó en Brujas) es un rincón para el recuerdo de nuestro gran erudito que junto al recurso del dialogo en su copiosa obra literaria dedicada a la enseñanza, y en colaboración con su amigo Erasmo, fue también partícipe de una intensa y fecunda labor epistolar, contribuyendo ambos a la unidad europea en los momentos históricos de mayor peligro de su desmembración.

Es pues éste un “rincón” que nos sitúa en el lugar de nacimiento del humanista: una casona de la misma plaza, recientemente restaurada, que llega hasta la esquina de la Calle de Cardona. Casona que fue ocupada durante muchos años por el Colegio Cisneros, quizá llamada a ello por el ser lugar en el que vino al mundo quien impregnó en su vida los deseos por la enseñanza.

El paseante interesado accede a nuestro “rincón” desde la Calle de la Paz por la de Luis Vives; desde la de San Vicente por la de San Martín y desde la del Marqués de Dos Aguas por la de Vidal; toda una exigua retícula urbana en torno a una pequeña plaza que acerca al viandante el recuerdo del literato valenciano que alcanzara gran prestigio en Europa sin retornar a su ciudad, pero sin olvidar sus raíces, como lo demuestra que desde la distancia y en sus diálogos, callejeaba resuelto por el centro histórico de la ciudad en ruta hacia el mercado, cuyos aromas y colores -como si con él permanecieran en la ciudad de Brujas donde fijó su residencia hasta su muerte- dejó patente en sus escritos.

Detenerse un pequeño instante en semejante rincón en el que un ciprés y cuatro naranjos lo relajan, en el que no falta una banca de piedra donde sentarse ante la que fue casa en la que Luis Vives iniciara sus primeros “gateos”, da ocasión a rememorar a uno de los personajes de mayor prestigio en el viejo continente conocido entonces como la Cristiandad, y que junto a Erasmo, contribuyó a que fuera reconocido como Europa y con la racionalidad de su origen gravitado en los principios cristianos.

Plaza peatonal y tranquila, en donde se aloja un hueco de nuestra historia en torno al que fue barrio de la judería del que apenas quedan vestigios, por lo que en su permanencia adquiere suficiente distinción y hace que nos acerque, siquiera sea un instante, al gran humanista valenciano para cuya memoria bien vale una visita a tan céntrico rincón.


martes, 28 de septiembre de 2010

LA PLAZA DEL CARMEN

11 - La plaza del Carmen

Cuando en un “rincón” confluyen en histórica armonía -junto a la paz y el sosiego gracias a su condición peatonal- la casona palaciega, el pasado conventual hoy Museo de Bellas Artes, el recuerdo docente de la Academia de Bellas Artes de San Carlos, el remanso de unos jardines, el monumento a un pintor renacentista y todo ello bajo el hechizo de una fachada-retablo recientemente restaurada con gran brillantez de la antigua Iglesia del Carmen –hoy Parroquia de la Santa Cruz en recuerdo de la existente en la cercana plaza de este nombre- con su torre campanario coronada por el “Angelot del Carmen”, cuando todo ello se une en el corazón de un barrio entrañable, se convierte tal lugar en un “rincón con mayúsculas” que, por albergar tan rico pasado, al tiempo que da descanso al visitante en su solaz visita, al rememorar las diferentes partes de su historia forjada a través de los siglos, da ocasión a conocer la importancia de un lugar situado extramuros de la que fue muralla musulmana.

El Barrio del Carmen, de antiguo de gran prestigio artesanal y motor fundamental de la actividad gremial, es en la actualidad de vida bohemia, pródigo como lugar de ocio y diversión gracias a sus innumerables tabernas y lugares de encuentro, sitos a lo largo de una retícula urbana de largas y estrechas calles que le dan su particular aspecto.

Y al mayor prestigio del barrio en torno a su plaza principal, contribuye su apuesta histórico cultural iniciada a finales del siglo XIII, cuando fue el lugar elegido para edificar el Convento de los Carmelitas como recompensa al apoyo que prestaron -entre otras ordenes mendicantes- al rey de Aragón Jaime I en la Reconquista del reino musulmán de Valencia, y que tras diversas ampliaciones alcanzó su actual configuración finalizando el XVIII.

Plaza festiva por excelencia, ha sido el centro idóneo para celebrar las numerosas “festes de carrer” del populoso Barrio del Carmen que en la actualidad y por desgracia son cada vez en menor número. Brillan en la actualidad, la fiesta de San Vicente Ferrer con su “Altar del Carmen” con variadas representaciones de milagros vicentinos junto a la fachada de la Parroquia, y la ya internacional fiesta de las fallas de la ciudad que en tan populoso barrio y gracias al esfuerzo de sus comisiones, entre las que destaca por sus premios y galardones la Especial de Na Jordana, lucen entre el entusiasmo y orgullo vecinal.

El Palacio Pineda del siglo XVIII, hoy sede de la Universidad Menéndez y Pelayo, deja un toque singular en el “rincón” de la Plaza del Carmen. Palacio que fue uno de los primeros sitios que dieron cobijo al Colegio de los Hermanos Maristas llegados a Valencia a finales del XIX, y que con anterioridad a ésta sede, ya habían ocupado otras casas más pequeñas en el mismo Barrio del Carmen.

Adorna la fachada del Palacio Pineda un cuidado jardín con una estatua al pintor renacentista Juan de Juanes, que, nacido en Fuente la Higuera, fue vecino del barrio recordándosele con su presencia monumental. Completa la plaza, aunque corresponde a la calle Padre de Huérfanos y adosado a la Parroquia de la Santa Cruz, otro amplio jardín construido al derribo del Palacio de los Señores de Alacuás en 1946 con una bella fuente central situada en una alberca dedicada “a los niños”, réplica de una original de Mariano Benlliure.

Digno rincón del Barrio del Carmen al que se puede acceder por las Calles Roteros, Pintor Fillol, Pineda, Palma, Fos y Padre de Huérfanos, todas ellas singulares y de gran importancia histórica en los avatares de nuestra ciudad, cuyo callejeo hace disfrutar al paseante.

Visitar la Plaza del Carmen que da nombre al barrio más popular de Valencia, llena de un gran atractivo cultural y a la sazón en su entorno más inmediato de recomendable peregrinaje, es de crucial importancia para conocer mejor nuestro pasado, relajándonos en el presente.

sábado, 28 de agosto de 2010

LA PLAZA DE SANTA MARGARITA

25 - La Plaza santa margarita

Existen rincones que por si mismos alcanzan el mérito de transformarse en museos urbanos lejos de su intención; plazuelas “festoneadas” de obras de arte que en arracimada armonía cubren su contorno. Por lo que, con tal presencia, ofrecen al tranquilo paseante la ocasión del gozo escudriñando en sus fachadas una suerte de variados balcones de forja, de ventanales enrejados y de un mirador de madera como fruto del trabajo artesanal en el que sus creadores debieron rivalizar en el momento de su construcción. Al igual que los sencillos adornos de estucos y ménsulas creando un grato rincón en el que se funden lo bello con lo estético.

Enaltece a nuestro “rincón museo”, entre otros, un refinado balcón corrido enriquecido por un par de frontones que realzan su esplendor, formando su fachada ángulo con otro edificio que, si más sencillo, se complementa con el aporte del citado mirador, al igual que con sus balcones de una o dos ventanas creando ambas fachadas una de las aristas de la plaza cuadrangular.

La otra, y que complementa la placita, está exenta y en su diagonal, abierta a la Calle Trinitarios en cuya mitad del trayecto aparece. Lucen en sus tres alturas la gracia de sus balcones que la conforman, merced a sus diferentes estilos en los que se muestran la belleza de sus acabados gracias a una mano artesanal fortalecida por el golpe del martillo sobre el yunque al calor de la fragua, dando forma al hierro forjado con la destreza de su maestría.

Larga Calle de Trinitarios que comunica la antigua Iglesia de El Salvador, la que fue Mezquita, con el majestuoso conjunto del Palacio e Iglesia del Temple construido en su actual estructura en el siglo XVIII tras la destrucción por un terremoto del Castillo de Montesa, y cuya consecuencia inmediata fue el traslado de la Orden en época de Carlos III a las antiguas instalaciones de los Templarios de las que toma su actual nombre.

Rectilínea la de Trinitarios, traslada al viandante desde la Plaza del Poeta Llorente, “el Padre de las Letras Valencianas”, a la Catedral, en cuyo trayecto se halla el Seminario Conciliar, con un magnífico claustro y actual Facultad de Teología, reuniéndose en su recorrido un conjunto monumental que nacido en la Reconquista, con sus posteriores transformaciones llega a nuestros días como una página de nuestra historia.

La plaza que a mediados del XVIII era conocida como la de la Alcudia, cambió su nombre avanzado aquel siglo al actual de nuestros días, siendo su motivo la existencia de un altar en recuerdo a Santa Margarita de Escocia quien destacó por su ayuda a los pobres.

Recoleta plaza en la que bien vale la pena detenerse un instante por la abundancia de sus balcones, y que por su pequeñez, la hace aún más singular cual pequeño museo al aire libre que de forma espontánea y sin pretenderlo, da ocasión a la existencia de uno más de los muchos rincones de nuestro centro histórico que merece nuestra atención.

martes, 27 de julio de 2010

LA CALLE CAÑETE

15 - La calle cañete
“Prop de les Torres de Quart
n'hi ha una festa molt antiga
a on un rumbos veïnat
conserva la festa viva,
la del nostre Beat”

Así se proclama en un delicioso “cant d’estil valenciá” el comienzo de la fiesta en recuerdo al Beato Gaspar Bono, allí mismo donde naciera: a pie de su casa sita al final de la Calle Cañete. Recinto sagrado y capilla de hogar, cuidado con el fervor y mimo de sus vecinos al que le ofrecen desinteresados toda su devoción.

”Azucat” el de Cañete que si a su comienzo es de semblanza moderna, tal y como avanzas, cambia de piel y a paso lento descubre el paseante el sabor de la Valencia aldeana con sus casas de planta baja y puertas abiertas, de macetas ante el portal, o colgadas de las rejas de su ventanas o realzando la sencillez de sus balcones, dando en su conjunto ocasión a que sus vecinos disfruten de la vida familiar que existiera antaño. Sobre todo en la época estival, con sus cotidianas veladas a la fresca de ensaladas y pistos con tinto de verano, tortillas de patata, caracoles con hierbabuena y con juegos de parchís; sin despreciar el resto del año en el que se mantiene la armonía al calor de los hogares.

Rincón antañón por tanto, al que se une la existencia cada vez más viva de una de “les festes de carrer” más arraigada en nuestra ciudad. Tradición que se mantiene gracias al tesón de la “Peña el Clau” como corazón de la fiesta, en la que año tras año rinde homenaje al Beato que consideran como propio. Le manifiestan así su gratitud por la desprendida generosidad que tuvo a favor del necesitado, en cuyo recuerdo se mantiene intacta una fiesta cuyo fervor se acrecienta en los años transmitido a los hijos de Cañete.

De padres muy pobres nació el Beato una víspera de Reyes de 1530, por lo que le bautizaron con el nombre de uno de los Magos. En sus años juveniles antepuso a sus deseos de sacerdocio la ayuda a su familia, lo que no le impedía organizar en su propia calle precesiones a semejanza de las que veía en otros lugares de la ciudad loando al Señor.

En beneficio de sus padres necesitados, se hizo soldado de Carlos V, utilizando como mejor arma el rezo diario por sus compañeros en las campañas. Al resultar herido de gravedad ofreció su vida dedicada al sacerdocio si superaba el trance. Logrado su deseo, fue acogido en la Orden Franciscana de los Mínimos del Convento de San Sebastián de la que llegó a ser su Provincial. Ejerció la pobreza, impregnándose de santidad, por lo que en sus místicas oraciones la situación de éxtasis le era frecuente, al tiempo que en sus rogativas desbordaba toda su fuerza mediando por los demás.

Quizá de aquellos sus juegos juveniles perdura la principal tradición de la fiesta manifestada en una procesión que recorre las calles aledañas. Son los hombres de Cañete los que llevan en andas al Beato desde su casa natalicia, y tras larga procesión, regresan a su calle, momento en que a su entrada los reemplazan las mujeres hasta depositarlo en su capilla.

Rincón, fiesta y devoción se entremezclan en uno de los “azucat” más activos de la ciudad, en el que el alma del Beato Gaspar Bono está siempre presente.

Visitar este rincón en la segunda semana de julio es participar de una “festa de carrer” en la que nadie es forastero, pues reconocido el paseante como extraño, es de inmediato acogido de forma desprendida, tal y como ejerciera su vida el virtuoso Beato.

Pero adentrarse en la de Cañete en cualquier otro día del año, es la ocasión para el deleite por la semejanza de su calle a las existentes en cualquier pequeño pueblo de la serranía valenciana, de sus puertas abiertas en las horas del atardecer, cuando la calle se convierte en un salón vecinal en el que impera la fraternidad.

martes, 29 de junio de 2010

LA PLAZOLETA DE LA CALLE DE VICIANA

47 - la plazoleta viciana 
Es un auténtico rincón, y como tal, muy pequeño, escondido y muy singular. Apacible al mismo tiempo, mas cual ventrículo de la ciudad, está situado a escasos pasos de la Iglesia del Salvador -la que fue en su tiempo mezquita musulmana- inmerso en el centro histórico, pero que al ocupar un lugar inadvertido al caminante en su callejeo por la ciudad, éste, ignora de su existencia por la pequeña relevancia de una calle que por si sola evoca la soledad.

Calle recoleta y de corto trayecto, se abre a mitad de su camino una plazoleta que pese a su sencillez se adorna con la presencia de un pozo seco de elegante prestancia en el centro de nuestro rincón, con su toque de gracia, a la vez que de sorpresa.

Si desde el Puente de la Trinidad, el más antiguo de la ciudad como lugar de paso de la que fue la Vía Augusta romana, nos adentramos por la calle del Salvador y salvamos a la izquierda la inmediata de En LLopis, nos encontraremos de seguido, igualmente a la izquierda, con la de Viciana.

La conveniencia de introducirnos en ella por la simple curiosidad de ver lo que allí pueda esconderse, nos llevará a la sorpresa de ver a su mitad, la estampa octogonal de un pozo con cuatro escudos labrados en la piedra de sus paredes, a los que el cortinaje de una hiedra que nace de su interior y cayendo sobre ellos, al tiempo que los cubre y engalana, no es óbice a la vista del viandante aficionado a la heráldica en su curiosidad por los blasones cuyo anuncio fijan la razón de sus linajes, en este caso perpetuados en la plazoleta o ”azucat” de tan bello rincón.

Como remate a tan original pozo y por encima de un lustroso arbusto que nace de su interior, prima una artística cruz de hierro sujeta por dos lanzas verticales en un conjunto forjado a merced de la envoltura vegetal que embellece a tan singular brocal, a cuyo alrededor y de unos macetones también de hierro, nacen unos ficus enanos que complementan y dan alegría a tan pintoresca plazoleta.

Plazoleta que muestra en sus tres lados -porque el cuarto está abierto a un solar vallado por un muro que hace de lienzo útil al graffiti urbano y que a la postre hace posible observar la cúpula de la iglesia del antiguo seminario de la calle Trinitarios, actual Facultad de Teología- toda una suerte de pequeños balcones de hierro, así como de ventanales enrejados en los que abundantes maceteros envuelven sus barrotes pincelando el rincón. Rincón con su vieja casona del siglo XVIII, restaurada, y que sirve en la actualidad como sede de un centro privado: la Escuela Superior de Arte y Tecnología; plazoleta que como toda que se precie, no le falta su banca de piedra donde descansar contemplándola.

La de Viciana tiene el toque artesanal de un taller de marcos y molduras con sello de antigüedad, en el que su dueña, Ana Medrano, labora con mimo su obra desde hace más de veinte años. Una artística y saliente banderola de hierro sujeta a un ángulo fijo a la pared, llama la atención desde el inicio de la calle, anunciando su nombre merced, igualmente, un mosaico cerámico en su fachada.

Es parte de la calle la fachada lateral del elegante Palacio que fuera lugar de residencia del Barón de Cárcer, el que fue Alcalde de Valencia, cuya portada principal da a la calle del Salvador. Lucen en los bajos de sus muchos balcones de hierro el bello mosaico valenciano, a lo que se une la singularidad que desde un extremo de la plazoleta muestra al paseante la presencia de un mirador situado en todo lo alto, pero que aunque está algo escondido, deja un retazo de su existencia.

Calle en homenaje al firme historiador del siglo XVI, Rafael Martín de Viciana, especializado en sus crónicas tanto de la ciudad de Valencia como de su Reino, autor de una de las obras mejor documentadas de la historiografía valenciana, culminada en la época de las Germanías de la que fue testigo.
 
Rincón pues pequeño, pero de grata visita a quienes fascinados por nuestro centro histórico buscan lo desconocido, por lo que os recomiendo su visita al igual que a la Calle del Salvador, sin duda una de las más antiguas de nuestra ciudad.

domingo, 30 de mayo de 2010

LA PLAZA DEL CORREO VIEJO

32 - la plaza del correo viejo 
Hay un rincón en nuestra ciudad, insonorizado por la ausencia de tráfago, que ofrece con su nombre un singular homenaje a una de nuestras más antiguas costumbres, cual fuera la de comunicarnos allende nuestro hogar, sea por cuestión emotiva, comercial o de interés relevante.

Si en la actualidad el majestuoso Palacio de Correos y Comunicaciones simboliza en exclusiva el punto clave que nos acerca al resto del mundo con la facilidad de la tecnología y en muy pocas horas, ya de antiguo, tal necesidad era la misma, no así la rapidez en que las noticias llegaban a su destino. Eran los siglos en los que como único recurso para el servicio postal, la figura del emisario, bien a caballo o bien valiéndose de los carruajes para el transporte de sus valijas, ya era utilizada desde los tiempos de la Reconquista. Y eran los reconocidos como “troteros” o mensajeros, los encargados de su servicio.

Y fueron en diferentes lugares de nuestro centro histórico donde a través del tiempo centraron su servicio donde iniciaban su eficaz tarea: la del servicial correo a través de abruptos caminos, con mayor o menor escollo. Sabemos de sus antiguos y diversos emplazamientos, tales como por entre las callejuelas de Juristas y Cocinas, como en la posterior y próxima de Mendoza, allá por el XVI, continuando en la Plaza del Horno de San Nicolás con posterior traslado a la plaza “dels Valencians” (la actual del Correo Viejo).

Y ya en el XVIII, centró sus oficinas en la Plaza de la Pelota, continuando en su traslado a la desaparecida Plaza de Pertusa, con su estancia por unos años en la de Nápoles y Sicilia hasta su destino final en el actual y fastuoso Palacio de la Plaza del Ayuntamiento.

Y como recuerdo a la importancia de tan necesario oficio, la Plaza del Correo Viejo rinde homenaje a un servicio que manteniéndose vigente, su semejanza al de antaño es inexistente.

Si el viandante que disfruta observando las viejas casonas de la nunca mejor nominada como calle de Caballeros, se adentra por la de Álvarez junto al Teatro Talía, la popularmente conocida como “Casa de los Obreros”, se hallará de repente en medio de una plaza cuadrangular con cuatro fachadas que rivalizan singulares. En su centro y en una pileta circular, útil donde sentarse, se eleva un tronco de piedra de cuatro lados en los que cuatro caras de bronce, a él adosadas, hacen de fuentes desgraciadamente pocas veces. Rodea la pileta una cadena sujeta a unos bolardos de hierro en el suelo decorando la plaza.

Una vieja casona, sede de la EMT, luce una sencilla portada decorada en círculos junto a un pequeño “azucat” cerrado por una verja que en su conjunto cubre uno de los cuatro lados. Forma éste, ángulo con el que ocupa el Palacio del Marqués de Cáceres, hoy sede de la Real Acequia del Júcar, en cuyo lateral un bello mosaico cerámico cita el nombre de la plaza.

Justo enfrente y del siglo XVIII, según reza en un azulejo que indica el año de su construcción “1774”, un viejo caserón, es la parte trasera que comunica interiormente con la Parroquia de San Nicolás. A él adosado, un bello edificio del XIX con dos puertas gemelas, entresuelo y dos alturas, luce sobre su alero una barandilla cortada en la que destacan simpáticas dos figuras de piedra.

Tiene igualmente singular encanto la rica fachada, también del XIX, de un edificio en el que destaca un esbelto portalón bajo un balcón corrido sujeto por unas ménsulas de cabezas de león, que como eficaces guardianes, dejan la huella del lucimiento que impera en toda su presencia.

El contraste artístico de ambos aleros con los sencillos de teja de las casonas enfrente, crea un cerco desigual al fijar el viandante la mirada en lo alto que enmarca la plaza.

La tranquila y linda Plaza del Correo Viejo, nos trae el recuerdo a la vieja “casa de postas”, lugar donde descansar de la fatiga; por lo que detenerse por un instante en las horas de paseo por las huellas de nuestra historia, tiene el añadido de contemplar uno más de los bellos rincones de mi ciudad.

martes, 27 de abril de 2010

PLAZA DE LA VALLDIGNA

 5 - La plaza la valldigna
Posee todos los atributos propios de un recoleto y digno rincón incrustado en el centro histórico y muy próximo al Portal de la Valldigna: el arco de entrada o salida que como recuerdo de la muralla árabe ha llegado hasta nuestros días, aunque desgraciadamente su restauración no se ha extendido en el resto del lienzo, que aunque escaso, aún existe. Auténtico rincón allí escondido en el que no falta, como ADN de su identidad, su antiguo nombre labrado sobre la piedra de una de sus esquinas, lo que es una curiosidad, por lo que sí mismo encierra.

La singularidad de tal rincón le viene de antiguo, toda vez que fue en tiempos de Jaime II cuando en sus luchas contra los musulmanes y a su paso por un fértil valle, camino de Valencia, quedó de él tan prendado, que dio de inmediato instrucciones para la creación de un monasterio cisterciense que tomó el propio nombre de la belleza que envolvía el lugar elegido: el de la “Vall Digna”.

Y fue éste el motivo de que fuera Valencia, como “Cap i Casal del Regne”, la ciudad elegida para construir intramuros la casa Procura del Real Monasterio de Santa María de la Valldigna como centro éste donde se ejerciera su administración, o como lugar de residencia en ocasión de las estancias de los monjes en nuestra ciudad.

Rincón recoleto que se ensancha dentro de la calle de Landerer y que pese a mantener tal condición, deja como testimonio sobre una de sus dos cantoneras la inequívoca leyenda de “Año 1799 Plaza de la Valldigna”.

Rincón ennoblecido por tan palaciega Casa Procura de entonces, que luce sobre el dintel de piedra de su portada un escudo nobiliario bajo un balcón corrido que magnífica su fachada.

Rincón más si cabe cultural, merced a un edificio enfrente, sede de la Sala del Teatro Escalante, que da mayor vida a la calle, que desde la de Caballeros conduce al viandante hacía el Portal más emblemático en el corazón del Barrio del Carmen.

Rincón en el que una vez más conviene insistir en su peculiaridad de que a su insignificancia que como plaza merece, se le une la mención del famoso astrónomo nacido en Valencia pero muy poco conocido en la ciudad, José Landerer, quien le da su nombre, y que en un “palmo de terreno” se ensancha, adquiriendo el lugar la particularidad de que considerándosele como calle desde hace casi cien años, era Plaza de la Valldigna hasta entonces, siéndolo de crucial importancia medieval, al ser, repito, la Casa Procura el lugar de embajada del famoso Monasterio de reciente y esmerada restauración en su emplazamiento junto a Simat de la Valldigna.

Y merced a ello y por esta singularidad, se enriquece el rico anecdotario de la toponimia existente en nuestra ciudad, como huella viva de nuestro rico pasado.

Bien vale la pena su visita para rememorar su significado, por lo que os la recomiendo; al tiempo que al adentrarse por una retícula de rica historia, tendrá ocasión el viandante de viajar hacia atrás en el tiempo, contemplando en sus viejas casonas, algunas certeramente restauradas y otras en su proceso, lugares en los que se anidan hitos históricos en torno al Portal, al tiempo que recrea su mirada en los bellos enrejados de sus ventanas y balcones.

 

lunes, 29 de marzo de 2010

LA PLAZA DEL MIRACLE DEL MOCADORET

44 - La Plaza del miracle del mocadoret 
Rincón vicentino por excelencia, que como los caminos tan del agrado de su precursor es peatonal y con la señal de su evocación. Plaza solitaria a la que se accede a través del Pasaje Giner (en memoria del famoso bazar de su nombre) desde la bulliciosa de la plaza de La Reina, o también desde la calle de la Tapinería, o al paso por la de Verónica, ésta corta y estrecha, lugares todos de entrada a una plaza de diseño peculiar, tanto en cuanto que pese a su geometría irregular, figura como tal en el nomenclátor, considerándola así desde su punto de entrada por el de la Tapinería, con un “azucat” a la derecha, y accediendo a la misma como lugar de nueva planta debido al ensanche por el derribo de una manzana; por, lo que hasta los años cincuenta era conocida como calle del Miracle del Mocadoret. En la actualidad queda configurado como un tranquilo rincón y con el mismo nombre y con la consideración de Plaza a petición de sus vecinos. Rincón flanqueado por las torres del Miguelete y de Santa Catalina que asoman cordiales en lo alto desde una u otra parte, según donde se sitúe el paseante que accede a su encuentro.

Rincón de “festes de carrer”, como la que se celebra en recuerdo del “Miracle del Mocadoret” una semana después de la festividad del Santo, debido a que el lunes de su celebración se conmemoraba antiguamente la fiesta de quienes se encargaban de encender las farolas de gas que alumbraban las calles de la ciudad, por ser el lugar, el de la Tapineria, donde estaba situada la Cofradía de los Gaseros, postergando por tal motivo y por siete días, la celebración del tan popular milagro vicentino.

De los más de doscientos atribuidos a San Vicente, el del “Mocadoret”, es el más popularmente renombrado. Efectuado el prodigio desde la misma Iglesia de los Santos Juanes -en cuya alusión figura un bello mosaico sobre sus paredes frente de La Lonja de la Seda- cuando quien después sería Patrón de Valencia lanzó su pañuelo al aire, alertando a la gente que le escuchaba que volando tomaría el camino hacia una casa habitada por quien en ese momento necesitaba ayuda.

Adentrose entonces el pañuelo del santo por la calle de Cordellat, y tomando el rumbo de la Cenía, se dirigió hacia la de las Platerías, para llegar al Pozo de San Lorenzo, lugar donde al encontrarse con la de la Tapinería, torció a la derecha dando fin a su vuelo e introduciéndose en el interior de la vivienda de una modesta familia en momento de necesidad. Lugar éste, en el que existe un altarcillo en la fachada, adornado con flores gran parte del año, desde el que parte una tradicional procesión por su retícula vecinal, lujosa y engalanada, en medio de gran algarabía popular, en el día de su festejo.

Rincón el de esta plaza, en el que de padre valenciano aún existe la casa donde siendo niño vivió durante dos años, desde 1857 a 1859, el patriota y libertador cubano José Martí, según un pequeño mosaico sobre la fachada, como eficaz apunte historiográfico.

Plaza a la postre artesanal, gracias a dos tiendas de cerámica donde el curioso tiene la ocasión de satisfacer tan arraigada manualidad que desde la época musulmana pervive entre nosotros. Una de ellas, como taller cerámico, en beneficio de quienes afanosos por su elaboración tienen la ocasión de trabajar con sus propias manos la pieza deseada y con un horno a su servicio donde cocerla. Al igual que la tienda de Artesanía Yuste, donde desde hace más de cuarenta años se ofrece el servicio de enmarcado y elaboración de los “socarrats”, utilizando para su fabricación la misma técnica del siglo XV.

Rincón vicentino éste, escondido entre el bullicio propio del trasiego torno a la Catedral y la plaza de Santa Catalina, desde el que la observancia de sus correspondientes torres tiene el encanto de su hallazgo; por lo que os recomiendo os acerquéis al “azucat” allí existente, donde la observancia del entrañable altarcillo os mostrará no sólo el recuerdo donde se cumplió tan eficaz prodigio, sino el cariño que sienten sus vecinos al cuidar con tanto mimo tan sencillo rincón.

sábado, 27 de febrero de 2010

LA PLAZA DE CISNEROS

33 - la plaza cisneros rincon 
Plaza cuadrangular, coqueta y rincón tranquilo con reminiscencias palaciegas; peatonal y adornada con naranjos que ocultan y frenan por un lateral, merced a unos macetones de hierro en los que lucen pequeñas palmeras, el exiguo tráfico rodado que desde la Plaza de los Fueros se adentra hacia el corazón de la ciudad, por fortuna gota a gota.

Rincón de “azucats”, fruto de los antiguos palacios en su torno, antaño exentos, y en el que dos de estos siguen luciendo en todo su esplendor. Algunos ya derruidos, como la Casa de los Marqueses de Albaida que dio paso a un grupo de viviendas, así como una fachada de nueva planta tras una puerta de hierro acceso a un callejón, lugar de paso a lo que fue albergue de carruajes y caballerizas una vez vaciada en su interior la residencia del Palacio de los Montoliu. Y destaca el conjunto entre el aroma del azahar que relajará aún más la plaza cuando brote su flor.

La Plaza de Cisneros -con anterioridad conocida como de San Gil- que aunque en recuerdo desde 1877 de tan ilustre Cardenal ignora en la nomenclatura su condición de prelado, es un digno y antiquísimo rincón próximo al centro histórico de Valencia, y de escaso trasiego: lo que resulta de muy grata visita al paseante que recrea la mirada en las fachadas de su entorno.

Entre todas ellas rivaliza el barroco y lo académico de sus palacios con los aderezos de una bella manzana de viviendas en la que entre estucos vegetales o de cabezas de animales, destacan majestuosos unos miradores de hierro cubiertos de cristaleras sobre las rejas de sus bajos, y que en su armonía, pincelan el tono pastel de una fachada singular, gracias a su acusada personalidad que la hace ser diferente a cuantas abundan por las callejuelas cercanas.

El silencio de la plaza como estandarte de su tranquilidad es su peculiar emblema, sin menoscabo de sus balcones de hierro, unos sencillos y otros artesonados.

Y como recoleta plaza que lo es, un solo banco de piedra frente a la antigua Casa Palacio del Señor de Náquera, en la actualidad sede de Cáritas Diocesana, invita al grato reposo entre el silencio y bajo los naranjos que la pueblan, a través de cuyo ramaje se observan la bellas rejerías que decoran a nuestro rincón.

Igualmente destaca el antiguo Palacio de Cerveró de finales del setecientos, construido entonces sobre lo que había sido un edificio balneario de la época bajo medieval, en cuyo zócalo de piedra singularizan unas ventanas ovaladas y enrejadas que abastecen de luz al sótano de tan palaciega casa. Su portada barroca con el magnífico blasón de los Cerveró invita al paseante a su interior, sede del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia, lugar de exposiciones temporales donde la presencia de una amplia y lujosa escalera de bello pasamanos, subyuga a quién la admira.

Nada más grato en cualquier recorrido urbano que dar de lleno con la presencia de una plaza pequeña, tranquila y señorial; en definitiva, un pequeño rincón. Por lo que ir a su encuentro será la ocasión de admirarlo, bien sea vuestra marcha al Portal de Serranos, o en sentido contrario hacia la Catedral.

miércoles, 27 de enero de 2010

LA PLAZA DE SANTA CATALINA

45 - la Plaza de Santa Catalina Si la Valencia oficial y administrativa, junto a la religiosa, giraba en torno a la Catedral con el Palau de la Diputación cercano, y a cuyo lado la Casa de la Ciudad vivía sus últimos años allá por el ochocientos, la vida comercial y bulliciosa, en cambio, lo hacía hormigueando bajo la barroca Torre de Santa Catalina, que en su trasiego hacia el mercado, detenía su paso en el punto neurálgico de la Valencia decimonónica, la que hacía esquina con la calle de Zaragoza y muy próxima a la pequeña y triangular plaza de la Reina. Recibía ya entonces el nombre de plaza de Santa Catalina, rectangular y alargada, y de siempre cercada por un serpentear de callejuelas repletas de gente que, en vaivén interminable, gracias a los entrañables comercios que de recuerdo antiguo conservan su merecido prestigio, perdura en el tiempo.

Callejas en torno a tan pequeño rincón con sabor a horchata y aroma de chocolate, punto de llegada a quienes manteniendo la ilusión de la suerte, buscan la fortuna en los dos acreditados despachos de lotería bajo el señuelo de la Santa, a quien demanda su ayuda el jugador habitual o improvisado.

No, no es nuestra plaza el lugar apacible, tranquilo, con banco de piedra en el que descansar, o en el que un árbol pincela su gracia y una fuente regala su murmullo al modo de un rincón relajado ideal para un leve descanso. No, no lo es.

Mas no por ello está exento de seducción y sí de la fascinación que produce ver cómo de forma perenne ofrece la vitalidad de su entorno, bullicio en el que la Iglesia de Santa Catalina y su torre campanario ocupan un lugar capital sobre la peana vibrante y recoleta que como tal rincón, es digno de admirar.

Primero fue mezquita y luego parroquia cristiana, y por decisión del Rey Don Jaime el Conquistador recibió el nombre de Santa Catalina, alcanzando su dominio hasta la huerta de Campanar.

Pequeño rincón que, más si cabe, tiene el encanto de su perspectiva desde el final de la calle de la Paz, con la torre campanario de Santa Catalina al fondo, en una de las muestras más singulares del barroco europeo que, como anécdota curiosa, tuvo la desdicha de estar a punto de ser victima de la piqueta ante el proyecto urbanístico de ampliar hacia Cuarte la vía citada, la más bella y cuidada de Valencia.

Torre de Santa Catalina que supera en belleza a su vecina la del Miguelete, pero que al estar ensombrecida por el campanario catedralicio, alto, majestuoso y sinfónico, en ocasiones la hace pasar desapercibida y como llena de celos. No así para quienes fieles a la tradicional visita a los lugares de siempre -los antañones Horchaterías del Siglo, con sus regios salones; o la de Santa Catalina, de valencianos mosaicos que visten a sus paredes, así como la enmarcada mesa de mármol en recuerdo de las repetidas visitas que hiciera la Infanta Isabel en los primeros años del siglo pasado; y Chocolates Sanz-Santa Catalina con la centenaria y artística marquetería de sus vitrinas- reponen sus fuerzas en ocasión de tan entrañable esparcimiento callejero, tanto en cuanto aprovechan para gozar ante la arquitectónica torre que, mimosamente restaurada en su porte hexagonal, luce esbelta y ornamentada.

Rincón de recuerdo a prestigiosos establecimientos desparecidos, como lo fueron la Farmacia y Laboratorio del Dr. Graus, cuyas fachadas permanecen cobijando modernas franquicias con aroma de café.

Ya pequeña plaza, pero animado rincón, igual se ofrece gentil al turista ansioso de guardar en su máquina digital el recuerdo de su presencia, a la que os invito a quienes deseen conocer el otrora corazón comercial de Valencia y hoy epicentro de una ciudad abierta y vivaz, generosa a quienes la visitan.

sábado, 26 de diciembre de 2009

LA PLAZA DEL HORNO DE SAN NICOLÁS

34 - la plaza del horno san nicolas1 
Hay plazas o rincones en la ciudad, coquetos, que sirven al relajo del paseante en su callejear y en donde siempre hay un banco de piedra en el que reponer las fuerzas, al tiempo que se contemplan sus fachadas que en los días de fiesta engalanan sus balaustradas con mantillas de damasco y frisos de flores.

En otros rincones o plazas, la opción de una terraza en donde sentarse, cubierto o al aire libre, en grata conversación o simplemente observando la gente que al igual se recrea en atención al entorno, contribuye a darle aún mayor encanto al lugar ya de por si admirado.

Sin embargo, existe una plaza sin bancos, sin la presencia de una fuente o la de un árbol que o bien le den nombre o sea ocasión de adorno o de distinción, pero no por ello exenta de varios aspectos que le otorguen singularidad.

Es el caso de la Plaza del Horno de San Nicolás, situada en la retícula que desde la plaza del Esparto y a través de la calle de las Danzas, comunica con la de la Compañía, la vieja “plaza de les Panses”, lugar donde “El Palleter” retó a Napoleón en patriótica proclama.

La Plaza del Horno de San Nicolás que lo es de paso al caminante, más vale la pena recrearse un rato en ella. Porque es de merecer detenerse ante el horno que da nombre a la plaza, y que desde 1802 –según reza en artísticos mosaico sobre sus dos entradas- el de la guerra al francés, sigue abasteciendo de pan a quienes cruzan su puerta, aunque se sabe con certeza de la existencia de un horno más antiguo, toda vez que tal nombre ya lo tenía la plaza por providencia del “Almotacén” desde abril de 1692.

Plaza de planta irregular, de diente de sierra y que por necesidades del tráfico no es peatonal. Cualquiera de sus lados y sobre sus no muy anchas aceras, sirven para contemplar bellos edificios de ricas cerrajerías en sus balcones, entre los que destacan los decimonónicos miradores cubiertos, al igual que sencillos estucos, que junto a las ménsulas, decoran las fachadas.

A falta de jardín en la plaza, se muestra a un lado un rincón que destaca por sí solo, dándole a la plaza un toque singular y una pizca de sosiego. Mantiene el entrante cierto aspecto -más imaginado en el anochecer- de capilla urbana decorada de rejas y balcones de hierro fundido creando en su conjunto un retablo en el que un balcón corrido reina en el centro, y flanqueado por dos farolas que lo iluminan. Escorado, un ciprés, dijéramos como lugar epistolar, pincela de gracia y digno respeto a tan placentero rincón a semejanza de un presbiterio.

El Colegio Mayor del Rector Peset, antigua Casa de los Martínez Vallejo del siglo XVIII -antaño Escuela Normal de Magisterio hasta su traslado junto al río en la zona de Monteolivete- con su gran zócalo de piedra de sillería, dignifica la plaza, dándole al mismo tiempo un aire estudiantil, y desde cuyo umbral se vislumbra elegante la Torre Campanario de San Nicolás: la que emergiendo sobre los tejados, queda observante de nuestro ya rincón o plaza.

Rincón o plaza, muchas veces transitado, pero al no ser de destino, no se le tiene en cuenta. Os recomiendo, sí, una pequeña parada y que os entretengáis no solo disfrutando del campanario cima los tejados, sino de todo el entorno de uno de los rincones del centro histórico de la ciudad, que en su sencillez y singular aspecto, adquiere la especial relevancia de encontrar al paso, uno de los comercios más antiguos de la ciudad.



jueves, 26 de noviembre de 2009

EL PASAJE RIPALDA

41 - EL Pasaje ripalda Al tiempo que finalizaba el siglo XIX nacía en Valencia la inquietud por pincelar en sus calles retazos de modernidad. A ello se dedicaron los arquitectos de la época, ansiosos en nuevos diseños que saciaran la sed innovadora de la alta burguesía, anhelosa de que sus propios edificios destacaran por encima de los demás. Al recurso del eclecticismo de la época se le unían las modas que imperaban en las más renombradas ciudades europeas, y en su emulación, es como nació la pintoresca idea de construir un pasaje en la zona más comercial de Valencia, al logro de que se le diera mayor vida y distinción (si no era suficiente la que por sus alrededores ya existía) a su centro neurálgico, donde junto a sus más famosas tiendas convivían sus pintorescos cafés: lugares de reunión y encuentro de la intelectualidad decimonónica, entre los que destacaban el Café de España y el Café del León de Oro, próximos a nuestro Pasaje, o el Café Hungría en el interior del mismo, muchos años más tarde de su inauguración.

Fue así cómo nació la feliz idea de trasladar a Valencia la costumbre de las ciudades italianas de pasadizos urbanos de estilo neoclásico construidos en un conjunto armonioso y bello. Y como antecedente curioso aunque salvando las distancias, tal y como ya sucediera hacía cuatro siglos entonces, cuando por nuestra ciudad fue por donde entrara en España el renacimiento italiano, materializado en la bóveda del presbiterio catedralicio y auspiciada su ejecución, gracias a la decisión de un cardenal y que después sería Papa, el valentino Alejandro VI.

Si su llegada fue de las manos de Pablo da San Leocadio y Francesco Pagano, el Pasaje Ripalda, aunque, por supuesto, no con tan gran esplendor pero sí con la eficacia de lo útil, fue proyectado al encargo de Dña. María Josefa Paulín de la Peña, Condesa de Ripalda, en 1889 por el arquitecto Joaquín Arnau Miramón (quien también fuera autor del Palacio del mismo nombre en el Paseo de la Alameda) sorprendiendo a nuestra ciudad e impactando en su novedad a los valencianos por la armonía de sus dinteles y de sus ménsulas, la de sus arcos pareados, la de sus pilastras, así como por sus claraboyas llenas de luz, dando un toque de magia al nuevo pasadizo que desde la Plaza de Cajeros, situada en el inicio de la Bajada de San Francisco, comunica los pasos desde la Calle de San Vicente a la entonces llamada Plaza de la Pelota, en la actualidad de Mariano Benlliure.

Pasaje comercial por excelencia que también albergara al Hotel Ripalda que se mantuvo abierto hasta mediados los años cuarenta, en los que tras las necesarias adecuaciones fue convirtiéndose el pasaje en lugar de viviendas.

Fue precisamente en este Hotel donde se instaló en 1897 el primer ascensor de la ciudad, hoy pieza de museo, pero abandonado en un desván a la espera de su conveniente exposición en el Museo Etnológico de nuestra ciudad.

Del proyecto original poco es lo que queda a lo largo de sus cincuenta metros de longitud, debido a las exigencias comerciales de los establecimientos, que en sus continuas transformaciones han ido eliminando los recursos artísticos ideados por el autor del proyecto, perdiéndose gran parte de su esplendor arquitectónico.

Pero hoy en día aún sigue llamando la atención al caminante la belleza de su interior. Visitante que decidido a su paso, recrea su mirada y contempla al inicio en su puerta de hierro en la calle de San Vicente, un pequeño y curioso mosaico con el nombre del pasaje, así como el dibujo del Palacio que le da nombre, siempre de grato recuerdo para quienes lo conocimos, patrimonio también de la que fuera Condesa de Ripalda.

Admirando su interior destacan sobre el entresuelo y a mitad del pasaje unos pasillos perpendiculares que unen las dos jarcias en cada una de sus tres alturas, así como también llaman a la curiosidad, sus ventanales dintelados a la derecha y los de medio a punto a la izquierda sobre los comercios del pasaje, que rompiendo su armonía, mantienen la atención por su dispar presencia.

El actual pasaje ha perdido a su inicio un toque de elegancia por los nuevos comercios de franquicias impersonales; pese a ello, mantiene su estilo gracias a los que permanecen desde lo antiguo, fieles en el ofrecimiento de sus tejidos falleros, tales como el de “Ripalda Indumentaria” con su fachada de blanca cerámica contorneada por un sencillo floreado que la distingue y el de Álvaro Moliner, luciendo ambos sobre sus mostradores todo un derroche de color puesto al servicio de la mujer valenciana.

Al igual que lo ofrecen otras tiendas, que si reconvertidas, prevalecen en sus antañones escaparates enmarcados de recia marquetería manteniendo sus fachadas, como es el caso de ELEVEN (con anterioridad la de Gamborino): tienda que conserva sus arcos de medio punto al exterior respetando su sello antiguo y que se ofrece al hombre actual con un surtido de ropa y complementos de moderno diseño; mientras nos queda el recuerdo en nuestro recorrido de la de Oltra, todos ellos establecimientos que tienen o tuvieron un gran arraigo popular.

Pasaje o "rincón" que junto a su nombre con reminiscencias palaciegas nos revive un pasado entrañable, al tiempo, que por su mancillado arquitectónico por efecto de intereses legítimos pero de mal gusto, no estuvieron al nivel que el Pasaje Ripalda merecía. Pese a ello, y por su encanto y luz que en su conjunto florece, os recomiendo su visita, contemplándolo con placidez y evocando su nombre.

domingo, 25 de octubre de 2009

EL TRIBUNAL DE LAS AGUAS

3 - el tribunal de las aguas Es éste un rincón milenario anclado a la puerta gótica de la Catedral de Valencia que, adornado por las archivoltas de su arco ojival bajo apostólicas miradas y rodeado de variopinta imaginería cual mejor dosel, da albergue en todos los jueves del año al más antiguo tribunal europeo conocido, cuya mejor impronta la adquiere por su singular fortaleza institucional.

Es quizá el más famoso rincón de la ciudad de Valencia. El que al son de las doce campanadas del mediodía cima la Torre del Miguelete, a paso lento y vestidos con el negro blusón huertano, desde la Casa Vestuario enfrente, acuden puntuales los ocho síndicos a dictar jurisprudencia, dando realce a tan singular recinto agrupado a su torno por la gente que, bien con orgullo, bien fascinada por saber de él, acuden a contemplarlo.

La fortaleza de tan ancestral institución, creada bajo el dominio musulmán en el año 960, viene dada por la protección e impulso que le dio Jaime I, y que por sus formas de actuación ha venido prevaleciendo a pesar de los cambios producidos tras la época foral, siendo de ésta, el único vestigio jurisdiccional que ha prevalecido hasta nuestros días, tanto en cuanto es el mejor sistema regulador del uso del agua que a través de sus ocho acequias riegan la huerta valenciana, como su persistencia en el tiempo lo demuestra.

El eco del “calle vosté o parle vosté” prevalece sobre el gentío que acude respetuoso al acto cada jueves del año, sin fallo alguno, instantes después de que el alguacil haya alzado su voz de inicio al reclamo del denunciante y denunciado, adscritos ambos a cada una de las acequias que riegan la vega, tan dignamente representadas por los Síndicos sentados bajo la Puerta de los Apóstoles, al igual que se hiciera en el interior de la entonces Mezquita en la época musulmana y que tras la Reconquista, al no ser permitida la entrada al templo a los no bautizados y siendo en gran número los labradores de religión no cristiana, el Tribunal del las Aguas siguió su andadura al exterior, pegado al umbral gótico de la Seo.

Mayor importancia, si cabe, adquiere nuestro rincón, al haber sido declarado recientemente por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, asegurando así su permanencia y proyección universal a cuyo conocimiento y visita acuden los más preclaros jurisconsultos, interesados en su peculiar manera de gobernar y dictar sentencia.

Si hay quienes proclaman que la mejor Constitución es la que no está escrita y son los hechos y costumbres las más eficaces fuentes del Derecho, la ausencia del papel, la inmediatez en la sentencia inapelable y su aceptación y cumplimiento por parte del causante del daño producido, hacen que la justicia emanada del Tribunal de las Aguas tenga la consideración de ejemplar, gracias, además de todas estas razones, a que él único requisito exigido a sus Síndicos sea el de su elevada consideración que de ellos se tiene, que no es otra que la de ejercer como “hombres buenos y justos”, sin que para ello sea necesaria ninguna titulación legislativa.

De ahí la justa existencia del Tribunal de las Aguas a lo largo de más de diez siglos, rincón emblemático de la ciudad que se mantiene vigoroso, superando momentos convulsos, regímenes diversos, todo ello gracias a la fortaleza de sus tres brazos, el Constitucional, el Legislativo y el Ejecutivo que con la ausencia del papel escrito, pincela su peculiar forma de ser.

Efectivamente, sí es un singular rincón, éste, en la ciudad de Valencia; al que bien vale la pena visitar cualquier jueves del año, segundos después del toque de las doce campanadas en el umbral de la Seo y ante la exquisitez gótica que lo decora.


viernes, 25 de septiembre de 2009

LA PLAZA DEL CONDE DE CARLET

27 - la Plaza conde de carlet b

La Plaza del Conde de Carlet es un rincón escondido muy próximo al centro histórico de Valencia que, por su escaso tráfago, más parece un lugar olvidado o desconocido por el paseante que, cercano a la Seo, disfruta sus horas de asueto.

De planta cuadrangular y pese a confluir en su entorno cuatro calles, la tranquilad marca su impronta. Un banco de piedra contempla cuatro cipreses en los que se esconde una taza de piedra de la que emerge en forma de copa octogonal una fuente de la que manan cuatro hilillos repicando en la alberca, y que pese a su debilidad, el murmullo de sus aguas se escucha en toda la plaza gracias al silencio que permanentemente reina en las fachadas que la rodean.

Les decía que es una plaza poco transitada al no ser un lugar ni de acceso ni de salida del centro de la ciudad, y su visita, es más fruto de quienes interesados por conocer sus rincones se pierden entre callejuelas y al contemplar sus viejos caserones, gozan de sus portales siempre a la búsqueda de un lugar que invite a su disfrute.

Se alza majestuoso en tan recoleto rincón el antiguo Palacio del Barón de Ariza, decimonónico, que estirándose entre dos de las calles que dan a la plaza, luce en su chaflán y a segunda altura un artístico mirador de hierro fundido, cubierto de cristal que prevalece sobre el resto de los ventanales que decoran tan solariega mansión.

La espalda del Seminario Conciliar de la Calle Trinitarios forma uno de sus lados, y su ladrillo cara vista da un toque austero al igual que sosegado y que la plaza agradece. Rodeada en la cercanía de otras plazas más transitadas, con seguridad igual de bellas, pero sin la paz de su silencio, y muy próxima al Jardín del Turia que a escasos pasos se encuentra, se esconde éste mi nuevo rincón que os ofrezco.

De mayor presencia en el tiempo, fue cuando antaño el Colegio de Nuestra Señora de Loreto residía en la plaza, lo que le dio mayor trasiego de gente durante sus años de estancia. Sin embargo, y por su refugio, no faltó en tan escondido rincón la ocasión del conjuro, como cuando en una de sus casas los liberales conspiraron contra el General Elio, y que pese a su refugio, algún delator le puso en aviso y personalmente y sable en mano, el leal fernandino terminó con el enredo.

Fue a Don Jorge de Castellví y López de Mendoza a quien se le otorgó el titulo de Conde de Carlet, destacando en su labor repobladora tras la expulsión de los moriscos de 1609 desde su residencia en la Ribera, en cuyo recuerdo recibe su nombre tan recoleta plaza.

Pequeño rincón que por su soledad, bien merece nuestra visita; al menos cuando imaginando los cimientos de nuestra historia, tras un pequeño quiebro en el caminar, el encuentro de un banco de piedra en un lugar tranquilo donde rememorar nuestro pasado y a pocos pasos de su inicio, bien vale la pena. Os lo aconsejo: en el repicar de sus cuatro hilillos de agua, daréis con el mejor de los ecos en el corazón de la ciudad.

Sin desdeñar, en los afortunados, la ocasión de un romántico encuentro en tan escondido rincón.

miércoles, 26 de agosto de 2009

LA PLAZA DE SANT BULT

48 - la Plaza Sant Bult

Este nuevo “rincón” gira en torno a una leyenda que da vida a una de “les festes de carrer” más antigua de Valencia, nacida en el interior de la Xerea, barrio musulmán en sus inicios y actualmente escondido en la ciudad, al igual que su historia desconocida por gran parte de quienes en ésta viven.

Brota la leyenda en el mismo año de la Reconquista cuando en sus arrabales extramuros en torno a lo que hoy es el Temple y después de un incendio, un albañil encontró una losa en el suelo. Al moverla, halló un pozo profundo al que se decidió bajar. Al observar su fondo, quedó fascinado por un resplandor al lado de un bulto y al destaparlo vio que en él se escondía la imagen de Jesús.

Ante “el Justicia” de Valencia, reclamó la propiedad su descubridor en beneficio de los vecinos del arrabal y que al serle otorgada, pasó a convertirse en el “Sant Bult de Jesús”: imagen venerada con mucha fe y cuya tradición llega a nuestros días tras siete siglos de historia con gran deleite vecinal.

En el barrio de la Xerea la fiesta tiene su epicentro en la recoleta plaza de Sant Bult: corazón de un barrio que pese a su situación de abandono y olvidada restauración que dificultan disfrutar del mismo, mantiene vivo el fervor a su imagen, al tiempo que realiza una intensa actividad, no sólo festiva sino también deportiva, así como docente y cultural. Actos todos que por el Patronato Hogar Escuela de Sant Bult son dirigidos con apasionada raigambre bajo la batuta de una Junta de Vecinos puramente popular creada para tales fines.

En una capilla de este Hogar Escuela, sito en la calle En Blanch, es donde se guarda la imagen del Santo Bulto: la que es paseada en procesión por todo el barrio en sus días de fiestas de principio de Junio, y que a lo largo del tiempo se fue trasladando la imagen entre diferentes Iglesias próximas a la plaza - como lo fueron la de San Juan del Hospital, la del Convento de Santo Domingo y la Parroquia de San Esteban- para su culto litúrgico. Hasta que, finalmente, es la Parroquia de Santo Tomás Apóstol y San Felipe de Neri la que recoge anualmente la imagen para ésta celebración. Con anterioridad a la existencia del Hogar Escuela se guardaba el “Santo Patrón” en los domicilios de sus fervientes devotos, quienes iban turnándose en ello. En la actualidad y por restauración del Patronato Hogar Escuela, se guarda provisionalmente la imagen en la Parroquia de la Plaza de San Vicente Ferrer antes mencionada.

Barrio de la Xerea escondido en la ciudad, queda limitado por un triángulo cuyos lados lo forman las calles del Gobernador Viejo, la del Conde de Montornes, la espalda de la Plaza de Tetuán y en el vértice de su ángulo más agudo, el Palacio del Temple.

Barrio de contrastes en el que se mezclan los solariegos palacios y palacetes que lo contornean, junto a las casas habitadas por gente sencilla, obrera y menestral de múltiples oficios y que en torno a la “plaza” vive. Destaca entre sus hijos de mayor fama el que fuera gran pianista José Iturbi, nacido en la calle de En Blanch y en cuyo recuerdo lleva su nombre la que desde el Temple muere en la “plaza”; plaza en la que se abre la calle de las Impertinencias, “azucat” que luce este nombre de origen desconocido y en el que no existe ningún portal.

Barrio de San Bult de diversos “azucats” (callejones sin salida), es el lugar de la ciudad en el que en mayor número se concentran, debido a que por su origen musulmán fue barrio de callejuelas sinuosas y apretadas y que debido a sus muchas transformaciones en el tiempo, han ido quedando los flecos de esta originalidad. Al igual que los de sus escondidos patios interiores que antaño eran frondosos jardines de las solariegas casas y de los que aún quedan pequeñas muestras.

También se vive en el barrio con gran entusiasmo la fiesta josefina gracias a una comisión fallera, que, renovándose en el tiempo, ha mantenido vivo el sentir por las fallas desde 1875, lo que da fe de la gran atención que prestan sus vecinos al cumplimiento de una de las tradiciones más arraigada en la ciudad. Y todo, pese a la dificultosa situación que atraviesan al ver cómo se reduce el número de familias, y el abandono en que se encuentra el popular barrio de la Xerea.

Visitar la Plaza de Sant Bult, especialmente en los días de su “festa de carrer” del mes de Junio en fervor al Santo, o en los de las Fallas de Marzo, resulta de un placer especial, pues éste, sólo lo produce cuando desde lo más profundo brota la devoción al Patrón querido, o surge desde su carencia de medios la humilde contribución a una fiesta internacional.

Visitadlo en ésos días, como también durante el resto del año, cuando su esencia se concentra en torno a la recoleta Plaza de Sant Bult escondida tras la monumental de Tetuán, al tiempo que el fervor popular se esparce por sus vecinos.

domingo, 26 de julio de 2009

EL BARRIO DE LA VIRGEN DE LOS DESAMPARADOS, EL DE LA AGUJA

51 - el barrio de la Virgen de los desamparados el de la aguja

Si la gracia de una ciudad reside, entre otros anhelos, en su afán de extenderse cual ser vivo que es, o en el saludable deseo de remozar sus calles y plazas conservando su sabor antiguo –en ocasiones con cierta dificultad- el mayor de los encantos se consigue, sin embargo, cuando, como detenido el tiempo, encuentras un rincón intacto al de su minuto de creación.

Rincón, en el que, salvo la reducción del número de sus calles y que la huerta otrora circundante haya sido reemplazada por la gran urbe que lo engulle, al igual que lo respeta, pasear por sus cinco calzadas sin temor a un tráfico allí inexistente, y cuyo solaz rumor es el vecinal de quienes tranquilamente viven en sus casas, el adentrarse en sus calles es un pequeño placer cuya renuncia lleva al desaire hacía uno de los más singulares rincones de mi ciudad, especialmente por su sabor antiguo y su extracción popular.

Es el caso del Barrio de la Virgen de los Desamparados, popularmente el de la Aguja, ceñido a la Avenida del Cid, y que desde su terminación en 1930 construido por el Sindicato de la Aguja –de quien recibe el nombre- permanece uniforme. Fue una obra auspiciada por la Catedral Metropolitana de Valencia en su afán de construcción de “casas baratas” en diversos puntos de la ciudad, y en la que entre su identidad y gracioso acabado destacan los variados frontis de sus ventanas, sus balcones de hierro, sus pináculos en las cornisas junto a la hornacina central arriba de cada vivienda en la que figura un mosaico idéntico en todas y de ornado dibujo. Mosaico que lleva al paseante al recuerdo de las modistillas que con la gracia de sus manos, entre hilos, agujas y dedales, daban vida a los vestidos, fruto de su trabajo.

En el barrio de la Aguja persiste el disfrute de sus vecinos y el asombro del visitante por sus pequeñas calles que muestran el orgullo de un barrio que fiel a su tradición, se mantiene firme y blindado al tráfago estridente que le rodea, incapaz éste de hacer mella en su interior.

El Barrio de la Aguja, en recuerdo a las afiliadas “modestillas”, fue inaugurado y bendecido por el Arzobispo Melo en 1932 con sus entonces sesenta y cinco casas todas iguales, comunicando su planta baja con la superior a través de una escalera que parte del comedor junto a la cocina con salida a un patio en la trasera, y que sube hasta las habitaciones de la vivienda.

En la actualidad sólo permanecen cincuenta y cinco casas por la desaparición de uno de sus tramos absorbido por el crecimiento de la ciudad hasta la misma linde de sus calles. Las que en un principio estaban nominadas de la A a la F, rótulos que permanecen junto a los de sus actuales nombres: Virgen del Lluch, Virgen del Rebollet, Virgen de la Salud, Virgen de Agres y Virgen de las Injurias; calles cortadas al tráfico rodado a excepción de un solo punto por el que pueden acceder los vehículos hasta el portal de las casas.

Portales de casas en los que aún perdura en la gente mayor la costumbre veraniega de “gozar de la fresca” rememorando sus costumbres, como aquella de la “Penya los Menin-fots” que desparecida tras la guerra civil, participaba hasta entonces de una gran actividad teatral en el marco de sus calles. Como también la de honrar a la Virgen de los Desamparados en una imagen que mes a mes se trasladaba y guardaba en el interior de cada casa, tradición que desapareció en los años cincuenta con el traslado definitivo de la Virgen a una Iglesia cercana. Mientras que para la gente menuda, el jugar por sus calles bajo los olivos y naranjos que las adornan es de vital tranquilad para el vecindario.

Llama la atención un depósito de agua que sobresale cima las casas, alimentado por un pozo aún en funcionamiento y que una “Junta del Barrio” se encarga de su puesta a punto y facturación a todos los vecinos por una módica cantidad fija al año, independiente del consumo; lo que no les priva de la conexión al servicio de Aguas Potables Municipal.

La posibilidad de compartir un rato a la fresca junto a sus vecinos sentados frente al portal de una casa y dentro de la ciudad en los años en que vivimos, es una experiencia tan grata como difícil de conseguir, pero posible gracias a la simpatía y generosidad de sus gentes que se ofrecen generosas a quien se les acerca en un bello encuadre pincelado por la flor del San Pedro en las aceras que lucen en los umbrales. Os recomiendo su visita a última hora de la tarde, donde olvidándote de la gran urbe, estarás en su interior.

jueves, 25 de junio de 2009

LA PLAZA DEL ARZOBISPO

30 - la plaza del arzobispo

Confieso que el murmullo del agua me subyuga y cuando encuentro próximo su eco y allí cerca la sombra de un árbol junto a una banca de piedra, y más, si ocupa ésta el centro de una plaza en mi ciudad, mi fe por sus rincones crece, mis nervios se relajan y el encanto que los rodean alegra mi corazón. Es cuando la necesidad de dar descanso a mi cuerpo surge de inmediato, como si fuera víctima de un cansancio ya consustancial, aunque el relajo es más por la necesidad del gozo en contemplar un nuevo rincón, valor residual que insisto en mantener, que obligarme a ello lacerado por las escasas fuerzas que en mí se albergan, y que igualmente trato de conservar.

En las muchas ocasiones que he pasado junto a la pequeña Plaza del Arzobispo, mis oídos no se detuvieron nunca ante el chapoteo del agua que brota bajo sus naranjos y moreras, y al sentirlo hoy por vez primera, nace la pregunta en mí, de si es que el momento en escucharlo pertenece al de un día especial que ignoro la causa; si es que en otras ocasiones la fuente estaba seca, o si es que fijándome en su derredor el alcance de mis ojos superaba al de mis oídos, quizá dormidos, por el reflejo del silencio que siempre reina sobre la plaza cuadrangular, abierta al Palacio Arzobispal y junto a la Catedral.

Histórico rincón vicentino de cuando sufriera castigo el mártir muy poco antes de la conversión al cristianismo del Imperio Romano y que por consecuencia de su muerte alcanzó gran fama; que de haber terminado las persecuciones unos años antes, él, se hubiera librado del martirio y Valencia no tendría su Santo Mártir.

Pero no fue así la historia, y son por ello muchas las capillas e iglesias dedicadas a San Vicente Mártir las existentes en toda Europa, en sus calles, en sus plazuelas, por sus valles, por sus montañas.

La cripta de San Vicente eficazmente restaurada hace unos pocos años, es uno de los pocos vestigios de la España visigótica en nuestra ciudad, y éste, en el mismo lugar donde el diacono Vicente padeciera las consecuencias de su persecución, lugar de martirio al que se puede acceder desde esta misma plaza.

De gran importancia y convertido hoy en el Museo de la Ciudad, es el Palacio de Berbedel, el que ocupa el frontal tras la pequeña pero frondosa vegetación que alegra la plaza. Adecuada arboleda que esconde la alberca oblonga de suelo lucido y vaso de piedra a un extremo que la decora y del que mana agua, al igual que lo hace de sus dos surtidores que dan encanto a la fuente. Sus gruesas columnas de medio metro de alzada, cuando rompen el agua, más parecen sus crestas unas lenguas batientes que, caprichosas, se abren singularizando con su albedrío balbuceo, el deseo de comunicarse con el paseante sentado en cualquiera de sus tres bancas que la rodean.

Palacio de Berbedel que fue ocupado en otros menesteres, como ser residencia de virreyes años después del derribo del Palacio Real, como de capitanes generales que al ser trasladados a la nueva residencia junto al Convento de Santo Domingo, el edificio pasó a ser propiedad del Marqués de Campo, gran prócer de la Valencia que se incorporaba a los nuevos avances de su tiempo, con su dedicación empresarial a los sectores del ferrocarril, del agua potable, gas y electricidad, y en cuyo recuerdo a toda su industria lleva su nombre el Museo de la Ciudad antes citado.

Contemplando su parte trasera llama la atención en ella el esgrafiado vegetal de la “Casa punt de ganxo”, semejante al de su fachada principal a la Plaza de la Almoina.

Como adecuada señal de anuncio a la plaza, la estatua de bronce del Arzobispo Olaechea, el creador de la “tómbola valenciana” que tanto posibilitó la construcción de viviendas obreras, destaca sobre un alto pedestal de piedra presidiendo la entrada a este entrañable y recoleto rincón.

Una tienda de antigüedades, la de Marco Polo, da un toque de sabor elegante a esta Plaza del Arzobispo, a cuya visita os recomiendo; antesala además al Museo de la Ciudad con exposiciones temporales igualmente interesante. Y que a su salida y en una de las bancas de piedra, al meditar escuchando la fuente y rememorar su historia de más de veinte siglos en rededor, resultará siempre de grato ejercicio al igual que relajante.